Francisco: un mes de gestos en el camino del cambio
La llegada al trono de Pedro del arzobispo argentino Jorge Bergoglio, elegido el 13 de marzo, marcó un estilo nuevo, más cercano a la gente y lejos de la opulencia, y trajo una bocanada de aire fresco tanto a la Iglesia Católica como al Vaticano
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ROMA.- " ¡Tutti pazzi per Francesco! ", que podría traducirse como " todos enloquecidos por Francisco ". Así rezaba la pancarta que en la audiencia general del miércoles pasado llevaba un grupo de chicos de Volturara Irpinia, pueblo de 4000 almas de la provincia de Avellino, en el sur de Italia, y que bien podría sintetizar el balance de un mes de pontificado de Francisco, que se cumple hoy.
Todo el mundo coincide en que el primer papa argentino trajo un viento nuevo, una nueva primavera a la Iglesia Católica. Gestos que, como admiten todos los días cardenales y obispos, crearon un verdadero "efecto Bergoglio" .
Desde el habemus papam del 13 de marzo pasado, cuando un desconocido para el mundo Georgium Marium Bergoglio apareció desde el balcón central de la Basílica de San Pedro y saludó con un tímido "buona sera", el clima cambió.
Hay un boom de confesiones en Italia, donde Francisco conquistó la confianza del 84% de los italianos y hasta del 62% de los no católicos, según un sondeo, y en varios otros países, iglesias más llenas, clima de esperanza y un renovado fervor en el mismo Vaticano.
Gracias a Francisco –y para deleite del sector hotelero romano, golpeado por la crisis–, todos los domingos la Plaza San Pedro es invadida por miles de fieles (el domingo pasado, 100.000), atraídos por el "papa venido del fin del mundo".
En un mes, el papa Francisco gestó lo que podría terminar siendo una verdadera revolución. Si los católicos se sentían desorientados por la renuncia de Benedicto XVI y por ocho años de pontificado marcados por crisis, el escándalo de pedofilia en el clero, VatiLeaks, las intrigas, las pujas de poder en la curia romana, la falta de transparencia en el manejo del IOR (el Banco del Vaticano), ahora todo parece haber comenzado a cambiar.
Desde el momento en el que salió al balcón de la Basílica de San Pedro esa fría y lluviosa noche del 13 de marzo, Francisco hizo soplar un aire fresco.
El nuevo papa, el primer jesuita, el primer latinoamericano, salió sin muceta (la capa roja) y sin cruz pectoral dorada; llevaba, en cambio, la suya de siempre, de hierro. Y antes de bendecir a la multitud, se hizo bendecir por la plaza, gesto inédito que abrió, como él mismo explicó, un nuevo camino en el cual avanzan "juntos", el obispo y el pueblo.
En lo que aparece como una nueva etapa de renovación de la Iglesia Católica –en crisis, vocaciones en baja, sangría de fieles y manejada por un Vaticano encerrado en sí mismo, eurocéntrico–, Francisco insiste en llamarse a sí mismo obispo de Roma, más que Papa.
Esto alimentó la esperanza de un avance en el diálogo con otras iglesias cristianas, que no reconocen el primado del Pontífice.
Sin embargo, la decisión del ex arzobispo de Buenos Aires de llamarse Francisco, como el "poverello" de Asís, con el mensaje implícito que esto conlleva, quizás fue lo que más conquistó a los fieles.
"Soy ateo, pero este papa me conmueve y me ha hecho reflexionar", es una frase que se oye decir desde la elección de Francisco. Desde ese día, con palabras simples y entendibles para todo el mundo, el Pontífice no hace más que hablar de la misericordia, ternura y paciencia de un Dios que no condena, sino que perdona.
Coherente con el nombre elegido e incluso antes de haber exclamado, en una audiencia con periodistas, "cómo quisiera ver una Iglesia pobre y para los pobres", el Papa hizo una serie de gestos de austeridad, que, en un mundo en crisis, cautivaron a millones.

Rechazó la limusina oficial, el trono que lo colocaba en un escalón superior en las ceremonias y no quiso mudarse al apartamento pontificio del tercer piso del Palacio Apostólico, demasiado grande y opulento.
Gentil y sonriente, rechazó el discurso en latín que le habían preparado para su primera misa "por la Iglesia" en la Capilla Sixtina, al día siguiente de la elección. Entonces, sin texto preparado, aludió a la crisis que vive a la Iglesia. "Cuando caminamos sin cruz, cuando edificamos sin cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, pero no somos discípulos del Señor", dijo a los 114 cardenales, a quienes invitó a vivir "de manera irreprochable".
Al día siguiente de ser electo, volvió a pagar la cuenta del pensionado donde se había alojado, donde saludó, uno por uno, a la gente, inaugurando un nuevo estilo: el de un papa-párroco de pueblo. Un papa mucho más cercano a la gente, que besa y abraza a todo el mundo, a quien no le gusta que se arrodillen o le besen el anillo.
Es un estilo nuevo para un papa, pero es exactamente el mismo que él tenía como arzobispo de Buenos Aires, como pastor austero de perfil bajo, cercano a la gente. Justamente porque quiere mantener el contacto con la gente, decidió quedarse a vivir en la residencia de Santa Marta. Francisco, un papa que invita a la Iglesia a salir hacia la periferia, no quiere aislarse.
Repitiendo un ritual que tenía en Buenos Aires –en hospitales y cárceles, y ante mujeres de todos los credos–, el Jueves Santo se convirtió en el primer papa que lava los pies a dos mujeres y hasta a jóvenes musulmanes de la cárcel de menores de Casal del Marmo.
Con esto dejó perplejos a sectores tradicionalistas, que tampoco digieren su rechazo al departamento pontificio y a usar los mocasines rojos.
Durante este primer mes de pontificado, judíos y musulmanes le dieron la bienvenida a Francisco, que en sendas cartas y reuniones alentó a un mayor diálogo y acercamiento. Además, dejó en claro que seguirá la política de "tolerancia cero" de Benedicto XVI en la lucha contra la pedofilia en el clero.
En medio de un clima de gran expectativa en cuanto a los cambios que hará en la curia, que para muchos debe ser reformada, sorprendió al designar, hace una semana, al superior de los franciscanos como segundo del dicasterio que supervisa las órdenes religiosas. Se cree que ya leyó el famoso informe secreto sobre el VatiLeaks, que le dejó Benedicto XVI.
Pero quienes lo conocen saben que, como buen jesuita, Francisco hará las cosas con prudencia y se tomará su tiempo. "Yo no conozco la interna de acá, pero todo el mundo habla de eso", admitió a LA NACION el arzobispo designado de Buenos Aires, Mario Aurelio Poli, que estuvo los últimos días con Francisco. "El es muy cauto, es un hombre de mucho discernimiento, no es apresurado, sabe esperar también. Y, en este sentido, a mí no me consta que sea su preocupación en este momento."
Cambios en la estructura de la curia
El Papa analiza cómo reformar la conducción de la Iglesia
- El papa Francisco inició ayer su ronda de visitas por los ministerios de la curia romana, comenzando por la Secretaría de Estado, precisamente en momentos en que analiza un proyecto de reforma de la cúpula de la Iglesia que no sería inmediata, pero que revolucionaría el enfoque interno del funcionamiento del gobierno del Vaticano.
- Más que nombres para futuros cargos, el Papa estaría evaluando qué forma darle a la arquitectura de la curia. La hipótesis que tomó cuerpo en estos últimos días es la de modificar en sentido colegiado la propia Secretaría de Estado, con el objetivo de disminuir el papel del secretario de Estado (hoy Tarcisio Bertone) como primer colaborador del Papa. Según trascendió, Francisco se inclinaría por una estructura subdividida en tres secciones, bajo su estrecha dependencia: crecería así el papel del Papa, que se vería más involucrado en los asuntos de gobierno. Lejos, sin embargo, de visiones "absolutistas", el Papa habría previsto también un contrapeso a las funciones del máximo ministerio de la curia.
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