
El insólito juicio del príncipe Hamlet
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MIAMI.- El acusado permanecía taciturno e inexpresivo. Aun teniendo en cuenta su rango, los cargos eran de tal gravedad, que su silencio podía interpretarse como un desafío: doble asesinato, responsabilidad culposa en un suicidio, magnicidio.
La autoría de estos hechos no estaba en cuestión, puesto que por más de 400 años habían sido presenciados por innumerables testigos. Lo que el jurado debía determinar, en cambio, era si Hamlet, príncipe de Dinamarca, había asesinado a Polonio y al rey Claudio y empujado a la bella Ofelia al suicidio en un acceso de demencia o si se encontraba en pleno uso de sus facultades en el momento de su comisión.
Los testigos presenciales hacía rato que habían pasado a mejor vida y no podían ser interrogados, pero los soliloquios del acusado, prolijamente recopilados por un tal William Shakespeare, acarreaban el peso de una confesión.
"El juicio de Hamlet", un remedo de proceso legal ideado por el juez Anthony M. Kennedy, miembro de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos y devoto estudiante de las obras del bardo, se desarrolló anteanoche en la sala colmada del Centro de Artes John F. Kennedy, en Washington. El propio juez Kennedy presidió las audiencias, en las que la acusación fue conducida por el fiscal Miles Ehrlich y la defensa estuvo a cargo de Abbe D. Lowell.
Tanto Ehrlich como Lowell son prominentes representantes de la profesión legal. Ehrlich acaba de obtener la absolución de la presidenta del directorio de la compañía Hewlett-Packard, acusada de fraude y de espiar a sus colegas del directorio, y Lowell fue uno de los abogados del infortunado lobbysta Jack Abramoff.
Recordemos que Hamlet regresa a Dinamarca para asistir al funeral de su padre, cuando, en circunstancias un tanto sobrenaturales, descubre que su tío Claudio, quien se ha apoderado del trono y se ha casado con su madre, es el asesino. En su obstinada búsqueda de venganza, rechaza el amor de la bella Ofelia, empujándola al suicidio, y mata a Polonio, padre de Ofelia, confundiéndolo con su tío. La obra culmina con la muerte de todos los susodichos, Hamlet incluido, pero Kennedy recurrió a un artilugio poético para mantener al príncipe con vida y sentarlo en el banquillo de los acusados.
La cuestión de la sanidad mental de Hamlet ha intrigado por generaciones a estudiosos y aficionados, y esto es lo que Kennedy se propuso dilucidar cuando concibió este divertimento, en 1994. Desde entonces se ha presentado cuatro veces en distintas ciudades.
El argumento fundamental de la fiscalía es que los actos del acusado no fueron ni apresurados ni producto de una mente desquiciada, sino acciones deliberadas, gobernadas por un deseo de venganza. Y si bien la muerte de Polonio fue resultado de una confusión, ya que Hamlet pensaba que el hombre que se ocultaba detrás de la cortina en la alcoba de su madre era Claudio, esto no mitiga la circunstancia de que la intención del príncipe era cometer un asesinato.
Como testigo, la fiscalía presentó al doctor Alan A. Stone, profesor de Derecho y Psiquiatría de la Universidad de Harvard, que citó las reflexiones que Hamlet hace en su famoso monólogo "Ser o no ser", para señalar que no se trata de la clase de reflexiones que haría un individuo con predisposición al suicidio. Hamlet podía estar deprimido, pero tenía razones objetivas para estarlo, concluyó.
Otros 400 años
La defensa, por su parte, sostuvo que los actos de Hamlet revelaban no un crimen, sino un estado de demencia. "Hamlet necesita tratamiento, no la cárcel", enfatizó Lowell y citó la confesión de Hamlet a Laertes: "Todo cuanto hice que rudamente pudiera lastimar vuestro temperamento, vuestra conciencia y vuestro pundonor, aquí mismo declaro que fue un acto de locura".
Su testigo fue el doctor Jeffrey A. Lieberman, de la Universidad de Columbia y director del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, quien afirmó que el príncipe era un maníaco depresivo con tendencias suicidas y, como tal, incapaz de distinguir entre el bien y el mal.
El jurado de 12 miembros, que incluía tres estudiantes secundarios, tres universitarios y seis notables mecenas de las artes, terminó con un fallo dividido. Seis jurados consideraron que Hamlet merecía el cadalso y los otros seis, que correspondía recluirlo en un manicomio. Kennedy aceptó el disenso sin declarar la nulidad del proceso. Reflexionó, en cambio, que será preciso esperar otros 400 años para clarificar definitivamente la cuestión.
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