En la frontera coreana, la guerra es todavía lejana

En medio del creciente clima bélico de las últimas semanas, la población busca mantener la normalidad
Natalia Tobón Tobón
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14 de abril de 2013  

SEÚL.- Los habitantes de Corea del Sur ven, en los titulares alarmistas y en las severas declaraciones oficiales de estos días, una etapa más de una guerra que lleva 60 años.

La situación de conflicto se ha vuelto algo común en la historia de la península coreana.

Y esto aplica para las dos Coreas. Ni en el Norte ni en el Sur se conmueven por los discursos grandilocuentes que van de un lado a otro y que retratan un temido escenario nuclear en el siglo XXI.

Para muchos habitantes de Corea del Sur, las amenazas de lanzamientos de misiles o de nuevas sanciones son sólo pantomimas de poder, donde los grandes jugadores son Estados Unidos y China, los patrocinadores de cada una de las Coreas.

"Esta vez el conflicto llegó a los medios de comunicación con más fuerza, a diferencia de otras veces que sí hemos estado en peligro. Sin embargo, no siento preocupación, ya que, como siempre, volverá a la normalidad en unas semanas", cuenta a LA NACION Shin Han-eun, funcionario del gobierno surcoreano.

La respuesta se repitió una y otra vez cuando consultamos en las calles de Seúl si tenían miedo. La capital se encuentra en calma y sus habitantes dudan de la capacidad de Pyongyang de entablar una confrontación real, pues, además de que no tienen el poder económico para mantener una guerra, creen que es sólo una forma de llamar la atención de la comunidad internacional hacia Corea del Norte, para solicitar nuevos tipos de negociaciones económicas y apoyos alimenticios.

Seúl está a un poco menos de 50 kilómetros de la frontera, demarcada por el paralelo 38, la línea imaginaria que divide la península desde inicios del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética y Estados Unidos tomaron cada uno un lado, y le inyectaron capital e ideología.

Luego, las diferencias de la Guerra Fría dieron pie a una confrontación militar que buscó reunificar la península bajo un mismo pensamiento. Seúl ganó la guerra con el apoyo americano, y para concluir el conflicto, se firmó, en 1953, un armisticio que dio inicio a la zona desmilitarizada, un área de 250 kilómetros de ancho y cuatro de largo que sirve para separar las tropas.

Si bien su nombre indica un área sin armas, la realidad es que es una de las zonas más armadas del mundo, donde ambos ejércitos mantienen una tensión constante sin importar que, a nivel oficial, desde las capitales se hable de colaboración pacífica o de guerra.

Del lado sur, la tensión es comercializada para transformarla en un atractivo turístico. La zona desmilitarizada se convirtió en una especie de parque temático de la guerra de Corea y en un símbolo del deseo de unificación, en un tono propagandístico para el Sur y su gran aliado americano.

Decenas de operadores turísticos ofrecen tours a la zona, que incluyen visitas al área de seguridad conjunta, para ver los guardias de un lado al otro; la línea militar norte, para atisbar la frontera marítima y divisar a Corea del Norte desde la distancia, y ver los deseos surcoreanos de cooperar con el país del Norte, expresados en una moderna estación de tren desde la que deberían partir los trenes en dirección a Pyongyang, pero que no está en servicio.

La zona es también la puerta de entrada al Norte, especialmente para los empresarios que tenían sus fábricas en el complejo industrial Kaesong, cerrado la semana pasada por las autoridades norcoreanas.

En sus 60 años, el área fue lugar de varios enfrentamientos, que en algunos casos concluyeron con la muerte de soldados de ambos lados. Sin embargo, en este momento de aparente tensión, la zona no fue cerrada al público.

"Lo único que ha cambiado es que, con la situación, vienen más periodistas de lo normal. Pero el número de turistas se mantiene; todos, atraídos por la posibilidad de ver a lo lejos a Corea del Norte", dijo Eugene, guía de la agencia Sunburst, que organiza viajes a la frontera.

En la localidad surcoreana de Ganwha, hay largavistas que funcionan con monedas, para ver el otro lado. Y lo que se puede ver, maximizando el lente, son pequeñas poblaciones norcoreanas, cuyos habitantes están dedicados a labores agrícolas, especialmente en esta fecha que se realiza la primera siembra.

Lo cierto es que la falta de ingresos económicos -que, excepto los entregados por China, son casi nulos- no darían posibilidad a Corea del Norte de sostener una guerra a largo plazo ni de defenderse ante un eventual ataque del Sur y sus aliados. O por lo menos así lo afirman los habitantes de la frontera, quienes no creen que por el momento deban abandonar el área o prepararse para confrontar a los campesinos militares del Norte.

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