La guerra olvidada de Sudán, considerada la peor crisis humanitaria del mundo, entró en su cuarto año sin fin a la vista
El país africano acumula casi 14 millones de personas expulsadas de sus hogares, denuncias de genocidio y una profunda crisis alimentaria
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Sudán entró esta semana en el cuarto año de una guerra civil que la comunidad internacional define como la peor crisis humanitaria del planeta. El conflicto, que estalló en abril de 2023 entre el ejército regular y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF por sus siglas en inglés), desató un desastre de proporciones extraordinarias en todo el país.
Este territorio africano acumula cifras que igualan o superan a las de casi cualquier otro conflicto contemporáneo. Los balances oficiales hablan de al menos 59.000 muertos, aunque algunas estimaciones elevan la cifra hasta 400.000.

Sudán se desangra. No hay rincón de este país que sea ajeno a esta guerra marcada por asedios brutales, hambre deliberada y el uso de la violencia contra los civiles como forma de control.
De aliados a enemigos
Hasta hace poco, los protagonistas de esta tragedia fueron, aliados. Los jefes de ambas facciones tomaron el poder juntos tras el golpe de Estado de 2021. Pero la alianza se rompió por la disputa sobre el control del Estado y de los recursos estratégicos. Desde entonces, ninguno de los dos bandos dio señales reales de querer negociar una tregua.
La fractura no solo dividió al aparato militar: también destruyó el funcionamiento de la sociedad sudanesa. La pelea por el poder se libra sobre un país sin hospitales, sin escuelas y sin instituciones capaces de contener a la población. Las ciudades quedaron sumidas en un caos del que todavía no se ve salida.

El desplazamiento de personas alcanzó una escala inédita en la historia reciente de África. Cerca de 16 millones de sudaneses (más de una cuarta parte de la población del país) tuvieron que abandonar sus hogares.
Un informe de ACNUR describe que más de 11,6 millones de personas permanecen desplazadas dentro o fuera del país. Otros 4,4 millones buscaron refugio en naciones vecinas que también enfrentan serias dificultades económicas, como República Centroafricana, Chad, Egipto, Etiopía, Libia, Sudán del Sur y Uganda.
Hacia allí escapan hombres, mujeres y niños. La situación de las mujeres y los niños constituye uno de los aspectos más oscuros de la guerra. Los organismos de derechos humanos denuncian niveles alarmantes y sistemáticos de violencia sexual y explotación. Los secuestros y abusos son frecuentes.

Naciones Unidas sostiene que la violación se utiliza como un arma de guerra destinada a humillar y destruir el tejido social de las comunidades. El alcance real del fenómeno probablemente sea mucho mayor.
Muchas víctimas callan por miedo al estigma o a las represalias de los grupos armados que controlan el territorio y los campamentos de desplazados.

La infancia sudanesa paga un costo que compromete no solo el presente de los niños, sino también el futuro mismo del país. Desde el inicio de la guerra, más de 4300 chicos murieron o sufrieron mutilaciones graves por explosiones.
Solo en el primer trimestre de 2026 se registraron al menos otras 245 muertes infantiles, la mayoría provocadas por ataques con drones, informó UNICEF.

Una destrucción sistémica
A este escenario se suman el cierre de las escuelas y la desnutrición severa. Uno de los casos que ilustra esa realidad es el de Saidal Altaher, un caso expuesto por The New York Times. Se trata de un bebé de apenas dos meses que recibe tratamiento por desnutrición aguda en Puerto Sudán, en un centro médico desbordado y con recursos mínimos. Hay cientos de casos como el suyo.
En Sudán, el sistema de producción de alimentos prácticamente desapareció. El Consejo Noruego para los Refugiados describe una destrucción que avanza “campo por campo, camino por camino y mercado por mercado”.
Muchos agricultores abandonaron sus tierras por la inseguridad y las reservas de semillas fueron saqueadas o se agotaron. Como consecuencia, más de 21 millones de personas (casi la mitad de la población del país) enfrentan hoy una hambruna aguda.
En regiones como Darfur del Norte y Kordofán del Sur, hay personas que pasan días enteros sin comer y que, en los casos más desesperados, recurren a hojas de árboles o alimento para animales, según The New York Times. Por otro lado, los ingresos de la población cayeron a sus niveles más bajos en décadas.
Pero el drama no depende solo de lo que ocurre dentro de Sudán. La escalada regional en Medio Oriente y el bloqueo del estrecho de Ormuz golpearon de lleno la capacidad de recuperación del país.
El aumento global del precio del combustible y de los fertilizantes encarece los productos básicos. Antes de la guerra, dos tercios de la población vivían de la agricultura. Hoy, el costo de la nafta dificulta el transporte de las pocas mercancías que todavía circulan y vuelve inaccesibles los insumos para la próxima siembra.
El resultado es un círculo vicioso: el hambre genera más inestabilidad, la inestabilidad provoca nuevos desplazamientos y los desplazamientos agravan la falta de comida. Este escenario es ideal para quienes explotan el tráfico de personas.
La guerra también se alimenta desde el exterior. Existen acusaciones sobre la participación de potencias extranjeras que aportan armas, dinero y respaldo político a los bandos enfrentados.
Emiratos Árabes Unidos aparece señalado como el principal sostén de las RSF, aunque niega esas denuncias. Arabia Saudita, Egipto y Rusia también buscan influir en el desenlace del conflicto mediante apoyo logístico y transferencias de armamento.
En ese entramado, el oro cumple un papel decisivo. Sudán posee grandes reservas y el comercio de ese metal incluso creció durante la guerra. Ese negocio financia a los combatientes mientras la población carece de los servicios más elementales.
Pese a tratarse de la peor crisis humanitaria del mundo, Sudán recibe mucha menos atención que otros conflictos de alto perfil.
La falta de financiamiento internacional es una de las más graves de las últimas décadas y amenaza las operaciones de ayuda para la población civil.
Esta semana se realizó la tercera conferencia internacional para Sudán. Allí, los países donantes prometieron 1530 millones de dólares. La cifra parece elevada, pero resulta insuficiente frente a la magnitud del desastre. El secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió que el dinero no reemplaza a la paz. Y sin un cese de las hostilidades, ninguna ayuda humanitaria alcanzará para frenar el derrumbe de Sudán. La urgencia es política, moral y humana.
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