¿Es factible la promesa de unidad tras unas elecciones así?

Dan Balz
Dan Balz MEDIO: The Washington Post
El presidente electo Joe Biden anoche en Delaware
El presidente electo Joe Biden anoche en Delaware Fuente: AFP
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8 de noviembre de 2020  • 03:40

WASHINGTON.- Hace tres décadas que el presidente electo, Joe Biden, busca llegar al Salón Oval, pero difícilmente haya podido imaginar los desafíos que heredaría al asumir el cargo. Para enfrentar lo que le espera deberá echar mano de todo lo aprendido en más de cuatro décadas en la función pública, y todavía más.

La agenda de asuntos a tratar es aplastante, desde la pandemia de coronavirus hasta una economía alicaída y desigual, pasando por la amenaza del cambio climático y los reclamos por un demorado reconocimiento de los problemas raciales y de justicia social. Esos son apenas los temas más urgentes que le esperan al flamante presidente electo, y sumados podrían consumir la mayor parte de su primer mandato.

Además de eso, las condiciones en que asumirá la presidencia pondrán a prueba su capacidad de liderazgo. Biden prometió unir al país, y la elección volvió a demostrar lo fracturado que está Estados Unidos. Durante la campaña, prometió restaurar la calma y la sensación de normalidad en la Casa Blanca, tras los cuatro años de divisionismo del presidente Donald Trump. También prometió dejar atrás casi todo lo que ahora heredará, tanto la profunda división en la población como la toxicidad en el cuerpo político.

Si llega a fracasar en busca de ese objetivo primordial, su presidencia podría terminar en desilusión y estancamiento. Si cumple con su promesa, su presidencia tal vez sea recordada como un periodo de restauración, y a su vez, una transformación. Biden se presentó como una figura de transición que pondría en primer plano a una nueva generación, pero en este momento sus ambiciones deberían ir mucho más allá de eso.

Los escépticos, incluidos algunos de sus rivales en las primarias demócratas, vieron sus ideas de unidad y bipartidismo como lucubraciones ingenuas de un político de épocas pasadas. Para Biden, eran una manifestación genuina de su persona y de la manera en que quiere gobernar. Pero lo que ha dejado expuesto la áspera campaña y los resultados electorales de un estado a otro es que Biden asumirá como el presidente de dos Estados Unidos, que están en las antípodas respecto de temas fundamentales.

Biden y muchos demócratas esperaban que la elección terminara siendo un repudio masivo al actual mandatario, el gran golpe que mostraría que Trump y el trumpismo eran una aberración, un desvío de cuatro años, y que el país luego volvería a encarrilarse. Pero las cosas no se dieron de esa manera. Trump no se bajó sin dar pelea, y Biden alcanzó la victoria con márgenes estrechos en muchos estados.

Biden proyectaba una victoria que reconstruiría la muralla demócrata del norte del país, que Trump había logrado franquear en 2016. Biden se quedó con Wisconsin, Michigan y el premio mayor, Pensilvania, que lo llevó a la Casa Blanca. Más meritorio aún, ganó en Arizona y sacó ventaja en Georgia. Las victorias en esos dos estados, si se confirma Georgia, representarían un avance del mapa electoral que tendría consecuencias significativas para el futuro.

Entre la docena de hombres y mujeres demócratas que aspiraron a la candidatura, Biden tal vez haya sido el único capaz de hacer lo que hizo, que fue mantener los estados clave en el bloque del norte, con poblaciones significativas de trabajadores blancos sin estudios universitarios, y expandirse hacia el sur y el sudoeste, donde los cambios demográficos están modificando la política.

Esa capacidad fue una de las razones por las que se convirtió en la opción de consenso en un partido desesperado por negarle a Trump un segundo mandato, a pesar de que muchos de los que lo apoyaban expresaban un tibio entusiasmo por su candidatura. Nada de eso desmerece su triunfo. Hizo lo que más querían los demócratas, que era terminar con la presidencia de Trump.

Obstáculos

Ahora, sin embargo, Biden enfrenta una serie de obstáculos que amenazan su capacidad para unir al país y en consecuencia gobernar exitosamente. Para empezar, está la disposición del hombre derrotado. El todavía presidente ha recibido la posibilidad de una derrota con obcecación y escepticismo, fogoneando a sus seguidores con un reguero de mentiras para hacerles creer que la elección fue robada. La batalla legal continuará, y el discurso de Trump apunta a dejar a Biden como un presidente ilegítimo para los ojos de la "Nación Trump", ya desde antes de su jura.

Los tuits y comentarios públicos de Trump durante esta semana permiten vislumbrar la que se viene. A menos que sufra un súbito y drástico cambio de temperamento, lo cual no parece probable, el 45° presidente de los Estados Unidos de América no seguirá el camino de sus predecesores, que aceptaron elegantemente la derrota y le dejaron libre el escenario a su sucesor.

Trump se muere por las cámaras y hace casi cinco años que tiene los reflectores del mundo apuntándole a él. Biden puede intentar ignorar a su rival vencido, o tratarlo como si fuese ruido de fondo, pero Trump seguirá hablando en nombre de esa importante porción del electorado que apoyó su reelección: un ejército de 70 millones de personas.

A medida que se acercaban las elecciones, Biden y muchos demócratas creyeron que las buenas chances que tenían en las presidenciales ayudarían también a que el partido alcanzara mayoría en el Senado, y que la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, arrancaría el nuevo periodo de sesiones con una mayoría aún más abultada en la Cámara baja.

Por el contrario, y sorpresivamente, los demócratas perdieron bancas en la Cámara baja, y sus esperanzas de controlar el Senado, tras una serie de decepcionantes derrotas, dependen de la posibilidad de ganar elecciones de desempate en enero en Georgia. La expectativa de Biden de contar con un Congreso controlado por los demócratas que le acelerara el trámite legislativo de sus prioridades ahora está en grave riesgo, y de no concretarse, le exigiría un reajuste de su estrategia de gobierno.

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Dan Balz

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