En Buenos Aires, un fervor lejano a toda sospecha
Hubo festejos por el éxito de Castro, antes de su giro a la izquierda
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El viernes 2 de enero de 1959 un llamado de Luis Mario Bello, secretario de Redacción de LA NACION y luego, por 25 años, corresponsal del diario en París, interrumpió en mi casa el almuerzo.
Las primeras columnas del Movimiento 26 de Julio estaban entrando en La Habana, al mando de Ernesto "Che" Guevara y Camilo Cienfuegos, sin encontrar resistencia. Lo hacían desde el Este, por la carretera central, procedentes de Matanzas y Las Villas, y se dirigían al ex cuartel militar de Batista. La edición del día siguiente debería consignar la explosión de alegría que el acontecimiento suscitaba en Buenos Aires. ¿Alegría entre quiénes, en qué franjas de la política argentina?
Horas después, dos cronistas jóvenes salían juntos de la vieja Redacción de LA NACION, de Sarmiento 344. Uno, Edgar Podestá, fallecido hace años.
Ernesto Schoo, nuestro gran crítico teatral, lo recuerda como un fino poeta y compañero en una efímera aventura editorial. Podestá había nacido en 1929, apenas un año después que el Che. Marchaba a la calle con la consigna de entrevistar a Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna. Los padres del combatiente argentino a quien una nota de tapa de LA NACION, de ese 2 de enero, exaltaba por la valentía.
Lo hacía con descripción irrepetible. Entre campechana y risueña, su relectura suscita asombro, dado el curso ulterior de la historia. "Muchacho andariego -anoticiaba el diario-, recorrió América latina en motocicleta, a pie y aun valiéndose de balsas?".
El otro cronista era quien esto escribe. Su tarea, al menos la de aquel día, resultó ser más sencilla y grata que la de Podestá, por lo que se verá más adelante. Debía cubrir la concentración popular de regocijo por la caída de Batista que se estaba produciendo en la Plaza San Martín, eje, por aquellos años posteriores al derrocamiento de Perón, de interminables manifestaciones antiperonistas.
A las 3 de la tarde, había en la Plaza San Martín un número apreciable de gente. Distinguí la presencia de activistas del radicalismo, del socialismo, de la democracia progresista. Pero, por sobre todo, de personas que porfiaban, al cabo de un año y medio del gobierno constitucional de Arturo Frondizi, con las consignas que habían celebrado el advenimiento de la Revolución Libertadora.
La crónica del acto, del ejemplar del 3 de enero, registra así, entre otros detalles, el de la voz anónima que, elevándose por sobre todo lo audible, reclama airadamente, con inconfundible intención: "Cubanos: no cometan el error que cometimos nosotros; extirpen las ratas".
Nadie llamó a silencio al hombre del vozarrón. Demasiado bien lo habían entendido. Para esa gente la revolución de septiembre de 1955 se había limitado, inexplicablemente, en los objetivos.
Tiempo de profundos abismos políticos. De odios y temores recíprocos, que calaban hondo. Nadie atajó aquella voz atrevida. Tampoco ninguno de los grandes partidos políticos de la época, incluida la Unión Cívica Radical todavía unificada en junio de 1956 bajo el mando del doctor Frondizi, reclamó el cese de los fusilamientos con los que se había respondido a la contrarrevolución peronista.
En la tribuna improvisada en la Plaza San Martín hablaron aquella tarde Alfredo Roldán, por el Movimiento Cívico Revolucionario, y Santiago Salinas, por los cubanos del Movimiento 26 de Julio. Roldán celebró que "el sol de la libertad" argentina del 16 de septiembre de 1955 se hubiera extendido por Colombia, Venezuela, Guatemala y ahora, se ilusionó, Cuba.
Concluido el acto, los manifestantes recorrieron con cánticos Florida y, ya en columna deshilvanada, cruzaron la ciudad para allegarse al domicilio del almirante Isaac Rojas. Vivía Rojas en Austria, a metros de Santa Fe.
Hoy, puede extrañar que quien había sido vicepresidente del gobierno de la Revolución Libertadora hubiera salido a la calle para recibir a los manifestantes y expresarles el júbilo que sentía, "de todo corazón, por la epopeya cubana". Pero, ¿acaso Rojas, aun siendo tan próximo como lo era al servicio de inteligencia de la Armada, qué podía barruntar con certidumbre, qué premoción inquietarlo sobre el derrotero eventual de la epopeya?
Apoyos
Ninguna carta mostraba la Unión Soviética. Sólo el 10 de enero, Moscú reconoció en términos lacónicos al gobierno provisional, formalmente presidido por del juez Manuel Urrutia. Fidel Castro retenía la doble condición de primer ministro y comandante de las fuerzas armadas.
Si el gobierno norteamericano del general Dwight D. Eisenhower habría sabido algo más de la cuenta, y lo hubiera ocultado, sería difícil de explicar. Había suspendido en abril los suministros de armas a Batista, con los efectos consiguientes, y establecido relaciones con el nuevo gobierno cubano tres días antes de que lo hiciera Moscú.
Claro que Gran Bretaña, aliada eterna y estratégica de Estados Unidos, continuó, con el gobierno conservador de Harold Macmillan, hasta el final el envío de pertrechos militares al dictador militar de inmenso histrionismo. En los desafinamientos sociales de Batista se había inspirado el escritor de derecha Drieu La Rochelle para escribir una celebrada novela: L´Homme à cheval .
La semblanza que LA NACION había trazado del "Che" Guevara en su edición del 2 de enero debió tonificar el ánimo del almirante Rojas. Decía sobre el guerrillero argentino, en un párrafo de elocuente significación: "?fue uno de los 3000 integrantes del Grupo Monteagudo y, dentro de él, formó parte de Acción Argentina, fuerza de choque dirigida contra el dictador argentino (por Perón)".
Varios historiadores han confirmado la pertenencia de Guevara a aquel grupo de existencia clandestina, probablemente modesta en los reales alcances y originada, al parecer, en círculos sociales y políticos de Córdoba. Nada se sabe, sin embargo, de la supuesta facción Acción Argentina. Durante la Segunda Guerra Mundial se había identificado desde 1940 con ese nombre una corriente ciudadana simpatizante de la causa aliada. La integraban, entre otros, Marcelo T. de Alvear, Emilio Ravignani, Julio A. Noble, Victoria Ocampo.
En todo caso, no era casual -no lo es hoy, tampoco- la invocación de Bernardo de Monteagudo en beneficio de cualquiera de las luchas y conspiraciones políticas en las que el "Che" se hubiera involucrado.
Como Juan José Castelli, Monteagudo fue un jacobino de la Revolución de Mayo, un duro entre los duros. Y por encima del tramo que se examine en la trayectoria del "Che", ése ha sido, entre vaivenes de índole diversa desde los días de rugbier del San Isidro Club (SIC), el carácter rotundo con el que asumió los compromisos que lo llevaron a la inmolación, lo incrustaron en la historia e introdujeron, un tanto a las apuradas, como uno de los íconos argentinos, en las ferias internacionales de libros, según el controvertido suceso de reciente data.
¿Qué percepción tenían los padres del "Che", a la caída de Batista, sobre la evolución de las ideas políticas del hijo, más allá de la vocación difusa que arrastraba por cuestiones de servicio público? El libro escrito muchos años después por su padre, el arquitecto Ernesto Guevara Lynch, traza una existencia de etapas sucesivas y coherentes, nada pendulares.
Detengámonos, con todo, ante un hecho menor. Duró menos de lo que demora contarlo. Refiere a la aventura padecida por el periodista y poeta argentino Edgar Podestá, según su relato horas después de ocurrido. Fue el 2 de enero de 1959, en ocasión de haberle encomendado LA NACION que entrevistara a los padres del "Che".
Al salir del diario, Podestá y yo enfilamos en una misma dirección. Habiéndome acompañado hasta cerca de la Plaza San Martín, Podestá se despidió, diciéndome que iba al encuentro de los Guevara, a quienes él o el diario habían ubicado en un departamento de las proximidades de Santa Fe y Esmeralda.
Con el padre del "Che"
Mi trabajo estaba entregado cuando volví a hablar con Podestá, alrededor de las 10 de la noche. Lo hallé junto al estaño del comedor del diario. Lo había visto allí otras veces con un vaso de cerveza en las manos, pero nunca con tal enojo. Casi fuera de control, se quejaba por la pésima idea de LA NACION de haberle comisionado una tarea que se demostró imposible.
Reconstruyo ahora los hechos de la manera que Podestá relató. La puerta de los Guevara le había sido abierta por Guevara Lynch. Apenas el cronista se presentó, el arquitecto explotó en recriminaciones contra el diario. Subieron de tono a raíz de la osadía de que se hubiera pretendido que alguien hablara en su nombre con él. No; no lo aceptaría. LA NACION había insultado por meses a la familia Guevara.
¿Qué insultos agraviaban al arquitecto Guevara Lynch? En la actitud de quien en el fondo acepta las razones que con vehemencia le han sido expuestas, Podestá explicó que Guevara Lynch se había limitado a mencionar sucesivos cables publicados por LA NACION, procedentes de agencias internacionales de noticias. En ellos se había aludido, siempre en unas pocas líneas, sin mayores comentarios, a un lugarteniente argentino, de ideas de izquierda, algo así como un extremista que acompañaba a Castro en su campaña y a quien se conocía como el "Che" Guevara.
Ignoramos qué hubiera hecho en iguales circunstancias y esa mismísima tarde Celia de la Serna, madre del "Che", más templada desde antes, según testimonios generales, para afrontar situaciones de tal naturaleza. Lo que sabemos por Podestá es que se quedó sin tiempo para la respuesta al arquitecto Guevara Lynch. La puerta por la que éste había aparecido se cerró con violencia ante sus narices.
¿Qué verosimilitud tiene el episodio, sujeto al testimonio, por así decirlo, crepuscular y único de un periodista que escribía muy bien -hombre culto y magnífico traductor de inglés- y cuya sensibilidad política se expresaría más tarde en el Senado de la Nación, como asesor del doctor Eduardo Angeloz?
¿Cuál habría sido la reacción de aquella tarde, si en lugar de Podestá hubiera tocado el timbre John William Cooke para decir que estaba encantado con lo que habían anticipado las agencias de noticias sobre el "Che" y que había que apurar los contactos con la izquierda del peronismo?


