El ébola se hace fuerte a la sombra de la guerra en el Congo y el mundo comienza a temer la expansión
La epidemia del letal virus africano se desarrolla en una zona golpeada por la crisis humanitaria y un conflicto sistemático entre grupos armados
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Los años pasan, los virus quedan. Así sucede con el ébola en el continente africano, donde el virus lleva medio siglo dando vueltas, con espasmos recurrentes y como víctima central la República Democrática del Congo, donde una vez más un vigoroso brote va dejando un tendal de casos.
Mientras el virus avanza en el Congo, diez países de la región están en riesgo de que el ébola se derrame sobre sus poblaciones. Las vecinas Uganda y Ruanda cerraron las tranqueras y nadie entra ni sale sin su permiso. Pero el temor va mucho más lejos de África e involucra a toda la comunidad internacional.
Estados Unidos restringió la entrada de viajeros desde el Congo, Uganda y Sudán del Sur. La premier italiana, Giorgia Meloni, solicitó una acción coordinada de la Unión Europea para reforzar la vigilancia sanitaria. Y días atrás la Argentina frenó el ingreso de tres buques cargueros del Congo.

Al compás de las alarmas y medidas de seguridad, los medios del mundo intentan explicar a sus audiencias cuáles son las chances de que el ébola salte de la cuna en el Congo y aterrice subrepticiamente en sus países.
El temor es creciente, porque esta rara cepa del ébola, conocida como Bundibugyo, responsable del brote, no tiene vacuna que la derrote ni remedio que la contenga. Su tasa de letalidad promedio es de alrededor de 30 a 50%.
¿Cuál es la gravedad del brote? Para la víctima, los síntomas son los habituales en cualquiera de sus variantes: fiebre, dolor de cabeza, vómitos, debilidad grave, dolor abdominal, hemorragias nasales y vómitos con sangre. Un sufrimiento indecible. Así sucede desde 1976, cuando el ébola se presentó con su primera epidemia en el continente. Van 17 epidemias y a seguir contando.
Se puede propagar a través de la caza o la manipulación de animales infectados o su consumo, como los murciélagos, primates o antílopes de bosque. Entre los humanos, se transmite por contacto directo con fluidos corporales y mediante la piel lesionada. Esto se tradujo este año en muchos casos detectados entre trabajadores de la salud, los primeros de los que se tuvo noticias.
Las causas profundas
“El ecosistema es el ideal para que el Congo ya haya sufrido casi una veintena de brotes de ébola por la adaptación del virus a ese entorno ambiental y climático. Los hábitos alimenticios y culturales en general son propagadores de la enfermedad al entrar el humano en contacto directo con los vectores de la enfermedad. Los entierros masivos en contacto con cadáveres son uno de los principales disparadores de contagios, y una economía mayormente informal de movilidad interna y transfronteriza muy fluida tampoco ayuda a la contención”, dijo a LA NACION Omer Freixa, docente e investigador en estudios afroamericanos e historia africana de la UBA y la Untref.
“Por último, que sea en una zona conflictiva no ayuda pues eso atenta contra la infraestructura, los esfuerzos de intervención y el estatismo de las poblaciones para recibir atención médica. Es decir, la persistencia del conflicto armado es otro potencial que acrecienta el riesgo de reaparición del ébola”, precisó.

Los datos sobre el número de casos son inestables e inseguros. La Organización Mundial de la Salud estima en más de 900 los casos sospechosos, con más de 220 muertes. Se localizan sobre todo en el este del país, una zona de carencias, en emergencia permanente y dominada por la anarquía de una guerra que facilita la circulación sin estorbos del virus.
Más de 100 grupos armados están activos en el Congo, muchos de ellos milicias locales que tratan de proteger sus comunidades después de más tres décadas de agitación, según Amnistía Internacional, además de los choques entre grupos rebeldes y fuerzas del gobierno. Más de 5,3 millones de personas se encuentran desplazadas debido a la violencia.
“La actual expansión del ébola en la República Democrática del Congo está estrechamente vinculada a la inseguridad: los combates, los puestos de control y los desplazamientos masivos impiden el acceso de equipos sanitarios, rompen cadenas logísticas y de suministro médico, y concentran poblaciones vulnerables en entornos con saneamiento deficiente”, indicó a LA NACION el Institute for Security Studies (ISS Africa), con sede en Sudáfrica.

No por casualidad el foco de la guerra es también el foco de la pandemia, en las regiones orientales donde los combatientes rebeldes cruzan espadas y desafían al Ejército. La OMS tomó cartas en el asunto declarando la circulación de la nueva cepa como “emergencia de salud pública de importancia internacional”. Además de movilizar ayuda, llamó a una pausa en la zona de guerra, donde el virus se expande, para dejar de facilitarle la vida a un adversario que acabará con todos.
Ruego de alto el fuego
“Un alto el fuego, incluso temporal, salvaría vidas. Les ruego, les imploro: dennos el espacio para ayudar a las personas que más lo necesitan”, clamó el director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, que viajó a la provincia congoleña de Ituri, el epicentro del brote del Bundibugyo. El etíope Tedros le puso el cuerpo a las balas y al virus al mismo tiempo, tratando de apaciguar los ánimos y coordinar una respuesta efectiva en una zona imposible.
Ituri está bajo control militar desde 2021, cuando el Ejército se hizo cargo para intentar neutralizar a los grupos rebeldes. Cinco años después, no parece que se haya neutralizado a nadie: Tedros dijo que los expertos de salud no podían ganarse la confianza de la comunidad ni aislar a los enfermos “mientras caen las bombas”.
¿Lo habrán escuchado los combatientes? Se trata de un paso clave, bajar las armas, porque si no lo hacen el virus tampoco tiene planeado dar tregua ni respiro. Los expertos saben que, si lo dejan avanzar, crecerá y embestirá a quienes tenga delante. La epidemia de ébola más devastadora, de 2013 a 2016, dejó 28.000 muertos. Esa vez, casualmente, no se desató en el Congo sino en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Dadas las cifras, está claro que el nuevo brote puede estar recién en sus comienzos.
Como viene la mano, las probabilidades juegan a favor de la expansión. “Esta epidemia es algo fuera de lo común”, dijo en una entrevista el coordinador de emergencias de Médicos Sin Fronteras, Florent Uzzeni. En otra declaración, puso como ejemplo del desamparo y la impotencia lo que sucede en Bunia, capital de Ituri. En esa ciudad “ya no hay sitio en las diferentes áreas de aislamiento de las estructuras de salud. Es decir, si alguien piensa que tiene ébola o presenta síntomas, no puede ser recibido en los hospitales ni en los centros de salud porque todo está lleno”.
Todo se revuelve en amable montón: las causas sociales, culturales, económicas y bélicas. “Como ejemplo de lo complicada que resulta la situación, se dio la destrucción de un hospital ante el enojo porque el personal médico impedía a los familiares de víctimas acercarse a sus cadáveres”, dijo Freixa. Los médicos se apuraron a evacuar a los pacientes mientras se escuchaban disparos.
En otro episodio, un grupo de residentes de la localidad de Mongbwalu atacó e incendió una carpa que Médicos Sin Fronteras había instalado para atender los posibles enfermos. Durante el ataque, 18 personas con sospechas de infección se fueron del lugar para nunca más volver.
Con valiosos recursos como cobalto y cobre, el Congo es sin embargo uno de los cinco países más pobres del mundo. La expansión del virus agravará la situación, dejando a su paso daños al comercio, la economía y al sistema de salud. Nadie sabe el verdadero alcance de la epidemia en curso, mientras los congoleños aguardan el desenlace y el resto del mundo, como en otros brotes, ruega salir indemne.
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