La guerra en el nombre de Dios
Por Narciso Binayán Carmona
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"La Biblia es la palabra de Dios y les solicito que la leáis", hizo escribir el presidente norteamericano Woodrow Wilson en el ejemplar de las Sagradas Escrituras que se entregó a cada soldado que partía a combatir en la Primera Guerra Mundial.
Ahora, en 2003, cuando la guerra en Irak está por comenzar, si Pedro el Ermitaño, Bohemundo, Tancredo y Godofredo de Bouillon, los jefes de la Primera Cruzada hace 900 años, viajaran a través del tiempo, no se sentirían totalmente extraños. Los gritos de "¡Dios los quiere!", por parte de los cristianos, y de "¡Dios es el más grande!" (¡Allahu Akbar!) de los musulmanes resuenan casi como en aquellos días. No sólo por la ya famosa definición de George W. Bush de su campaña contra Ben Laden como "cruzada" -luego corregida, pero con el mismo efecto- como por las palabras del que parece considerar el peor paladín del "eje del mal", Saddam Hussein.
Durante muchos años, el régimen de Irak debió soportar los fuertes ataques del de Irán, por el carácter laico del Partido Socialista Arabe Baath, desde que abandonó la estructura tradicional de un Estado musulmán fundado en el Corán y en la Sharia (tradición). Ya en plena guerra con Irán, Saddam comenzó a hacer uso del famoso "¡Allahu Akbar!" y, prescindiendo de otras cosas y declaraciones y de su discutida pretensión de descender de Mahoma, ahora lo confirmó en su mensaje del 1° de Moharram de 1424, el martes último, al comenzar el año nuevo musulmán.
Abrió su discurso con el clásico: "En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Señor, no permitas que nos desviemos de tu guía. Dios habla la verdad. Sinceros creyentes en nuestra nación y dondequiera en la tierra." Luego, evocó los comienzos de la predicación de Mahoma, su aceptación por tribus de Medina, su Hégira desde la Meca y lo comparó con la situación presente. "El déspota, como está representado en esta época, imagina que puede esclavizar al pueblo, forzar su voluntad, su legítima libertad. Fueron realmente liberados por Dios que a través de los profetas los ha hecho esclavos ante El y nadie más. Lo que esperáis de Dios en premios a los creyentes es la victoria sobre el enemigo.Y en este día, en el advenimiento de un nuevo año, todos los creyentes serán victoriosos con la ayuda de Dios sobre el déspota y sus seguidores".
Y terminó: "¡Dios es el más grande! ¡No hay más Dios que Dios!" Por cierto que son palabras muy respetables, pero curiosas en el líder de un régimen laico. Por lo demás, si bien Mahoma está naturalmente mencionado, no lo está en exceso. Por ejemplo, no aparece en ninguna parte del texto, al menos en la versión en inglés dada por la agencia Iraqi News, la profesión de fe completa: "No hay más Dios que Dios y Mahoma es su profeta". Quizá se intentó hacerla más amplia para no ofender la sensibilidad de los cristianos iraquíes que son incidentalmente casi todos asirios (incluyendo a los católicos que, al reconocer al papa se pusieron, vaya a saber por qué, caldeos).
Desde el otro bando
Se hizo así eco de lo que, desde el otro bando, decía Bush desde un país que nominalmente no tiene religión oficial: "El amor de Dios sobre la vida y la historia. Quiera El guiarnos ahora". Como lo citó Newsweek en un número reciente: "Si el pueblo quiere conocerme debe saber lo que es parte integral de mi vida. Mi aceptación de Cristo".
Probablemente ganará, pero como dijo un cronista musulmán de tiempos de las cruzadas: "La buena estrella del islamismo se hundió bajo el horizonte y el sol de su fortuna se ocultó detrás de las nubes. Las banderas de los infieles ondeaban sobre las tierras de los musulmanes y las victorias de los impíos abrumaban a los fieles". Con un Irak ocupado por las tropas anglosajonas, como corolario de la cruzada de Bush, el temor de Juan Pablo II por el futuro de las relaciones entre cristianos y musulmanes está más que justificado.
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