Quería convertirse en la persona más joven en cruzar dicho océano en este tipo de embarcación; reflexionó sobre las enseñanzas de su travesía
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En la madrugada del 6 de octubre de 2023, Tom Robinson, con 24 años, se encontró solo en medio del océano Pacífico aferrado al casco volcado de su bote, temblando de frío y completamente desnudo.
No sabía en ese momento si alguien intentaría rescatarlo. El joven australiano había partido meses antes desde Perú en un barco de madera que él mismo había diseñado y construido.
Su meta era hacer realidad el sueño que albergaba desde los 14 años: convertirse en la persona más joven en cruzar el océano Pacífico a remo.
Durante el viaje exploró no solo un vasto océano, sino sus prioridades y su capacidad para superar el miedo y la incertidumbre.
“Hubo un breve instante en el que pensé que todo había terminado y que este viaje me costaría la vida”, le dijo Robinson a la BBC.
“Y ese pensamiento fue realmente angustiante. Pero muy pronto cambié mi perspectiva…y empecé a fijarme pequeñas metas”.
En la travesía, el joven experimentó también días de “paz total” y el cariño de comunidades en islas del Pacífico que lo recibieron “con los brazos abiertos”. Tom Robinson reflexionó sobre las enseñanzas de su travesía en diálogo con Outlook, un programa de radio del Servicio Mundial de la BBC.
La entrevista fue conducida por el periodista Mobeen Azhar.
-¿Cómo nació tu sueño de cruzar el Pacífico?
Crecí a orillas del río Brisbane, así que toda mi infancia giró en torno a ese río que serpenteaba por la ciudad.
Cada día, después de la escuela, remaba en el río, pescaba, vivía una infancia muy al estilo de Huckleberry Finn y de ahí surgió mi pasión por los barcos y el mar.
Todas las noches leía libros sobre marineros, exploradores y aventureros. Y una mañana me desperté muy temprano, me miré al espejo y me dije: “Tom, vas a ser la persona más joven en cruzar el océano Pacífico a remo, y vas a construirte un barco para la travesía”.
Desde ese día, a partir de los 14 años, todos los días pensaba en ese viaje y en esa aventura.
-También querías construir el barco tú mismo para cruzar el Pacífico. ¿Por qué esto era tan importante?
Creo que quería el mayor desafío posible. Elegí el Pacífico por varias razones, pero una de ellas era que es el océano más grande, y que cruzar el Pacífico sur es básicamente la travesía oceánica a remo más larga que se puede emprender.
Así que construir el barco se convirtió en una parte fundamental del viaje. Ese barco era realmente parte de mí. Fueron mis dibujos los que lo hicieron realidad. Fueron mis manos las que lo construyeron.
En definitiva, todo el viaje consistió en expresarme al máximo, y la construcción del barco formó parte de ello.
-Y llamaste a tu bote Maiwar, que significa en la lengua aborigen “río Brisbane”…
Sí. El diseño se basó en los barcos balleneros del siglo XVIII que salían al Pacífico a cazar ballenas.
Recuerdo estar leyendo un libro una noche, ver los planos de esos barcos y pensar: “Ese es justo el tipo de barco que necesito para este viaje”.
El mar y las olas no han cambiado en 250 años, así que no pensé que el barco tuviera que cambiar tampoco.

-¿Cómo te preparaste mentalmente para el viaje?
No sé cómo uno puede prepararse para algo así.
Tomé ciertas medidas para asegurarme de que, al irme de Brisbane, no iba a añorar mi hogar.
Obviamente mis amigos y mi familia siempre estarán ahí. Pero intenté cortar lazos y relaciones, solo para saber que durante el viaje podría estar completamente en paz conmigo mismo y con el mundo que me rodeaba, y no iba a pensar que debería estar en otro lugar por alguien más.
-Tenías novia en ese momento, ¿verdad?
Sí. Y supongo que esa es una de las grandes tragedias del viaje: que la travesía debía tener prioridad sobre todo lo demás.
Me dije a mi mismo: “Este viaje en remo va a ser lo más importante de mi vida durante los próximos dos años o el tiempo que sea que dure”. Y tuve que tomar decisiones.
-¿Entonces rompiste con ella?
Sí. Fue una conversación muy difícil, obviamente. Pero ambos sabíamos que iba a suceder. La gente me preguntaba: “¿Vendrán tus amigos y familiares a visitarte a las islas en el camino?”.
Y yo decía: “Absolutamente no. El viaje comienza cuando salgo del aeropuerto de Brisbane en un avión a Lima y termina cuando regreso a Brisbane”.
Cualquier contacto con mi vida anterior y mi mundo anterior interrumpiría cómo sentiría todo el viaje. Estaba totalmente comprometido.
Quería que esa experiencia fuera definitiva, verdadera, pura, y esa era la mejor manera de lograrlo.

-Contame sobre el día de la partida.
Fue el 2 de julio de 2022. Nunca lo olvidaré. Fue un día extraño y surrealista. Fui al mercado local y compré mi pan con chicharrón para desayunar y me despedí de las señoras del mercado. Luego fui al club náutico y mucha gente empezó a llegar.
Llevaba dos meses en Lima y había hecho amigos, pero toda la comunidad fue este día tan especial a despedir al joven australiano que se marchaba.
Había cámaras de televisión por todas partes. Miré a lo lejos y vi llegar una banda de música naval.
Supuse que venían a algún otro evento después de mi partida. Pero el gerente del club náutico me guiñó un ojo, y la banda empezó a tocar canciones navales tradicionales peruanas.


Los músicos subieron a una barca y tocaban música. Entonces subí a mi bote, desaté la cuerda, me senté, agarré los dos remos y di la primera remada.
Me di cuenta de que esa iba a ser la primera de millones. ¡Qué sensación!
Había barcos a mi alrededor, la banda tocando. Yo estaba totalmente concentrado y empecé a remar con fuerza. El bote era muy pesado, cargado con toda la comida y el agua para el viaje.
Poco a poco, los barcos empezaron a regresar a puerto y solo quedaba uno para acompañarme, el de mi buen amigo Gonzalo Rivago, quien me ayudó muchísimo.
Finalmente él dio la vuelta y solo quedábamos los leones marinos y yo. Fue entonces cuando supe que la aventura había comenzado.
Durante los primeros 75 días del viaje fue todo una gran felicidad.
Es todo lo que uno sueña: estar en tu propio barco en medio del Pacífico, pescar para cenar, vivir del océano.

-¿Qué pasó en el día 75?
Salí de Perú con la intención de hacer una parada en el archipiélago de las Marquesas, que forma parte de la Polinesia Francesa. Es el primer archipiélago al oeste de Sudamérica, a unas 3000 o 4000 millas (unos 6800 kilómetros) de Sudamérica.
Iba camino de llegar a esas islas en unos 100 días. Todo iba muy bien.
De repente, una brisa fuertísima surgió del sureste y durante días y días sopló ese viento tan fuerte. Por mucho que lo intentara seguía desviándome cada vez más al norte, alejándome de las islas.
Saqué una enorme carta náutica del Pacífico. La examiné una y otra vez buscando la isla habitada más cercana.
Era importante encontrar una isla habitada, porque sabía que, fuera cual fuera, me quedaría atrapado allí durante los siguientes cuatro meses durante la temporada de ciclones.
Finalmente encontré una pequeña isla, Penrhyn, también llamada Tongareva, que era apenas un punto en el mapa.
Y de repente, así sin más, todo el viaje cambió. Mi objetivo era ese pequeño punto. No tenía ni idea de cómo sería la gente, ni cómo sería el lugar, pero seguí remando.
Remaba como un loco, básicamente, 14 horas al día solo para sobrevivir, para asegurarme de llegar a esta isla.

-Finalmente, después de remar casi 5000 millas náuticas, en el día 160 pudiste divisar tierra y un barco lleno de gente que se acercaba…
Sentía júbilo y una euforia indescriptibles. Ellos estaban muy felices de verme.
Me remolcaron a través de la laguna hasta un pequeño pueblo llamado Omoka, el más grande de la isla, con 140 habitantes y casas hechas de ladrillo y hojalata.
Me dijeron: “Tom, ya puedes bajar a tierra”. Miré mis pies y me di cuenta de que ese iba a ser el primer paso que daría en más de 150 días.
El bote es tan pequeño que no se puede caminar, así que di un salto enorme para bajar y mis pies aterrizaron en el suelo duro de coral.
Sentí el calor de la tierra debajo de mí y fue una sensación extraordinaria. Intenté ponerme de pie, pero me mareaba muchísimo y andaba como un marinero borracho.
Unos hombres grandes y corpulentos del pueblo me rodearon y me ayudaron a mantenerme erguido. Y uno de los ancianos del pueblo se me acercó y me dijo: “Tom, bienvenido a nuestra isla de Penrhyn. Es un placer tenerte aquí. Eres el primer barco internacional que llega en tres años”.
Y agregó: “Pero hay algo que debo informarte. Llegaste aquí como Tom Robinson, pero ahora tienes un nuevo nombre. Ahora eres Mahuta Hoi Ho Asanga, que en nuestro idioma significa ‘el guerrero que ha remado desde lejos’. Así que bienvenido a Penrhyn, Mahuta”.
Me invadió una oleada de emoción; no podía creer que después de tanto tiempo en el mar hubiera llegado a este pequeño paraíso.
Estas personas me recibieron con los brazos abiertos. Al instante me acogieron en sus hogares y en sus vidas.
Cuando partí fue difícil. Son personas muy conectadas con sus emociones, amables y desinteresadas. La verdad es que allí tengo amigos y familia para toda la vida.

-Enfrentaste muchos desafíos, pero después de más de 260 días en el mar el reto más duro estaba por llegar…
Había recorrido unas 7000 millas náuticas y creía que me faltaban unos 50 días para llegar a tierra y cumplir mi sueño de la infancia.
Había estado remando todo el día con bastante comodidad. Decidí colgar los remos un poco antes y entrar en mi camarote.
Lo que hay que entender sobre estos botes de remo oceánicos es que están diseñados para ser inestables boca abajo, lo que significa que si una ola los vuelca, se enderezan solos.
Y la razón por la que son inestables boca abajo es porque tienen mucho aire atrapado dentro del camarote cuando la escotilla está cerrada.
Pero en el Pacífico cerca del ecuador hace muchísimo calor y hay momentos en que estás intentando dormir y te estás asfixiando.
Así que en esta ocasión tenía la escotilla abierta, y ese fue el gran error.
Estaba tumbado en mi litera, pensando en cenar. De repente oí un estruendo tremendo y, sin tiempo para reaccionar, sentí que todo el barco era sacudido por una enorme ola y quedaba boca abajo.
Contuve la respiración mientras la cabina se inundaba en un instante. No hubo tiempo para pensar. Fue un shock total. Para entonces, el sol ya se había puesto y estaba oscureciendo.
No me quedó más remedio que nadar a través de la escotilla entreabierta y luego salir y agarrarme del costado del bote volcado.
De repente me di cuenta de que el peor escenario posible se había convertido en realidad. Intenté enderezar la embarcación. Até una cuerda a un lado y traté de volver a enderezarla, pero era demasiado pesada y se quedó atascada.
Me di cuenta de que el transpondedor de emergencia estaba dentro de la embarcación.
Así que tuve que nadar de vuelta por debajo de la embarcación hasta la cabina, agarrar la baliza de emergencia, sujetarla y nadar de nuevo por debajo de la embarcación hasta el costado.
La até a mi muñeca con una cuerda y luego me subí al casco volcado y me até. Sabía que intentar enderezar la embarcación y solucionar la situación iba a ser imposible durante la noche.
Estaba demasiado oscuro y el mar se estaba agitando, el oleaje iba en aumento. Corría el riesgo de golpearme la cabeza, quedar inconsciente y que todo terminara.
Me senté en el casco volcado, completamente desnudo, temblando de frío. Hubo un breve instante en el que pensé que todo había terminado y que este viaje me costaría la vida.
Fue un pensamiento realmente impactante. Pero rápidamente reaccioné y me di cuenta de que solo era un contratiempo.

-¿Qué pensabas en esos momentos?
Muchas cosas me pasaron por la cabeza durante esas 14 horas. Al principio todo era pesimismo y desesperanza. Pensé que mi vida había llegado a su fin, no solo el viaje, sino mi vida entera.
Y ese pensamiento fue realmente angustiante. Pero muy pronto cambié mi perspectiva y empecé a ver el lado positivo, si es que lo había.
Todo el viaje había consistido en superar dificultades. Así que pensé que, si había podido sortear todo eso, no había razón para que no pudiera sobrevivir la noche.
Empecé a fijarme pequeñas metas. La principal, la gran meta, era aguantar la noche y ver el amanecer.
Sabía que la luna saldría en algún momento, y decidí que sería la salida de luna más hermosa que jamás había visto. Y empecé a planear cómo salir de esa situación.
Al día siguiente saldría el sol. Podría encontrar algo de comida en el barco, y luego inundaría ciertas secciones del bote para enderezarlo y seguir adelante.
Llevaba conmigo esta baliza de localización de emergencia, este transpondedor que emitía pitidos y destellos. Pero no tenía ni idea de si alguien me estaba buscando o si iba a llegar ayuda.
-¿Cómo fue el rescate?
Las olas rompían sobre el barco y casi me arrastraban.
Y entonces, al mirar hacia el este como lo hice toda la noche, esa oscuridad absoluta se convirtió en un tenue color púrpura oscuro y luego se fue aclarando cada vez más y tuve la fuerte sensación de que todo iba a estar bien.
Acababa de superar la noche más difícil de mi vida y la experiencia más dura de mi vida, y pensé que después de eso las cosas iban a mejorar muchísimo.
Sentí una gran emoción y, poco después de que saliera el sol por el horizonte, vi un gran punto negro en el horizonte y me di cuenta de que era un barco, y por primera vez supe que el viaje había llegado a su fin.
-Sé que al principio pensaste que era un carguero.
Creí que era un carguero que iba tal vez rumbo a China, así que eso podría ser bastante interesante. Pero a medida que se acercaba el buque me di cuenta de que era un crucero de la empresa P&O.
No pude evitar reír. Y solo entonces me di cuenta de mi propia desnudez. Y a medida que el barco se acercaba había literalmente cientos de personas en las cubiertas con grandes objetivos en sus cámaras y binoculares.
El capitán hizo un trabajo increíble maniobrando el buque hasta que yo, en mi bote de remos, acabé contra el costado del barco mientras estas grandes olas subían y bajaban por el casco. Una situación muy aterradora.
Ellos bajaron una escalera de cuerda por el costado del buque y no tuve más remedio que dar un salto de fe y dejar mi bote de remos y saltar a la escalera.
Reuní fuerzas para subir por la escalera de cuerda y cuando estaba en el buque vi en un pasillo a un grupo de personas, tripulantes, personal y demás. Todos me miraban fijamente, yo los miraba a ellos y toda la situación era absolutamente surrealista.

-Aunque no pudiste terminar el viaje habías cruzado suficiente océano como para recibir el récord Guinness de la persona más joven en remar en el Pacífico. Lograste tu sueño, ¿cómo fue estar de regreso?
Los siguientes 12 meses después de mi regreso fueron la parte más difícil de mi vida.
Me resultó totalmente imposible retomar el ritmo de vida. Había hecho algo tan importante que siempre había querido hacer y me quedé con un vacío enorme.
A veces uno se pregunta si todo el viaje valió la pena porque el regreso es muy difícil. Pero realmente solo me quedaba aceptarlo, como cuando remaba, día a día.
-¿Has recuperado el sentido de propósito desde que regresaste?
Sí, volví al trabajo. Estoy construyendo barcos de nuevo. Tengo un pequeño negocio. Pero siempre hay algo que me carcome y me pregunto: “¿Cuándo podré volver al mar?”.

-En cuanto al Tom que emprendió este viaje y al Tom con el que hablamos hoy, ¿en qué dirías que eres diferente?
Tuve tanto tiempo para pensar, reflexionar y preguntarme sobre la vida y las decisiones que había tomado.
Llegar a las islas y ver a aquellas personas viviendo de una manera totalmente diferente, tan felices y en paz, me hizo cuestionar mis decisiones cotidianas y mi forma de vivir.
Fue una experiencia muy, muy buena para llegar al interior de uno mismo.
Experimenté momentos de máxima euforia. A veces lo llaman nirvana. Y tuve un momento, alrededor del día 120, en el que sentí un brillo interior que irradiaba por todo el mundo. Fueron dos o tres días en los que estuve totalmente en paz, más que nunca. Fue simplemente extraordinario.
Probablemente nunca lo vuelva a sentir. Pero tener eso conmigo y saber que es posible es algo hermoso.
Por Mobeen Azhar
BBC Mundo
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