
El joven actor que llegó al pontificado
Nacido en una familia de campesinos, Wojtyla se interesó desde joven por la actuacióny no pensaba en convertirse en sacerdote, hasta que llegó la ocupación nazi y todo cambió
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Karol Josef Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en la pequeña ciudad de Wadowice, en el sur de Polonia. Hijo de un militar retirado profundamente patriota y religioso, pertenecía a una familia de arraigada tradición campesina. En la provincia polaca de Galicza, el apellido Wojtyla aparece registrado con reiteración en los tres últimos siglos. Las múltiples ramas de esa familia dieron al país, principalmente, campesinos y granjeros, pero también sastres, talabarteros, comerciantes y oficiales del ejército.
Como lo señaló el periodista Tad Szulc en la imprescindible biografía que escribió sobre él, Wojtyla se sintió fuertemente identificado, desde la infancia, con el concepto mesiánico del patriotismo polaco, en el que la nación y la religión constituyen dos vivencias inseparables.
En 1920, Wadowice tenía 7000 habitantes, en su mayor parte católicos, pero había una población judía inusualmente numerosa: un 20 o 30% del total. Cristianos y judíos mantenían en la ciudad una relación de total armonía. Prueba de ello fue que Karol Wojtyla nació en un departamento que sus padres ocupaban como inquilinos y que era propiedad de una familia judía. La convivencia con niños y jóvenes de ese origen –que abundaban en su barrio– contribuyó a fortalecer en la conciencia del futuro Papa la simpatía por el judaísmo y, en general, por el pluralismo religioso. Ese antecedente ejerció una influencia determinante, años después, en el comportamiento de Juan Pablo II, quien durante su pontificado tendió su mano amiga a los judíos como ningún otro Papa lo había hecho.
En su infancia, Wojtyla experimentó grandes sufrimientos. A los 8 años perdió a su madre. A los 11 había visto morir ya a dos hermanos. Esos golpes contribuyeron, acaso, a moldear su temple y su carácter y a redoblar su sentido místico. Se refugió del dolor junto a su padre y encontró consuelo en la religión, el estudio y el deporte. Atleta vigoroso, se dedicó intensamente a la práctica del esquí, de la cual sólo se apartó en 1974 a causa de una fractura de cadera.
De niño, Wojtyla solía concurrir a un monasterio benedictino cerca de Wadowice y tomaba parte en las representaciones que los monjes organizaban para revivir las escenas de la Pasión y la Muerte de Jesús. Fue ese su primer contacto con la liturgia del teatro, que se convertiría, con el tiempo, en su primera gran vocación.
A los 16 años, cuando cursaba sus estudios secundarios, hizo sus primeras armas como actor en un elenco vocacional de su ciudad natal. La juventud polaca de ese tiempo estaba imbuida de las grandes causas heroicas de la historia nacional, colmada de héroes, guerreros, santos, predicadores y poetas. Los personajes que solía encarnar Karol Wojtyla eran de esa laya. En las obras que se ponían en escena palpitaban mil años de lucha en defensa de la Polonia católica.
"No soy digno de ser sacerdote"
En 1935 Wojtyla se incorporó a una hermandad de jóvenes católicos llamada Cofradía Mariana. Hacia fines de la escuela secundaria, sus compañeros comenzaron a preguntarle si quería ser sacerdote. "No, no soy digno de serlo", era su respuesta. Entretanto, seguía trabajando activamente en el teatro de Wadowice como actor, director, productor y organizador. En 1938 completó el ciclo secundario e ingresó en la universidad para estudiar Filosofía, lo que lo llevó a radicarse, junto con su padre, en Cracovia. Se sumó al grupo teatral Studio 39 y más tarde a las filas del Teatro Rapsódico.
En 1939 las fuerzas alemanas entraron en Polonia con un demoledor ataque blitzkrieg. Muy pronto Karol y su padre conocieron la sórdida realidad de la ocupación nazi. Un grupo de sacerdotes salesianos organizó una serie de círculos de oración para mantener vivo el espíritu nacional ante la ocupación extranjera. El grupo se llamó Rosario Vivo y el futuro Papa figuró entre sus primeros miembros.
Para ganarse la vida, Wojtyla trabajó como repartidor de un restaurante y como empleado en una planta productora de soda cáustica. Al morir su padre, en 1941, comenzó a cobrar forma en él la vocación sacerdotal. Una noche de ese mismo año comunicó a sus compañeros del Teatro Rapsódico que ingresaría en un seminario teológico secreto.
En marzo de 1941 los alemanes comenzaron a arrestar judíos en gran escala. La Gestapo arrasó las sinagogas y los cementerios de esa comunidad y la juventud polaca conoció los efectos destructivos de la violencia, el miedo y la disgregación. Trece de los sacerdotes salesianos del grupo Rosario Vivo fueron arrestados y llevados a campos de concentración. Por ese tiempo, el futuro Papa seguía alternando su trabajo en la planta de soda, sus estudios teológicos y su labor teatral. Como el seminario era clandestino, no usaba ropas eclesiásticas.
Hacia 1945, los alemanes se fueron de Cracovia y las tropas soviéticas ocuparon la ciudad. La primera reacción fue de euforia y libertad. Un gobierno de coalición con predominio comunista se hizo cargo del poder. El seminario dejó de ser clandestino. El Episcopado polaco, pese a sus obvias discrepancias con el marxismo, procuró en los primeros tiempos manejarse con cautela frente al poder.
Tras completar su tesis, Wojtyla fue ordenado sacerdote el 11 de noviembre de 1946. Después viajó a Roma, donde estudió teología en la Universidad Angelicum, de los dominicos. En 1948 regresó a Cracovia. Se encontró con una Polonia diferente a la que había dejado, ya condenada al aislamiento, pues la Cortina de Hierro había caído sobre su frontera occidental.
En esos días se había producido el ascenso de Stefan Wyszynski al cargo de arzobispo de Varsovia. Enérgicamente anticomunista, como antes había sido enérgicamente antinazi, el nuevo dignatario solía denunciar también los excesos del capitalismo. Preconizaba un tercer camino entre el marxismo estatista y el liberalismo extremo. Wojtyla, entonces vicario de la iglesia de San Florián, en Cracovia, se hizo eco de esas ideas renovadoras. Hacia 1951, el régimen inició una severa persecución contra la Iglesia Católica. Se regularon y restringieron a los viajes de los sacerdotes y miembros del clero fueron detenidos. En 1953, fue arrestado Wyszynski, cuyo nombre se convirtió –en el mundo– en un símbolo de la resistencia al poder soviético.
Hacia 1956 la prédica de los obispos y sacerdotes católicos comenzó a encontrar eco en los trabajadores polacos. Los sectores más vigorosos del sindicalismo fueron organizando sus planes de resistencia frente a la opresión comunista y se empezó a transitar el camino que iba a fructificar 14 años después con el nacimiento de Solidaridad, el gran movimiento liderado por Lech Walesa, con el cual Wojtyla habría de mantener una permanente y fecunda sintonía.
Entretanto, el hijo de Wadowice sumaba a sus actividades pastorales y a su responsabilidad como catedrático en la Universidad de Lublin una intensa labor intelectual. Poeta, ensayista, autor teatral, entregaba sus originales a la imprenta incansablemente, alternando textos sobre ética, obras dramáticas y poemas místicos.
Táctica frente al comunismo
El 8 de julio de 1958 Wojtyla fue designado por Pío XII obispo auxiliar de Cracovia. Hacia 1962, convertido ya en obispo titular de su diócesis, viajó a Roma para participar del Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII. Cuando se tornó tensa la relación entre progresistas y conservadores, el obispo de Cracovia jugó un rol importante: fue uno de los redactores del histórico documento Nostra Aetate y, en una de las sesiones más encrespadas desde el punto de vista político, logró impedir que se aprobase una declaración formal de condena al comunismo, que consideraba estratégicamente errónea. Su táctica consistía en acosar al régimen comunista polaco con quejas y denuncias sobre hechos concretos que implicaban violaciones a los derechos humanos y no en dejarse embarcar en polémicas doctrinarias inconducentes.
En 1967, Pablo VI le confirió la dignidad de cardenal. Once años más tarde, Wyszynski y Wojtyla volaron juntos a Roma para participar del cónclave que habría de elegir al sucesor de Pablo VI. La elección recayó en el arzobispo de Venecia, Albino Luciani, que asumió como Juan Pablo I. El nombre de Wojtyla no llegó a ser un candidato con posibilidades serias.
El arzobispo de Varsovia y el obispo de Cracovia volvieron a Polonia. Ninguno de los dos sospechaba que ese mismo año iban a estar de regreso en Roma para volver a participar de la elección de un nuevo Papa. Y, menos aún, que uno de los dos iba a ser elevado a la más alta dignidad de la Iglesia. La muerte súbita de Juan Pablo I precipitó esos acontecimientos.
Cuando a las 18.20 del 16 de octubre de 1978, los ciento once cardenales congregados en la Capilla Sixtina adoptaron la revolucionaria decisión de llevar a la silla pontificia a un purpurado polaco, el mundo experimentó un hondo sacudimiento, en el que se mezclaron la admiración y el asombro. Era la primera vez en 456 años que la Iglesia Católica optaba por designar a un Papa no italiano.
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