El prólogo de una sucesión bajo control

César González Calero
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25 de febrero de 2013  

La generación histórica de la Sierra Maestra, aquella que entró triunfante en La Habana en enero de 1959 bajo un entusiasmo popular nunca antes visto en Cuba, escenificó ayer ante el nuevo Parlamento el preámbulo de una sucesión ordenada en la isla.

Raúl Castro, de 81 años, ya había sugerido en varias ocasiones que éste sería su último mandato presidencial. Ayer lo confirmó en su discurso ante la Asamblea Nacional. El cambio generacional en la cúpula del régimen, tantas veces mentado y otras tantas postergado, se hará realidad, como muy tarde, en 2018.

Y ese cambio ya tiene rostro: el de Miguel Díaz-Canel, un ingeniero electrónico de 52 años que fue ministro de Educación de 2009 a 2012, cuando fue promovido a una de las vicepresidencias del Consejo de Ministros. Al ser nombrado ayer vicepresidente primero de los consejos de Estado y de Ministros, máximos órganos ejecutivos del país, Díaz-Canel se configura como el nuevo hombre fuerte en la isla, con el permiso, claro está, de esa generación histórica que todavía se aferra al poder.

Esa sucesión controlada que comenzó ayer en Cuba se demoró al menos cinco años. En 2008, durante la constitución de la séptima legislatura, muchos esperaban que Raúl -al tomar las riendas del poder de forma definitiva por la enfermedad de su hermano Fidel- nombrara como escudero a Carlos Lage, figura ascendente del régimen que pisaba los cincuenta. Pero entonces prevaleció el criterio de la vieja guardia, que impuso al octogenario José Ramón Machado Ventura como primer vicepresidente y situó a otros comandantes de la Revolución, como el incombustible Ramiro Valdés, en los puestos clave del Estado. Lage y el aún más joven canciller Felipe Pérez Roque quedaron relegados y un año más tarde serían defenestrados. El régimen los acusó de deslealtad. Con esas y otras destituciones de jóvenes dirigentes con gran proyección, Raúl cerraba el paso al cambio generacional. Con Machado Ventura y Valdés de escoltas y el liderazgo espiritual de Fidel, por mucho que el general se empeñara en hablar de cambios ("actualizaciones del socialismo", en el lenguaje del Partido Comunista), la imagen transmitida se acercaba más a la esclerosis política.

Desde entonces, Raúl pidió paciencia para llevar a cabo ese proceso de cambio generacional. "Se necesita tiempo para formar a los nuevos líderes", argumentó una y otra vez. Ayer dio un primer paso con la elección de Díaz-Canel. El Consejo de Estado, de 17 miembros, se ha renovado en más del 50% y la edad promedio se rebajó a 57 años.

Acuciada por la edad, la generación histórica va cediendo el poder en Cuba. Pero lo hace con el control remoto todavía entre las manos, muy pendiente de la confianza depositada en ese potencial sucesor que no había nacido cuando Fidel y Raúl entraron triunfantes en La Habana. Y si Díaz-Canel, el nuevo delfín, cumple con las "lealtades" requeridas, no sería extraño que la reciente broma de Raúl referida a una posible renuncia de su cargo cobrara forma antes del fin de esta mandato.

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