Hu Jintao, el misterioso y discreto sucesor del presidente Jiang Zemin
Poco se sabe del futuro gobernante chino, salvo que trepó los peldaños del poder en forma asombrosamente rápida
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Hu Jintao, el hombre que, según todos los pronósticos, será nombrado hoy presidente del país más poblado del mundo, es un excelente bailarín.
Este es el dato más conocido en China sobre el político que, hasta hace tres años, casi nadie había visto por televisión ni escuchado por radio, según la revista Time. Y aunque se dice que tiene una memoria fotográfica y una cultura prodigiosa -recientemente impresionó al presidente francés Jacques Chirac con una sorpresiva disertación sobre la economía de Japón- raramente las despliega en público.
Pero gracias a su bajo perfil y absteniéndose de hacer declaraciones controvertidas, este hombre discreto y políticamente correcto adquirió un poder inusitado en la burocrática nomenklatura del Partido Comunista Chino. De hecho, ninguno de sus miembros escaló a puestos tan altos en forma tan rápida como lo hizo Hu, que además batió récords por ser el dirigente más joven en prácticamente todos los puestos que ocupó.
El líder de la llamada "cuarta generación" nació en Shanghai hace 60 años, en el seno de una familia de comerciantes venida a menos. Se crió en la empobrecida provincia de Anhui y, en 1959, entró en la prestigiosa Universidad de Qinghua, la mayor cantera de políticos chinos.
Allí no sólo sobresalió como un alumno brillante en ingeniería hidroeléctrica, sino que también entró en las filas de la Liga Juvenil Comunista (LJC) y se destacó como un entusiasta organizador de bailes estudiantiles. En Qinghua, además, Hu conoció a su mujer, Lui Yongqing, con quien tiene un hijo y una hija.
Ya en 1968, en plena Revolución Cultural, el joven intelectual fue enviado a la remota provincia de Gansu, donde fue "reeducado" como albañil antes de ser ascendido a secretario de la LJC, puesto que volvió a ocupar más de una década después en Guizhou, otra paupérrima región del oeste.
Una de las mayores pruebas de fuego en la carrera política de este tecnócrata de rostro acerado, pelo engominado y elegantes trajes oscuros -fue Jiang Zemin el que erradicó la vestimenta tipo Mao- sobrevino en marzo de 1989, siendo secretario del PCC en el Tíbet. Pese a haberse convertido en el primer civil en asumir la jefatura de la conflictiva región, a Hu no le tembló el pulso cuando, por esa fecha, ordenó el uso de la fuerza para sofocar una revuelta pro independentista en Lhasa que dejó 40 muertos y puso punto final a una década de apertura política.
Aduciendo marearse con la altura, Hu pasó los últimos años como secretario del Tíbet en Pekín, donde Deng Xiaoping, el entonces hombre fuerte de China y arquitecto de la reforma, encontró en él la encarnación del futuro líder del país: políticamente duro, económicamente abierto, preparado y, sobre todo, un patriota.
"Este carácter nacionalista es especialmente importante para la dirigencia china ya que llena el vacío ideológico que dejaron 20 años de reforma económica", dijo a LA NACION el sinólogo Jorge Malena, profesor de Estudios Orientales en las Universidades del Salvador y Belgrano.
Fue Deng Xiaoping, precisamente, quien en 1992 le abrió a Hu las puertas del Comité Permanente del Politburó. El exclusivo órgano que dicta las normas del partido fue el trampolín que, en 1998, catapultó a este amante de la ópera y el ping pong a la vicepresidencia del país.
No obstante, Hu seguía siendo prácticamente un desconocido, incluso en su país, hasta que las bombas de la OTAN destruyeron la embajada china en Belgrado en 1999. En esa ocasión, y en una sorpresiva aparición televisiva,el vicepresidente autorizó a la población a manifestarse frente a las sedes diplomáticas de los Estados Unidos y Gran Bretaña en Pekín.
Especulación
Desde su confirmación como delfín de Jiang Zemin, los analistas no han hecho más que especular sobre su ideología y la orientación que seguiría una vez que se consagre definitivamente como jefe de Estado.
Algunos lo tildan de liberal y citan como ejemplo su abierto deseo de reformar la administración pública, además de su tendencia a enviar funcionarios a cursos de management en Harvard. Otros, por el contrario, sostienen que este político comedido y falto de carisma es un ortodoxo sin iniciativa propia, que sólo obedece órdenes de sus superiores y hace relucir sus credenciales de mano dura como único crédito.
Pero lo cierto es que esta ambigüedad ideológica le ganó a Hu el respeto de reformistas y conservadores por igual, y fue otra de las claves de su rápido ascenso político. Y pese a las discrepancias que despierta, los analistas coinciden en por lo menos un punto: cualquier apertura política en China, por más mínima, será lenta y gradual.
"Para que del rojo se pase al rosa, deberán haber por lo menos cuatro o cinco cambios generacionales más", afirma Malena.
Por ahora, tal vez, a los chinos les bastaría con que su futuro presidente gobierne con tanta destreza y armonía como cuando baila el foxtrot.




