El opositor húngaro Peter Magyar sepulta en las urnas el sueño de un Orban eterno
El líder opositor, con un discurso proeuropeo, logró una mayoría de dos tercios en el Parlamento y desató festejos masivos en Budapest, donde volvió a escucharse el histórico grito “Ruszkik haza!” contra la influencia rusa
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BUDAPEST.– El primer ministro iliberal de Hungría, Viktor Orban, cayó este domingo en forma estruendosa de su pedestal, derribado por la avalancha de votos que respaldó al líder conservador de oposición Peter Magyar, que con un programa marcadamente pro-europeo reunió más del 51,2% de votos, según los resultados casi definitivos anunciado por la comisión electoral.
Orban, desgastado por 16 años consecutivos en el poder, sufrió la derrota más aplastante de su carrera política al reunir apenas 40,1% de los sufragios.

Los partidos Mi Hazank (ecologista), DK (Coalición Democrática) y MKKP (protestatario), todos de oposición, reunieron el 8,02% restante.
Apenas 3.20 horas después del cierre de las urnas, Orban reconoció su derrota en un amargo discurso de seis minutos, pronunciado con lágrimas en los ojos, desde el comando electoral de su partido, y prometió seguir en la lucha política desde la oposición.
La comisión electoral anunció que, sobre la base de los resultados conocidos hasta ese momento, había atribuido 138 bancas al partido de Magyar, 55 a Orban y 6 a diputados de otras fuerzas. Ese resultado –superior a dos tercios de la Cámara– le acuerda cinco votos más de los necesarios para reformar la Constitución.
Magyar y sus aliados necesitaban consolidar una ventaja superior a seis puntos para asegurarse la victoria y obtener la mayoría de las 199 bancas.
El tramposo sistema instaurado en 2014 establece que 106 diputados son elegidos por sistema uninominal mayoritario y 93 en forma proporcional.
Esa anomalía sintetizaba en forma gráfica las distorsiones del sistema institucional introducidas por Orban para aferrarse al poder.
“Hungría ya no es un país, es un manicomio”, había declarado hace pocos días el novelista László Krasznahorkai, último Premio Nobel de Literatura, para sintetizar el desorden político que –a su juicio– reinaba en el país.
La caída del primer ministro, que había transformado radicalmente el orden jurídico e institucional del país para aferrarse al poder, fue el resultado de una movilización popular sin precedentes desde el derrumbe del comunismo en el país, en 1989.
Ese fenómeno se expresó tanto en el activismo de la población como en la asistencia a las urnas. Al cierre de la consulta, la tasa de participación era de 77,8% de los 7,6 millones de electores inscritos. Esa cifra representa siete puntos más que el récord precedente de 2002.
El derrumbe de Orban fue signado, sobre todo, por el deterioro de su prestigio como dirigente de un país empobrecido y traumatizado por las acusaciones de corrupción que salpicaron a gran parte de su familia y –en términos más generales– a los principales dirigentes de su gobierno.
También incidió el desprestigio acumulado en los últimos años como resultado de su proximidad con el presidente ruso Vladimir Putin.
Orban fue denunciado en varias oportunidades de operar como un “caballo de Troya” al servicio de Putin dentro de las instituciones de la Unión Europea.
Tanto él personalmente, como varios de sus ministros fueron abiertamente acusados de haber participado en actividades de espionaje anti-europeas a favor del Kremlin.
La mayoría de esas actividades fueron documentadas –en muchas con grabaciones de audio o video– por los servicios de seguridad de la UE en Bruselas.
El ambiente eléctrico de la jornada electoral fue sacudido varias veces por acusaciones de fraude formuladas tanto por el partido gubernamental Fidesz como por la oposición nucleada detrás de Tisza.
La seriedad de esas denuncias comenzó a ser examinada por los centenares de veedores internacionales que llegaron a Budapest, en particular diversas delegaciones de la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE), de la UE y otros organismos de transparencia democrática.
También se registraron algunos incidentes, tanto en Budapest como en el interior, pero esas alteraciones no lograron perturbar el desarrollo de los comicios en los 10.000 locales de votación. En general, los dos partidos terminaron por reconocer que fue una “jornada ejemplar”.
Una explosión de júbilo estalló en los muelles de la orilla oriental del Danubio cuando se conocieron las primeras estimaciones, que anunciaban una sólida ventaja favorable a Magyar.
Una gran multitud se había reunido con banderas rojas, blancas y verdes –los colores de Hungría– en ese lugar estratégico ubicado frente al portentoso edificio del Parlamento, que se encontraba totalmente iluminado, en la otra orilla del río que corta en dos partes los dos barrios que forman la capital (Buda y Pest).
Al grito de “ganamos”, “Orban a la cárcel” y “mañana al Országház” (Casa de la Nación), como se llama en húngaro a la Asamblea Nacional, los manifestantes parecían despertar de un largo sueño.
Entre los cánticos se repetía también “Ruszkik haza!” (“¡Rusos, a casa!”), una consigna nacida durante el levantamiento húngaro de 1956 contra la ocupación soviética y recuperada ahora por los opositores para denunciar la cercanía de Orban con Moscú.
“¡Gracias a Dios triunfó Magyar porque yo había decidido irme a vivir al exterior si volvía a ganar Orban”, confesó –sollozando– el joven Egyeny Lazló, de 27 años, que acaba de recibirse de médico.
Después de escuchar el discurso de Orban admitiendo su derrota, los manifestantes volvieron a estallar en ovaciones y cánticos, organizaron rondas de júbilo y organizaron una velada de festejos que incluía música y danzas mezclando una insólita play list de folklore húngaro y disco.
Los festejos populares se prolongaron hasta más allá de la medianoche en la zona céntrica de la capital.
El momento más exaltante se produjo con el discurso pronunciado por el futuro primer ministro.

En un mensaje de 9 minutos, de tono sereno y sin estridencias, Magyar expresó su determinación de “desmantelar piedra por piedra” el sistema jurídico e institucional organizado por Orban en 2014 para eternizarse en el poder.
Sin entrar en detalles, ese párrafo incluía también su determinación –explicitada durante la campaña electoral– de liquidar el control que ejerce el gobierno sobre gran cantidad de empresas nacionalizadas en los últimos 10 años y que se convirtieron en feudos en poder del partido Fidesz, así como la presión económica y la censura que ejercía sobre la prensa.
Las reformas adoptadas con la reforma constitucional de 2014 le habían permitido instaurar una suerte de “dictadura democrática” conocida con el nombre de “democracia iliberal” que fue poco a poco retomada por numerosos dirigentes que ignoraban el verdadero alcance de ese neologismo.
En términos solemnes, definió las grandes líneas de la orientación que seguirá su gobierno, desarrollando una política exterior “más alineada con la UE y la OTAN” (Organización del Tratado del Atlántico Norte), dos instituciones que Orban había intentado sistemáticamente demoler.
Poco después, desarrolló los mismos argumentos en un largo mensaje improvisado en medio de la gigantesca manifestación de festejo que puso término al histórico acontecimiento que vivió la población húngara el domingo y que una anciana, con una bandera de Hungría en las manos, definió como el “momento más importante después de la caída del comunismo”.
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