El mundo adora a los refugiados, pero sólo a los que compiten en Río

Roger Cohen
Roger Cohen MEDIO: The New York Times
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9 de agosto de 2016  

NUEVA YORK.- El mundo está conmovido por el Equipo de Refugiados que participa de los Juegos Olímpicos de Río. Fueron recibidos con una ovación de pie durante la ceremonia inaugural, y el secretario general de las Naciones Unidas, un hombre no muy dado a exhibir sus emociones, no paraba de sonreír.

El presidente Obama tuiteó su apoyo a esos 10 atletas que "demuestran que se puede tener éxito sin importar de dónde uno venga". Samantha Power, embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, publicó en Facebook un video en el que habla de los 65 millones de desplazados que hay en el mundo -el mayor número que se registra desde la Segunda Guerra Mundial- y dijo que todas esas personas "ahora pueden soñar con mejores cosas gracias a lo que ustedes están haciendo", en referencia a los atletas.

Y cómo no conmoverse. Son personas realmente valientes que no han huido en busca de una mejor vida, sino para salvar sus vidas. En general, nadie decide convertirse en refugiado por elección, sino porque no tiene opción. Como Yusra Mardini, la refugiada siria de 18 años de los suburbios de Damasco, que abandonó un país que ya sólo existe nominalmente y que después de llegar a Grecia desde Turquía en un bote que casi se hunde logró llegar a Alemania. Ella y su hermana Sarah se zambulleron en el Mediterráneo y nadaron más de tres horas hasta alcanzar la isla de Lesbos. En Río de Janeiro, Mardini compitió en los 100 metros estilo mariposa, pero no marcó un tiempo que le permitió pasar a la siguiente ronda. Se trata de todos modos de un logro notable.

Sí, el mundo se conmueve con el Equipo de Refugiados. Pero es inconmovible ante los refugiados.

Mueren en alta mar. Mueren encerrados en camiones. Mueren de muerte anónima. Son sinónimo de peligro y de problemas. Se los deja abandonados en el limbo en descomposición de alguna remota isla del Pacífico. Se oye hablar de "amenaza a la civilización europea", léase "la Europa cristiana". Se oye hablar de hacer grande de nuevo a Estados Unidos, léase hacer blanco de nuevo a Estados Unidos.

Los partidos políticos de derecha medran convirtiéndolos en chivos expiatorios. Nadie quiere refugiados. ¿Y si son terroristas o violadores? Los dejan sentados esperando en los centros de acogida. Estados Unidos se comprometió a recibir a por lo menos 10.000 refugiados sirios en el actual año fiscal. En los últimos cuatro años, aceptó a unos 1900. Una insignificancia: desde que se inició la guerra, unos 4,8 millones de sirios abandonaron su país.

Alemania estuvo a la altura del desafío y demostró el coraje político necesario para abrir sus puertas. Como conoce en carne propia las profundidades de la depravación, reconoce un imperativo moral cuando lo tiene enfrente.

Todo el mundo adora al Equipo de Refugiados: dos nadadores de Siria, dos judocas originarios de la República Democrática del Congo, un maratonista de Etiopía, cinco corredores de Sudán del Sur. Todo el mundo admira a Rami Anis, la nadadora siria que ahora vive en Bélgica. Anis es oriunda de Aleppo, cobardemente abandonada por Occidente a los bombardeos de los rusos.

Sí, alentemos a los atletas refugiados de los Juegos de Río, pero que no sean palabras vacías ni para limpiar nuestras conciencias. El mundo está siendo tironeado en dos direcciones. La fuerza de la globalización, de la humanidad nómade, del ciberespacio sin fronteras, ha engendrado una contrafuerza igualmente poderosa de nacionalismo, nativismo político y prejuicio antiinmigratorio. Ambas fuerzas se encuentran en un delicado equilibrio.

Viví en Brasil durante varios años. Es un país muy generoso. Tal vez ningún otro país tenga tal mezcla de culturas. No es casual que esta muestra de solidaridad hacia el Equipo de Refugiados ocurra en Río de Janeiro, ciudad históricamente mestiza y abierta. ¿Cómo es posible que la glorificación del Equipo de Refugiados coexista con la demonización de los refugiados?

Recuerdo las palabras de mi amigo Fritz Stern, el distinguido historiador que murió este año: "Nací en un mundo que estaba en la cúspide de un desastre evitable. La lección más simple y más profunda que me dejó la vida es lo frágil que es la libertad".

Y no hay libertad que se construya sobre el odio y la exclusión. Es un derecho humano universal. Brasil y el Comité Olímpico Internacional le han dado al mundo la oportunidad de ver la humanidad y las aspiraciones de cada refugiado. Después de todo, tal vez estemos mejorando más rápidamente de lo que estamos empeorando, y entonces seguiremos derribando barreras, aunque no se logrará sólo con palabras vacías.

Traducción de Jaime Arrambide

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