Gran Bretaña vive otro terremoto político: por qué ningún primer ministro logra afianzarse en el poder
En la última década los primeros ministros han durado en el poder un promedio de 2,5 años; una serie de crisis erosionaron la confianza en los líderes
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PARÍS.– Gran Bretaña suele citarse como uno de los países con mayor estabilidad política, gracias a su monarquía constitucional y a su antiguo sistema parlamentario. Sin embargo, cuando el cargo de primer ministro británico parece ser cada vez más precario, se podría decir que esta nueva costumbre no es… tan nueva.
Baste con mencionar la suerte corrida por Sir Winston Churchill quien, a pesar del prestigio ganado en la Segunda Guerra Mundial, perdió de forma inesperada las elecciones legislativas de 1945. En la actualidad, ese fenómeno no cesa de profundizarse.
Desde 2016, Gran Bretaña ha tenido seis primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y, actualmente, Keir Starmer, desde julio de 2024. Esto supone una duración de menos de dos años por mandato. Y, como la excepción confirma la regla, esa inestabilidad contrasta con dos periodos anteriores, en los que figuras como Margaret Thatcher (1979-1990) o Tony Blair (1997-2007) marcaron la historia por su longevidad.

Esta semana representó un auténtico terremoto político para el actual jefe del gobierno británico quien, después de obtener unos resultados catastróficos en las elecciones locales, sumados a una serie de traspiés en esos casi dos años de mandato, se enfrenta con una rebelión de un centenar de diputados de su propio partido laborista, que hacen tambalear su decisión inicial de no renunciar.
Starmer, sin embargo, obtuvo una mayoría aplastante de votos en las elecciones generales de 2024, cuando los electores decidieron poner punto final a 14 años de gobierno conservador.
Pero no solo eso. Cuando se mira de cerca el desempeño de su gobierno, los resultados –comparados con el resto de Europa– no dan motivos para ruborizarse: la economía británica superó las expectativas creciendo en marzo a pesar de la guerra en Irán. El desempleo bajó del 5,1% al 4,9%. Las listas de espera en los hospitales están disminuyendo. Y, por fin, se están logrando avances en la restauración de los vínculos con Europa.
Factores
Entonces, ¿qué factores explican esa rápida rotación al frente del gobierno británico? “Entre crisis políticas, divisiones internas en los partidos, la presión mediática y los desafíos económicos, diversos elementos permiten arrojar luz sobre este fenómeno”, indica Samantha de Bendern, investigadora en el Real Instituto de Relaciones Internacionales.

El Brexit fue, en efecto, un terremoto político con repercusiones duraderas. El referéndum de 2016 sobre la salida de la Unión Europea marcó un punto de inflexión en la vida política británica. David Cameron, quien convocó la votación, dimitió al día siguiente de los resultados, dejando al país dividido y a su formación, el Partido Conservador, sumido en una crisis existencial.
Lo siguió Theresa May (2016-2019), que heredó una misión imposible: negociar un acuerdo de salida que fuera aceptable tanto para los partidarios del Brexit como para los proeuropeos. Su incapacidad para lograr que el Parlamento aprobara su acuerdo, a pesar de tres intentos, provocó su caída.
Johnson, pandemia y partygate
Después asumió Boris Johnson (2019-2022), uno de los grandes responsables de ese Brexit, que consiguió que se aprobara un acuerdo. El problema fue que el mandato del extravagante premier estuvo marcado por algunos escándalos –como el “partygate”– en plena pandemia de Covid-19 y, por ende, una pérdida de confianza dentro de su propio partido.
A Johnson sucedió la ultraconservadora Liz Truss (2022) que solo duró 49 días. Un récord de brevedad después de que su programa económico (el “mini-presupuesto”) provocara una crisis financiera y la caída brutal de la libra esterlina.

Pero el Brexit no solo polarizó la clase política, dificultando la gobernanza y fragilizando las mayorías parlamentarias. También provocó una perdurable fractura social. Porque el Reino Unido sigue profundamente dividido entre los defensores de un Brexit duro (salida completa de la UE, sin concesiones), los moderados (favorables a un acuerdo cercano a la UE), y los “remainers” (aquellos que querían permanecer en la UE), entre los que se cuenta el actual primer ministro.
Esa división se refleja incluso en el seno de los propios partidos, especialmente en el conservador, donde las tensiones entre euroescépticos y europeístas han socavado la cohesión.
En todo caso, el “Bregret” (por “regret” en inglés, el arrepentimiento por el Brexit) es cada vez más fuerte. Cuando hace diez años, en el referéndum, los ciudadanos se pronunciaron a favor de la salida de su país de la Unión Europea (UE) con un 51,9%, ahora el 53% de los votantes ingleses desearía que el Reino Unido se reintegrara al bloque, según un estudio realizado por la campaña proeuropea británica Best for Britain entre el 8 y el 10 de marzo pasado.
El segundo motivo de esa rotación vertiginosa en la cúpula del poder británico reside en la crisis de los partidos políticos, y especialmente del Partido Conservador que, desde 2016, se encuentra sumido en luchas internas entre tradicionalistas (partidarios de un Estado mínimo y de una política económica liberal), populistas (inspirados en el discurso antiélites de Nigel Farage y del UKIP) y moderados (de tendencia más centrista, como Rishi Sunak).
Estas divisiones provocaron continuas mociones de censura contra los líderes (por ejemplo, contra Theresa May en 2018, Boris Johnson en 2022), cambios frecuentes de liderazgo, a menudo bajo la presión de los diputados o de los miembros del partido, y naturalmente una pérdida de confianza por parte de los votantes, como demuestran las recientes derrotas electorales.
Muchos también apuntan un dedo acusador al papel de los medios de comunicación y de una opinión pública cada vez más imprevisible. Es verdad que la prensa británica, sobre todo los tabloides (The Sun o el Daily Mail) desempeña un papel clave en la desestabilización política, aunque este fenómeno no sea exclusivo del Reino Unido.
Por otra parte, mientras los sondeos influyen en las decisiones internas, convirtiendo a un primer ministro impopular en blanco fácil para su propio bando, las redes sociales amplifican la polarización, lo que dificulta la obtención de consensos políticos.
Finalmente, el Reino Unido se ha visto sumido en crisis económicas recurrentes.
La crisis financiera de 2008 (legado de Gordon Brown), la austeridad (2010-2019) bajo los mandatos de Cameron y May, que alimentó el descontento social, la pandemia de Covid-19 (2020-2022), con un gasto masivo y controversias sobre la gestión sanitaria, la inflación y la crisis del costo de la vida (2022-2024), agravadas por la guerra en Ucrania y políticas económicas polémicas (como el “mini-presupuesto” de Liz Truss).
Esas crisis lograron erosionar la confianza en los líderes, a quienes se los responsabiliza de las dificultades económicas provocadas por un mundo cada vez más interconectado, sin contar con unas expectativas ciudadanas cada vez más altas.
Los británicos, como la mayoría de los electores de los países occidentales, exigen resultados rápidos en materia de salud (con un sistema de atención pública en crisis, con listas de espera récord); de vivienda, un sector marcado por la escasez y los precios exorbitantes; de clima, con presiones para implementar políticas medioambientales ambiciosas y, sobre todo, en materia de inmigración.
La inquietud número uno
Según una encuesta de YouGov realizada a finales de marzo, el 29% de los británicos considera que la inmigración es el problema más importante para su región, por delante de la delincuencia (18%), los impuestos locales (13%) o el desempleo (8%).
El número total de inmigrantes en Gran Bretaña aumentó 75% entre el referéndum del Brexit, en junio de 2016, y el pico alcanzado en la primavera de 2023. Por su parte, las solicitudes de asilo se han cuadruplicado, superando las 100.000 el año pasado.
“Cuando estas expectativas no se cumplen, la indignación popular se vuelca contra el gobierno, como ocurrió con las huelgas masivas de 2022-2023 y, sin ninguna duda, con las elecciones locales de este mes”, señala el politólogo y periodista inglés Philip Turtle.
Aún quedan dos elementos más que representan una amenaza para la estabilidad del ejecutivo. La primera es el papel de las instituciones. Gran Bretaña tiene un Parlamento soberano, pero impredecible. El primer ministro depende de la confianza de la Cámara de los Comunes.
A diferencia de los sistemas presidencialistas (como la Quinta República francesa), no existe un mandato fijo: un primer ministro puede ser destituido en cualquier momento mediante una moción de censura o una falta de confianza interna (los diputados conservadores, por ejemplo, pueden convocar un voto de confianza contra su propio líder).
La segunda es la ausencia de coaliciones estables. Desde 2010, Gran Bretaña ha experimentado gobiernos minoritarios, como el de Theresa May en 2017, tras unas elecciones anticipadas fallidas; coaliciones frágiles (David Cameron con los LiberalDemócratas entre 2010 y 2015), o mayorías ajustadas, como la de Boris Johnson en 2019 con una mayoría de 80 escaños, pero divididos por el Brexit.
“Esta inestabilidad parlamentaria hace que la gobernanza sea más difícil y arriesgada”, señala Turtle. Pero, ¿acaso Gran Bretaña es un caso excepcional?

“El Reino Unido se asemeja a Italia en términos de inestabilidad, aunque por causas distintas. Es decir, la crisis del Brexit frente a la fragmentación política en Italia”, dice Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Robert Schuman.
Comparando, el Reino Unido es una monarquía parlamentaria en la cual, desde 2016, sus primeros ministros han durado unos 2,5 años. República semipresidencial, en Francia, el jefe de Estado goza de un mandato fijo de 5 años –aunque sus primeros ministros están sometidos a la censura del Parlamento o a una disolución decidida por el presidente–; en la república parlamentaria de Alemania la permanencia de los primeros ministros depende de los resultados de las elecciones legislativas cada cuatro años, Pero, en promedio, suelen permanecer hasta ocho años.
En Italia, el promedio de ejercicio de un premier en la república parlamentaria es de 1,5 años. Por fin, en Estados Unidos, el régimen presidencialista fija un mandato de cuatro años, renovables, a quien ejerce el poder.
Para muchos, si bien la actual inestabilidad puede parecer democrática –ya que los líderes rinden cuentas rápidamente–, también plantea dudas sobre la eficacia de la gobernanza a largo plazo. Son también numerosos los especialistas para quienes, sin reformas estructurales, Gran Bretaña corre el riesgo de seguir viendo desfilar primeros ministros, en detrimento de la estabilidad que el país necesita para afrontar los desafíos del siglo XXI.
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