La comunidad siria en la Argentina teme una intervención extranjera

Creen que una misión externa puede ser una salida más dolorosa; también preocupa el islamismo
Creen que una misión externa puede ser una salida más dolorosa; también preocupa el islamismo
Julieta Cuneo
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14 de febrero de 2012  

"Vivimos el conflicto con preocupación: somos nietos e hijos de sirios, tenemos amigos y familia allá, y no podemos evitar sentir dolor por lo que está pasando."

Así expresa Daniel Hosain, el presidente de la Asociación Pan Alauita Islámica de Beneficencia, los sentimientos de la comunidad siria en la Argentina respecto del conflicto que, desde hace casi un año, se vive en la tierra de sus antepasados.

Los sirio-libaneses, el tercer grupo inmigratorio del país después de los italianos y los españoles, representan casi el 10% de la población total de la Argentina, con más de 3,5 millones de personas. Son ya tercera o cuarta generación de descendientes, pero mantienen los lazos con su patria de origen a través de múltiples fundaciones, organismos y entidades que los agrupan.

A pesar de tener una postura en general alineada con el pensamiento oficial, la mayoría coincide en que es difícil juzgar desde tan lejos. "Hay que tener mucho cuidado al opinar; es importante remarcar que nosotros somos argentinos criados con mentalidad occidental y, más allá del contacto que mantenemos, la realidad en Siria o en Medio Oriente en general es algo que nos excede", advierte Hosain.

Más allá de los recaudos, a la hora de enumerar los posibles escenarios todos coinciden en que mientras se mantenga el conflicto seguirá habiendo dolor, pero advierten que una intervención extranjera sería una salida igualmente dolorosa.

"Lo que vaya a pasar depende del pueblo sirio y de que haya algún cambio mundial. El escenario más negativo que puede haber es que siga muriendo mucha más gente inocente. Para mí es una segunda patria, y no quisiera ver destruido el país en el que nacieron mis abuelos, donde hay una rica cultura milenaria", dice Laila Zay Abbas, nieta de sirios, que visitó el país de sus abuelos en 2010.

"Yo no quiero una Siria dividida, ni ocupada, ni intervenida: no quiero una Siria similar a Irak", dice a LA NACION el jeque Mohsen Alí, director de la Casa para la difusión del islam en la Argentina y una de las máximas autoridades islámicas en el país.

"Hay reclamos del pueblo que son justos y deben ser atendidos urgentemente, pero no hay que comprar tan fácilmente la idea de un pueblo sirio sometido que quiere sacudirse de encima la tiranía. Siria tiene su propia idiosincrasia y debe ser respetada", agrega.

Los representantes diplomáticos de Siria en la Argentina coinciden en que la preocupación en general es grande, pero aseguran que es importante distinguir que los enfrentamientos, que según la ONU han dejado hasta ahora casi 6000 muertos, no ocurren en todo el país.

"Los combates están ocurriendo en lugares específicos y delimitados, donde el gobierno sí está interviniendo para controlar la situación", explica a LA NACION el cónsul de la República Arabe Siria en Buenos Aires, Adnan Asaad.

"En las ciudades donde no hay terroristas que estén provocando disturbios, la vida sigue normalmente -agrega-. Mis hijos están bien, mis seres queridos están bien. La vida sigue adelante normalmente en muchos lugares: si esto no fuese así, yo no estaría tan tranquilo."

El cónsul admite, además, que "no se puede negar que en un principio la gente salió a la calle y hubo movimientos populares para reclamar reformas", y aclara que "esas reformas están siendo atendidas", pero advierte que, una vez reconocidos los reclamos iniciales del pueblo, "llegó el turno de los extremistas".

Punto sensible

Con el de los extremistas -que todas las fuentes consultadas coinciden en calificar como facciones de fundamentalistas islámicos-, Asaad toca un punto sensible, que es fuente de enojo y temor tanto para los nativos como para los descendientes.

Es que uno de los mayores miedos de la comunidad es que, en medio del conflicto, termine por perderse lo que ellos señalan como uno de los grandes valores de Siria: su característica de Estado laico.

"En Siria hay representaciones de todas las religiones y todas conviven armónicamente, lo cual es un gran orgullo para nosotros. El conflicto está muy lejos de involucrar cuestiones interreligiosas", explica Alí.

Ahora, sin embargo, existe el miedo latente de que una de las consecuencias del conflicto sea que esa paz interreligiosa, una excepción en el marco de los países de Medio Oriente, se pierda para siempre.

"Hoy en día hay lugares en los que la gente de mi rama religiosa -los alauitas, una rama minoritaria del islam, a la que pertenece el presidente Bashar al-Assad- tiene miedo. A mis familiares se les han muerto seres queridos, los han asesinado sólo por ser alauitas", dice Abbas.

El otro gran temor es que el eventual avance de una intervención extranjera termine por generar un efecto opuesto al que se busca lograr. "Es cierto que la gente quiere reformas, y va a haberlas, pero se tienen que hacer en forma pacífica y respetando la voluntad del pueblo y el derecho de autodeterminación nacional", reflexiona el cónsul.

"En lo personal, espero que prime la cordura y que se tenga respeto por la voluntad y el deseo del pueblo, y que se preserven la seguridad e integridad. Creo que finalmente debe suceder lo que el pueblo decida que tiene que suceder, y no lo que alguien de afuera diga que tiene que pasar", concluye Hosain.

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