El transporte público, destartalado, pero caro

Para muchos, viajar es una pesadilla con precios del primer mundo
Laura Bonilla
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21 de junio de 2013  

RÍO DE JANEIRO.- Trenes destartalados, ómnibus repletos que avanzan a paso de tortuga en medio de monstruosos embotellamientos, un subte insuficiente para atender la demanda, minibuses clandestinos e inseguros. Bienvenido al transporte público en Brasil, caro como en el primer mundo y deficiente como en el tercero, que detonó las marchas.

El reclamo por un boleto más barato y un servicio de mayor calidad es una de las principales reivindicaciones de las mayores protestas callejeras en el país en 20 años.

"El transporte público es en general deficiente, especialmente en las grandes ciudades, ya que no es capaz de atender la demanda. El pecado original es que no hay suficiente transporte sobre rieles, sobre todo subtes, y sin esto no se puede mejorar", dijo Marcos Cintra, vicepresidente de la Fundación Getulio Vargas y experto en planificación urbana.

Para muchos de los 194 millones de brasileños, sobre todo los más pobres, que no tienen automóvil, viven más lejos de donde trabajan y en zonas donde hay menos opciones de transporte, llegar al trabajo o regresar a casa cada día es una pesadilla.

Ricardo Jefferson, un músico de samba de 29 años de la Baixada Fluminense, un suburbio popular de Río, tiene un trayecto diario de dos a tres horas en ómnibus para llegar a su trabajo en el centro.

"El transporte es escaso y el pasaje es muy caro para lo que ofrecen. Lo único que funciona en Río es el subte, porque el tren es una porquería, y en ómnibus mi trayecto puede llevar hasta casi cuatro horas", dijo mientras aguardaba el tren. "Trabajo como loco, estoy cansado, y cuando voy a tomar el tren, está repleto, uno se siente maltratado", agregó.

Para Marcio d'Agosto, coordinador del programa de ingeniería del transporte de la Universidad Federal de Río, la insatisfacción popular es fruto de la falta de inversiones en los últimos 50 años. "Si vemos una película sobre transporte en Brasil en los 50 y lo comparamos con hoy, veremos que nada cambió", dijo.

La peluquera Joana María dos Santos, de 45 años, que vive en Queimados, en la periferia norte de Río, lo padece todos los días. Llegar a la peluquería de Ipanema donde trabaja le lleva tres horas, y debe tomarse una combinación de tren y ómnibus. "Si cae una sola gota de lluvia, ese tiempo se duplica", contó.

La situación empeoró con el explosivo crecimiento del parque automotor en Brasil, impulsado en la última década por el boom económico del país y un mayor acceso al crédito de 40 millones de personas que ingresaron en la clase media. Cada día, un promedio de 10.000 autos nuevos comienzan a circular por las calles.

Recorrer menos de 30 km en Río puede llevar dos horas, y en San Pablo, los embotellamientos pueden llegar a los 250 km de largo. "Los que pueden comprarse un auto prefieren esperar sentados que viajar parados en mastodontes llenos a reventar, lo cual sólo empeora la situación", concluyó Chris Gaffney, un experto norteamericano que vive en Río.

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