Hillary Clinton: una luchadora que nunca terminó de conquistar
Hillary y su marido, el ex presidente Bill Clinton, ayer, tras votar en Nueva York
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NUEVA YORK.- Hillary Rodham Clinton tiene un atributo que incluso Donald Trump , el hombre que la atacó sin piedad ni descanso durante toda la campaña, llegó a ponderar: es una luchadora; no renuncia.
Ese rasgo, reconocido por amigos y enemigos, fue el motor que la llevó a trazar una trayectoria política sin parangón y salir en busca de la historia: tras haber sido primera dama, senadora y secretaria de Estado, Clinton quiso transformar en realidad dos palabras que nunca se escucharon en los 240 años de vida de la democracia de Estados Unidos: "Señora presidenta".
A los escollos y desafíos de la política, y de la política presidencial de Estados Unidos, Clinton debió sumarles la doble vara que suele caerles a las mujeres. Y en un año signado por el malhumor de los norteamericanos con el establishment de Washington, su segundo hogar, buscó esquivar escándalos de su pasado y su presente -un talento "clintoniano" que, para muchos, es pura impunidad- y sus propias limitaciones como candidata. Hillary no tiene el talento natural de Bill Clinton o de Barack Obama. Ella misma lo reconoció. Obsesiva con los detalles, se sentía más cómoda diseñando o ejecutando políticas que en campaña. Por momentos, al hablar en público, parecía fría, calculadora, acartonada y muy guionada. Su gente insistió en pintarla de otra manera: cálida, graciosa, espontánea y sensible como nadie cuando está cara a cara con alguien. Clinton ha sido una funcionaria popular y una candidata impopular. Esas dos Hillary Clinton han signado su carrera y su campaña presidencial.
Sus seguidores la defendieron contra todo y todos. Cada traspié, cada error, cada escándalo y cada crítica palidecen ante sus pergaminos. Culparon a los republicanos, a la derecha, al machismo o a la prensa. Para ellos, nunca un candidato a la Casa Blanca había tenido tanta capacidad, una devota servidora pública que trabajó toda su vida por los niños y las familias, la educación, la salud y los derechos de las mujeres. Una estadista. Punto.
Muchos norteamericanos la odiaron. Los simpatizantes de Trump la bautizaron "Killary", y cada vez que escucharon su nombre en un acto gritaron: "¡Métanla presa! ¡Métanla presa!". La llamaron corrupta, criminal y asesina, y machacaron, una y otra vez, con las infidelidades de Bill Clinton, el atentado en Benghazi, las donaciones de la Fundación Clinton, los cientos de miles de dólares que cobró por un puñado de discursos en Wall Street o el uso de su correo electrónico privado cuando era canciller de Obama.
Su historia, como la de su marido, o la de Obama, es una "historia americana".
Nacida y criada en una familia de clase media de Chicago, ascendió a lo más alto de la elite del país. En Yale, conoció a Bill Clinton. Ella lo encaró a él y juntos formaron la pareja política más poderosa del mundo. A los 26 años, Hillary tomó una decisión definitoria: dejó su vida en Washington, donde ya se había involucrado en política, y se mudó a Arkansas para estar con su novio. La dueña de la casa donde vivía, Sarah Ehrman, la llevó en su Buick para intentar convencerla de que no lo hiciera, pero no hubo caso. Fue en 1974, el inicio de todo.
Después de una vida bajo la mirada de la opinión pública, Clinton midió hasta el más mínimo movimiento de la campaña más importante de su vida. Al final, se soltó. En Filadelfia, ya en el cierre, acompañada por su familia y los Obama, confiada y relajada, dio uno de sus mejores discursos ante unas 33.000 personas, la mayor multitud que reunió en toda la campaña.
Clinton lamentó el tono furioso de la campaña, llamó a la unidad, prometió ser presidenta para todos los norteamericanos y convocó a todos a construir un país "esperanzado, inclusivo, de gran corazón".
"Creo que todos tenemos un papel en la construcción de un Estados Unidos más justo, mejor y más fuerte", dijo. Su gente la aplaudió como nunca.
Unos minutos antes, Jon Bon Jovi, uno de los artistas que la acompañaron en el final, había leído una carta de un hombre llamado Dan. El motivo: Dan era republicano y votó por Clinton. "Voté por un candidato con defectos y moretones, triunfos y derrotas, y una sabiduría acumulada, ganada durante una vida en la arena", escribió Dan, según leyó el cantante. Su carta cerró con uno de los mantras de la campaña de Clinton, que resume la voluntad de la coalición que intentó llevarla a lo más alto de la política: "Estoy con ella".
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