
Inquietante y silenciosa, avanza una "guerra santa"
Por Mario Diament
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MIAMI.- Bill McKinney, el padre de Aaron McKinney, uno de los dos acusados de torturar y asesinar a Matthew Shepard, el estudiante gay de la Universidad de Wyoming, declaró durante un reportaje que si la víctima hubiera sido heterosexual, el episodio nunca habría alcanzado la atención de la prensa nacional. "Todo fue desplegado de una manera desproporcionada", se lamentó.
Probablemente el señor McKinney esté en lo cierto, sólo que si Matthew Shepard no hubiera sido homosexual, es casi seguro que aún estaría con vida. Su condición no fue un ingrediente marginal en el brutal ataque del que fue objeto en la tarde del 7 del actual, cuando fue abordado por dos jóvenes en un bar de Laramie, robado y luego golpeado, quemado y abandonado atado a un alambrado por 18 horas, como un espantapájaros. Su condición fue la razón fundamental de la salvaje agresión.
Lejos de configurar un hecho aislado, el episodio forma parte de una inquietante estadística. De los 8750 crímenes instigados por alguna forma de odio grupal registrados en los Estados Unidos en 1996, el 11,6%, según el FBI, ha sido motivado por la homofobia.
La guerra del milenio
Una guerra silenciosa está teniendo lugar en el interior de la sociedad norteamericana y, aunque desprovista de estridencias, sus efectos son claramente perceptibles tanto en Laramie como en la Casa Blanca.
Es una guerra santa que enfrenta genéricamente a conservadores y liberales, pero que en los hechos va más allá de los perímetros partidistas.
Disfrazada bajo rótulos como "pro familia" o "pro vida" (como si los oponentes estuvieran abogando en favor de la desintegración familiar y la muerte), ha abierto una profunda brecha en la nación que parece ahondarse a medida que se acerca el fin del milenio.
La disputa se centra esencialmente en el papel de la homosexualidad y el aborto en la sociedad norteamericana, dos temas en los que las posiciones se tornan tan incendiarias como irreductibles y que han causado ya numerosos episodios de violencia y muerte. Ambos son también, comprensiblemente, factores de poderosa gravitación política, tanto en las contiendas electorales como en las posiciones que se asumen en el Congreso.
Caza de brujas
La víctima más prominente de esta guerra ha sido el propio presidente Clinton. Fue su decisión de abolir las restricciones al ingreso de homosexuales en las fuerzas armadas, así como su postura en favor del derecho al aborto, lo que le ha ganado el implacable rencor de los círculos ultraconservadores, un rencor que eventualmente llevaría a algunos de estos grupos a financiar la demanda de Paula Jones, la que a su turno sirvió para detonar el escándalo de Monica Lewinsky.
En una columna publicada el jueves último en The New York Times, el dramaturgo Arthur Miller compara la caza de brujas suscitada en la ciudad de Salem, Massachusetts, en 1692 (tema de una de sus obras más conocidas), con algunas de las reacciones originadas por las aventuras extramaritales de Clinton.
"El tono de férrea vituperación, de odio que revuelve las entrañas, trae reminiscencias de la furia de los sacerdotes de Salem bramando detrás del diablo, como si clavasen los tacos en su rostro", escribe Miller. "Aunque nunca hubo brujas y hay ciertamente un Bill Clinton, las emociones subyacentes no son tan diferentes. El deseo evidente es el de acabar con la existencia del demonio."
Mensajeros del Apocalipsis
Todos los días, miles de predicadores en toda la nación arremeten desde sus púlpitos o desde la televisión contra las múltiples manifestaciones del demonio (a esta altura, una variedad más nutrida que los turistas) e instigan a su feligresía a exorcizar a aquellos que defienden el derecho al aborto y pregonan la tolerancia de la diversidad sexual, adelantados del inexorable Apocalipsis.
Como denunció Beatrice Dohrn, una activista de la organización gay Lambda, "el horrible sufrimiento y muerte de Matthew Shepard no puede desecharse simplemente como una falta cometida por individuos aislados y trastornados; sus agresores se cuentan entre los millones de norteamericanos que escuchan constantemente el mensaje de que la gente gay no merece el más elemental tratamiento igualitario".
En las últimas dos décadas, 21 Estados y el distrito de Columbia han aprobado leyes que penalizan los crímenes cometidos por motivos raciales, religiosos, étnicos, de origen nacional o preferencia sexual. Otros 19 Estados tiene una legislación similar, pero que no incluye la orientación sexual. Diez Estados, incluyendo Wyoming, donde el tuvo lugar el crimen de Matthew Shepard, carecen de este tipo de distinción legal.
Pero la mera legislación, por dura que sea, difícilmente alcance para terminar con la caza de brujas. Los verdaderos demonios que deben ser exorcizados son los que anidan en el corazón de aquellos que se creen imbuidos de la autoridad moral para imponer sobre los demás sus valores y su estilo de vida.






