En Davos, el protagonista fue Trump, pero la estrella fue Carney
Mientras el presidente norteamericano concentró la atención con gestos y anuncios, el primer ministro canadiense sorprendió con un discurso que puso en cuestión el orden global y marcó el tono político de la semana
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DAVOS, Suiza.– El presidente Donald Trump vino, vio, y probablemente crea que venció. Durante gran parte de esta semana, la comidilla en los salones y en los pasillos del Foro Económico Mundial de Davos era lo que el presidente norteamericano iba y no iba a hacer y decir.
Los días de furia de Trump con Groenlandia –que se ocupó de subrayar con nuevos aranceles a sus aliados europeos y con bombas publicitarias como los legisladores republicanos que se reunieron en el Kennedy Center para cortar y comerse una torta con la forma de Groenlandia– hicieron que el discurso del miércoles fuera una cita obligada, con una avalancha de dignatarios que se corrían a los codazos para lograr ingresar al salón del plenario.
Un ejecutivo británico que logró manotear un asiento me dijo luego que quería estar en el lugar “solo para comprobar si ver a Trump en estado salvaje era realmente una experiencia zoológica”.

En su divagante discurso ante el encuentro anual de la élite política y económica mundial, el presidente norteamericano reculó de su postura maximalista sobre Groenlandia, y recalcó que Estados Unidos no tomaría por la fuerza esa isla semiautónoma que pertenece a Dinamarca.
Más tarde, tras reunirse con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Trump también abandonó sus amenazas arancelarias y dijo que estaban dadas las condiciones para algún tipo de acuerdo que satisfaga su preocupación por la seguridad del Ártico.
Al día siguiente, el jueves, los anfitriones de Davos volvieron a darle protagonismo a Trump para que hiciera una ostentosa inauguración de su Consejo de la Paz, que la Casa Blanca viene publicitando como una herramienta para resolver conflictos globales con un alcance comparable al de Naciones Unidas.
Líderes o altos funcionarios de otros 19 países respaldaron a Trump durante la ceremonia, mientras firmaba el acta fundacional de la entidad. Y los lugartenientes de Trump –incluido a su yerno Jared Kushner, el secretario de Estado, Marco Rubio, y la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt–, se turnaron para elogiar los logros de mandatario norteamericano.
Frenesí mediático
Trump abandonó Davos poco después, empachado de frenesí mediático. Pero todo el oxígeno que pareció inhalar en los Alpes suizos parece no haber alcanzado para lograr el mayor impacto: esa distinción se la llevó el primer ministro canadiense, Mark Carney, cuyo discurso fue ampliamente considerado como el momento decisivo de la semana.

Carney llegó a Davos tras una gira por China y Qatar y pronunció un discurso que confrontó sin medias tintas con el mundo que forjó la presidencia de Trump. Instó a sus homólogos de Davos a “vivir en la verdad” y dejar de invocar el orden internacional basado en reglas “como si aún funcionara como tanto se declama”.
Dijo que la moralina sobre el orden de posguerra que muchos líderes occidentales suelen invocar es una “ficción” conveniente que resultaba “útil”, porque “cuando les convenía, los más fuertes se autoeximían”, un tiro por elevación sobre los errores de Estados Unidos en las últimas décadas, incluyendo quizás la invasión a Irak de 2003.
Carney instó a sus homólogos a pasar a otra cosa. “Las cosas por su nombre: un sistema de escalada de rivalidad entre superpotencias, donde los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como método de coerción”, disparó Carney. Agregó que era un momento “de ruptura”, y les pidió a los demás países que diversificaran sus intereses para “protegerse” contra la incertidumbre y construir nuevas alianzas y coaliciones.
“Las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos sentados a la mesa, estamos en el menú. En un mundo de rivalidad entre superpotencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por los favores de alguna de ellas o combinarse para crear una tercera vía que tenga peso propio”.
Los asistentes de Davos elogiaron la sustancia y la claridad de la postura de Carney. “Sabemos que su postura refleja un cambio en el orden global que casi todos hemos visto avanzar en los últimos años, pero hasta ahora ningún mandatario importante estuvo dispuesto a decirlo con todas las letras”, me dijo Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, una consultora de riesgo geopolítico, y agregó que “la gente va a recordar ese discurso durante mucho tiempo”.
“De los discursos de mandatarios que se escucharon, fue el único con peso y seriedad moral, y expresó la conmoción que sentimos muchos de los que estamos acá”, dijo Adam Tooze, historiador económico y popular podcaster al que le tocó moderar una difícil charla con Howard Lutnick, secretario de Comercio norteamericano.
Wolfgang Ischinger, exdiplomático alemán y veterano de la política exterior europea, coincide. Dice que las declaraciones de Carney fueron “absolutamente admirables” y que algunos se preguntan “¿Por qué no invitar a Canadá a ser miembro de la UE?”.
Discurso memorable
Carney es un afable expresidente del Banco Central de Canadá que en cierto modo estaba hecho para brillar en Davos. “Pronunció un discurso brillante, memorable, y también creo que es un discurso que alguien como Donald Trump respeta”, dice Anthony Scaramucci, un asiduo a las reuniones de Davos que durante un breve período fue director de comunicaciones de Trump en la Casa Blanca. “Y mi recomendación a los líderes europeos es que llamen a Mark y le pidan que les dé un curso de liderazgo ejecutivo”.

Antes de subirse él mismo al escenario, el miércoles, Trump parece haber sido informado sobre el discurso de Carney y el entusiasmo que generó. “Canadá existe gracias a Estados Unidos: la próxima vez que hagas declaraciones, recuerda eso Mark”, dijo el miércoles con tono algo sombrío desde el podio de Davos. Y el jueves, en una publicación en las redes sociales dirigida a Carney, dijo que le retiraba la invitación a Canadá para participar de su Consejo de la Paz.
La sensación de “ruptura” que citó Carney fue compartida por muchos otros en Davos. “De las muchas reuniones de las que participé, el único tema recurrente es que estamos en una nueva realidad”, dice Eswar Prasad, economista de la Universidad de Cornell. “No se trata de un ciclo donde después todo vuelve a cierto grado de normalidad”.
Lo que no sabemos es que implicará para la cooperación internacional y los temas críticos que suelen surgir en Davos, como el cambio climático y la desigualdad social. “Una de las razones por las que el discurso de Mark Carney fue importante es porque reivindicó la iniciativa de los países que desean abordar esos desafíos sobre la base de principios compartidos”, señala David Miliband, presidente y director ejecutivo del Comité Internacional de Rescate, una organización humanitaria.
“La geopolítica actual no se limita al poderío de los titanes. El ascenso de las potencias intermedias y su peso colectivo es una posible vía para abordar problemas que si no se abordan se agravarán”.

Comfort Ero, directora del centro de estudios International Crisis Group, lamenta que haya sido necesaria una amenaza a la soberanía de un país europeo para que un importante líder occidental denunciara “lo que está en juego y lo que el resto del mundo ya venía sintiendo: la desigualdad entre los países, el espejismo de que el orden basado en normas funcionaba como marco, aunque realmente en la práctica no funcionara”.
“Somos testigos del desarrollo de la historia, pero podemos elegir si queremos que se convierta en una carrera hacia el abismo o si priorizaremos la protección de lo que construimos en las últimas décadas, que es el sistema multilateral de comercio”, dice Jumoke Oduwole, ministra de Industria, Comercio e Inversión de Nigeria, y agrega que el discurso de Carney la infundió esperanza.
“Este es uno de los momentos en Davos que hacen sentir que todos están pensando en el mundo y en cómo podemos unirnos”, dice Oduwole. “Uno de esos momentos donde todos se miran con nuevos ojos”.
(Traducción de Jaime Arrambide)
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