El Papa destacó la obra del padre Opeka en Madagascar

Francisco, acompañado por el padre Opeka, en Akamasoa
Francisco, acompañado por el padre Opeka, en Akamasoa Fuente: AFP - Crédito: Tiziana Fabi
"La pobreza no es algo inevitable", dijo en uno de los países más carenciados del mundo; visitó el proyecto Akamasoa
Elisabetta Piqué
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9 de septiembre de 2019  

ROMA.- " La pobreza no es algo inevitable", clamó ayer el Papa en su último día en Madagascar, uno de los países más pobres del mundo, donde el 70% de la población vive con menos de dos dólares por día. Francisco habló así repitiendo palabras dichas antes por otro compatriota, el padre misionero Pedro Opeka, candidato al Nobel de la Paz que construyó hace 30 años sobre un inmenso basurero de Antananarivo, capital de Madagascar, la denominada "Ciudad de la Amistad" o Akamasoa, un proyecto humanitario con el que logró rescatar a miles de familias de la pobreza extrema.

Hijo de inmigrantes eslovenos en la Argentina, Opeka, que fue alumno de Jorge Bergoglio en la Facultad de Teología hace más de cincuenta años, como recordó Francisco, fue el gran coprotagonista de la jornada. Tras ser recibido en Akamasoa como un héroe por miles de personas entonando un clásico canto de Iglesia argentino, no bien pisó el lugar Francisco se fundió en un fuerte y emotivo abrazo con él, a quien le agradeció su "gran obra" y "testimonio profético y esperanzador".

Apodado " el albañil de Dios", " el santo de Madagascar", " la madre Teresa con pantalones", el "apóstol de la gente del basurero", entre otros apelativos, Opeka logró el milagro de que sobre lo que era un basurero gigante 25.000 personas construyeran sus viviendas, además de iglesias, canchas de fútbol, escuelas y centros médicos.

"Akamasoa es la expresión de la presencia de Dios en medio de su pueblo pobre", destacó el Papa al hablar ante miles de personas que viven en esta realidad. "Sus gritos, que surgen de la impotencia de vivir sin techo, de ver crecer a sus niños en la desnutrición, de no tener trabajo, por la mirada indiferente -por no decir despreciativa- de tantos, se han transformado en cantos de esperanza para ustedes y para todos los que los contemplan", destacó. "Cada rincón de estos barrios, cada escuela o dispensario, es un canto de esperanza que desmiente y silencia toda fatalidad. Digámoslo con fuerza: la pobreza no es algo inevitable", clamó.

Francisco elogió el trabajo de Opeka, con quien comparte el amor por los pobres y la fe "viva" que le transmitió a la gente, que se tradujo en "actos concretos". Recordó además que "el sueño de Dios no es solo el progreso personal, sino principalmente el comunitario, que no hay peor esclavitud, como nos lo recordaba el padre Pedro, que vivir cada uno solo para sí".

Además, les pidió especialmente a los jóvenes de Akamasoa que "no bajen nunca los brazos ante los efectos nefastos de la pobreza" y que sigan el trabajo realizado por sus mayores. "Así, Akamasoa no será solo un ejemplo para las generaciones futuras, sino mucho más, el punto de partida de una obra inspirada en Dios que alcanzará su pleno desarrollo en la medida en que siga testimoniando su amor a las generaciones presentes y futuras", dijo. "Recemos para que en todo Madagascar y en otras partes del mundo se prolongue el brillo de esta luz y podamos lograr modelos de desarrollo que privilegien la lucha contra la pobreza y la inclusión social desde la confianza, la educación, el trabajo y el esfuerzo", pidió, finalmente.

Se trasladó luego en el papamóvil -al que subió al padre Opeka- hasta una cantera de piedra en la que trabajan 700 habitantes de Akamasoa, donde pronunció una emotiva oración por los trabajadores.

El Papa -que hoy culminará su gira africana con una visita a la isla de Mauricio- celebró por la mañana una misa sobrecogedora ante un millón de fieles que pasaron la noche a la intemperie y con bajas temperaturas con tal de verlo. Ante ellos, denunció "la cultura de los privilegios y la corrupción".

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