
Estremecedores relatos de dos argentinos
1 minuto de lectura'
El sismo los sacudió. Pero a diferencia de unos 4000 salvadoreños, la tierra no se los tragó. Claudio Gell, Gonzalo Pollitzer y otros 250 argentinos sobrevivieron al terremoto más destructivo de la historia de El Salvador.
"Las carpetas volaban; los muebles caminaban solos; los cajones se abrían y lo que había adentro bailaba.Era como estar en una coctelera", afirmó Claudio Gell, secretario de la embajada argentina en El Salvador en diálogo telefónico con La Nación .
Minutos despúes del sismo, Gell abandonó su oficina de la embajada. El diplomático se sorprendió al ver que sólo un puñado de árboles había caído y unas pocas nuevas grietas decoraban edificios y calles de San Salvador.
Cuando llegó a su casa, desde su ventana vio lo que esperaba ver tras un terremoto de 7.9 grados en la escala de Richter. Su custodio le contó "cómo la tierra se tragó las casas". Cómo en 45 segundos el terremoto cambió la fisonomía de Las Colinas, un barrio residencial de Santa Tecla, a 12 kilómetros de San Salvador. Con el sismo, un torrente de tierra abrió su surco en un cerro de la cordillera de El Bálsamo y devoró árboles, casas y autos del barrio. Y gente.
Al menos 1200 de los habitantes de Las Colinas están sepultados bajo un cerro de escombros. Con otros 2800 desaparecidos, podrían sumarse a la lista de 594 muertos provocados por el terremoto.
En su carrera, Gell no sólo tuvo varios destinos diplomáticos sino también experiencia en temblores y terremotos. Antes de llegar a El Salvador pasó por Los Angeles y Ciudad de México, dos de las ciudades del mundo expuestas a mayor actividad sísmica.
Ni la una ni la otra prepararon a Gell para la convulsión geológica que vivió el sábado en el "valle de las hamacas", sobrenombre que lleva la capital de un país que el sábado se hamacó demasiado. "(Los Angeles y México) juntas no fueron ni la mitad de lo que pasó aquí", afirmó.
A diferencia de Gell, Gonzalo Pollitzer tiene poca experiencia en temblores. El entrenador de optimist argentino había llegado el sábado a la mañana al lago Coatepeque, a 50 kilómetros de San Salvador, para promocionar el deporte náutico. A los diez minutos de arribar, desde Guatemala, hubo un "temblorcito". Pollitzer, de 18 años, estaba preparando su embarcación y no lo sintió. Sólo se dio cuenta cuando uno compañero comenzó a contarle; un grito lo interrumpió: "¡Otro y viene fuerte!"
"Todo empezó a sacudirse; montañas gigantes se movían; la arena saltaba y los muelles se derrumbaban", relató Pollitzer en diálogo telefónico con La Nación .
Cuando la tierra dejó de moverse, las aguas calmas del lago se enfurecieron, y "pequeños tsunamis" surgieron para terminar de destruir los muelles. A pesar de las escenas de pánico y los gritos de desorientación, ni Pollitzer ni sus compañeros sufrieron heridas. Esperaron a que las rutas estuvieran algo despejadas para volver a Guatemala.
Mientras Gell corroboraba que los 250 argentinos que viven El Salvador habían sobrevivido al sismo, Pollitzer emprendía su regreso en auto a Guatemala. Miles de salvadoreños se agolpaban en los costados de la ruta, temerosos de que otro sismo terminara de tumbar sus casas con ellos adentro. Pero el peor terremoto en su historia ya había pasado.



