El extraordinario nacimiento de un país libre

Bernard-Henri Lévy
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24 de agosto de 2011  

PARIS.- ¡Las cosas que hubo que escuchar! Que la guerra estaba empantanada. Que los insurgentes eran unos desorganizados, unos indisciplinados, unos inútiles. Que el Consejo Nacional de Transición (CNT) estaba dividido en facciones rivales, desgarrado entre feudos tribales. Y sobre Nicolas Sarkozy, que se había embarcado en una aventura incierta, mal programada y de la cual hasta sus propios aliados políticos querían salvarlo.

Pero la verdad es ésta: una vez más hemos asistido al enfrentamiento de dos grandes partidos, tan viejos como la política. De un lado, la eterna familia, no tanto de los enemigos de los pueblos, o de los amigos de los déspotas, sino más bien de quienes están petrificados por el poder y fascinados por la tiranía; la eterna familia, sí, de quienes no se atreven siquiera a imaginar, y subrayo imaginar, que el orden de una dictadura sea transitorio, efímero como todos los órdenes humanos, si no más.

Por el otro lado, el inmenso partido de quienes no han perdido la capacidad de juicio por esa extraña fascinación, esa parálisis del alma como la infligida por la Gorgona o el Monstruo Frío, y que son capaces de concebir, aunque sólo sea concebir, la idea de que las dictaduras se mantienen en pie sólo gracias a la reputación de la que gozan, o sea gracias al miedo que despiertan entre sus súbditos y el respeto que inspiran en el resto del mundo; concebir que cuando esa reputación decae, desvaneciéndose como un encantamiento o un espejismo, las dictaduras caen como castillos de arena o se convierten en monstruos de cartón pintado.

Quiero rendir homenaje a todos los que no han perdido la esperanza en esta lucha por la libertad del ser humano, tan simple y natural y, al mismo tiempo, tan insensata a los ojos de tantos.

Quiero hacer justicia a los combatientes libios que más de uno ha tenido el descaro de describir como conejos en fuga delante de las legiones de un personaje diabólico, pero con quienes yo he tenido el privilegio de seguir al frente en Brega, Ajdabiya, Gualich y Misurata, y que una vez más mostraron esa fuerza invencible, que he visto tantas veces en mi vida, que impulsa a quienes hacen la guerra sin amarla.

Quiero hablar de la seriedad del CNT, al que vi nacer y crecer. Con sus hombres y mujeres de orígenes diversos, democráticos desde siempre o convertidos del khadafismo, repatriados después de un largo exilio u opositores internos, y sin más experiencia en materia democrática o de estrategia militar que la de sus miembros, el CNT supo agregar una página magnífica a la historia mundial de la resistencia.

Quiero saludar a los pilotos norteamericanos y europeos que participaron de una guerra que no era del todo suya, pero que tenían la misión de tomarse el tiempo para cumplir con el mandato de las Naciones Unidas y llevar asistencia a la población civil, incluso a costa de la impaciencia de los observadores, que durante los 42 años que duró la dictadura jamás se habían lamentado de la larga espera, pero que después de apenas 100 días decían que la espera era interminable. Esos pilotos prefirieron poner en peligro sus vidas que arriesgarse a bombardear objetivos civiles.

En cuanto a Sarkozy, uno puede estar de un lado o del otro, uno puede oponerse al resto de sus políticas, como yo, ¿pero cómo no reconocerle que es Francia, bajo su presidencia, la que tomó la iniciativa de apoyar el nacimiento de una Libia libre? ¿Cómo no brindar tributo a la tenacidad que demostró en cada etapa de esta guerra? ¿Y cómo no resaltar que estuvo dispuesto a hacer por Libia lo que François Mitterrand se negó a hacer, hasta el final, por la desmembrada Bosnia?

Los rebeldes, sostenidos por Francia y los otros aliados, han escrito una nueva página en la historia de su país. Y más allá de las fronteras de su país, han inaugurado una era que tendrá consecuencias para toda la región, en particular para Siria.

Y esta guerra antitética al conflicto de Irak, esta intervención militar que no dejó caer la democracia en paracaídas sobre un pueblo silencioso, sino que apoyó una insurrección que ya reivindicaba la democracia, y que por lo tanto se había dotado a sí misma de un organismo de representación provisorio pero legítimo, quedara en los anales.

¿Qué es lo que muere? Una antigua concepción de la soberanía, según la cual todos los crímenes son lícitos porque son cometidos hacia el interior de las fronteras de determinado Estado.

¿Qué es lo que nace? Una idea de universalidad de derechos que deje de ser un mero deseo y se transforme en una obligación vinculante para todos aquellos que creen seriamente en la unidad de la especie humana y en las virtudes del derecho de injerencia, como su corolario.

Vendrá, por supuesto, el momento de las preguntas, de las dudas, quizá también de los pasos en falso o de los primeros reveses de la moneda: por ahora, sin embargo, sólo un mediocre se molestaría en esconder la alegría que despierta un evento tan extraordinario desde todo punto de vista.

Traducción de Jaime Arrambide

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