En Venezuela, la unidad militar frena un posible efecto contagio

Guiadó, ayer, durante una reunión con líderes sindicales en Caracas
Guiadó, ayer, durante una reunión con líderes sindicales en Caracas Fuente: AFP
La oposición apuesta a que la salida de Evo le vuelva a dar más fuerza, pero los analistas destacan que hay muchas diferencias entre las situaciones de ambos países
Daniel Lozano
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12 de noviembre de 2019  

CARACAS.- Las noticias en Bolivia se sucedían en forma de relámpago mientras en Venezuela ardía el teléfono rojo entre Nicolás Maduro y Evo Morales. El fraude demostrado por la OEA, la primera marcha atrás del presidente, la cadena de dimisiones oficialistas y la "sugerencia" de los militares no solo pusieron en máxima alerta la sala situacional de la revolución, sino que también provocaron que los venezolanos, deseosos de vivir algo parecido, se preguntaran por qué los bolivianos sí pueden cambiar su destino y el de ellos permanece inmutable.

Las encuestas de la firma Delphos confirmaron lo que se siente en las calles del país petrolero: el 63% de las personas percibe la situación del país como muy mala y el 32%, como mala. En total, hay un 94% de percepción negativa, frente al 4% que considera que las cosas siguen buenas para sus intereses.

"Se siente el huracán democrático en América Latina", clamó el presidente encargado Juan Guaidó con mucha ironía, pero temeroso de que esos vientos no traspasen sus fronteras. Las palabras de Guaidó se sumaron a un debate abierto, en el que se repartieron culpas, acusaciones y disculpas.

"Lo de Bolivia fue sorprendente, inesperado y muy rápido. El factor clave es el pronunciamiento militar, que no es un golpe de Estado. No hubiera habido pronunciamiento si previamente no se daban los otros factores. Pero en Venezuela los militares venezolanos presienten que van a seguir el mismo destino que los dirigentes chavistas de dejar el poder, porque lo que han hecho aquí no tiene comparación. La gente está pasando hambre. La deuda a cobrar es mucho más alta", opinó el politólogo Luis Salamanca.

En Venezuela, el alto mando militar y sus 2000 generales forman parte de la elite, son los más beneficiados de la importación y distribución de productos básicos y factor fundamental en los contrabandos de oro y gasolina. En tanto, los oficiales que se han atrevido a levantar su voz ante el derrumbe del país pagan en calabozos y entre torturas, según el informe sobre derechos humanos de Michelle Bachelet.

Nicolás Maduro durante una conferencia en el Palacio Miraflores
Nicolás Maduro durante una conferencia en el Palacio Miraflores Crédito: Presidencia de Venezuela

"La explicación está en Cuba. La Habana ha logrado infiltrar y secuestrar a nuestras Fuerzas Armadas", dijo Julio Borges, que ejerce como canciller de Guaidó desde su exilio en Bogotá. Para él, lo ocurrido en Bolivia debe servir de "inspiración para liberar al país de Raúl Castro y Díaz-Canel".

Muy alejados de la realidad venezolana están también los motines policiales surgidos en Cochabamba. Oficiales y agentes reconocieron que sobreviven con sus salarios gracias a las "matracas" (extorsiones), al igual que buena parte de los funcionarios públicos con acceso a servicios necesarios para la población. Nada se espera de la Policía Nacional Bolivariana ni mucho menos de las Fuerzas Especiales (FAES), creadas por Maduro y definidas por la ONU como batallones de exterminio.

Los famosos paramilitares chavistas, más poderosos que las brigadas de choque del MAS que enfrentaron en las calles bolivianas a los opositores, realizan además tareas de amedrentamiento en manifestaciones y lugares públicos. La incorporación de disidentes de las FARC y del ELN en distintas zonas del país ha reforzado aún más el poder de fuego de la revolución.

"En Bolivia no pudo consolidarse el modelo de control criminal del poder que existe en Venezuela porque reaccionaron factores policiales y militares dispuestos a evitar una masacre", explicó a LA NACION Rocío San Miguel, presidenta de Control Ciudadano. "Evo necesitaba cinco años más para llegar al umbral de persecución y represión que existen en Cuba y Venezuela, el mismo tiempo con el que contó Maduro para el control total del poder", concluyó.

Más allá del crucial papel de los militares, el debate se instaló en el seno de la oposición entre partidarios y detractores de acudir a las urnas, de negociar o continuar la lucha en la calle. La comparación con Bolivia, en el último caso, es muy llamativa: durante las tres semanas de protesta en Bolivia mataron a tres opositores, cuando en Venezuela en 2017 perdieron la vida casi 150, la mayoría muy jóvenes. Después de varios años y oleadas de huelgas, pareciera que la emigración ha sustituido a la protesta.

Sobre la pelea electoral, "en Bolivia si la oposición no hubiera participado en la primera vuelta, no se habrían precipitado los eventos que están en desarrollo", enfatizó el analista John Magdaleno.

En contraposición, salieron a relucir todas las trabas de las elecciones en revolución: inhabilitación de candidatos, ilegalización de partidos, hegemonía comunicacional, uso indiscriminado de los fondos y herramientas de control del Estado. Elecciones sin observación internacional a las que solo acuden los "amigos" de la revolución, como la Unasur en 2013, cuando dictaminó la "limpieza" de unas elecciones que nunca lo fueron. O la Ceela en los comicios desde 2015, también invitados por Evo, pero intrascendentes llegada la hora definitiva.

"Solo participando en elecciones se puede reclamar fraude", insistió el profesor Fernando Mires, quien también valoró la relevancia de la comunidad internacional.

En el sector radical de la oposición, por el contrario, se valoró positivamente la negativa a negociar, sobre todo del líder cruceño Camacho, convertido para los más duros en el héroe de la sublevación. Una percepción parecida se tuvo en torno a Guaidó los primeros meses tras su irrupción.

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