
La llegada de la paz no alivia la tensión balcánica
Balcanes: la paz alcanzada ayer no supone el fin de la tensión en una región donde las guerras marcaron el comienzo y el final de la centuria.
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El siglo XX termina donde empezó: en los Balcanes.
Con sus cosmopolitas ciudades, donde los minaretes turcos contrastan en el paisaje con las iglesias ortodoxas, esta región ha sido siempre vista por el nacionalismo serbio como el confín de Occidente y su última línea de defensa frente al mundo musulmán.
La misma multiplicidad racial que la caracterizó ("basura étnica" la llamaba Marx) ha sido el detonante de sangrientas luchas y, ahora, ni siquiera los misiles supuestamente inteligentes han logrado tornar a la guerra más limpia, en una región donde no hace tanto al enemigo derrotado se le extirpaban los ojos.
La sangre que ha corrido por sus ríos no ha llegado nunca a coagularse antes de recibir un nuevo flujo producto de una nueva matanza. Así, es difícil pronosticar un futuro de paz para los Balcanes más allá del acuerdo alcanzado ayer en Belgrado.
La maquinaria bélica de Milosevic no ha sido lo suficientemente debilitada como para que ya no se piense en él como una amenaza. Aún en el poder y con una frágil paz como garante, en cualquier momento podría volver a esparcir su destrucción por la zona y demandar nuevas intervenciones de Occidente, del mismo modo que Saddam Hussein sigue siendo un dolor de cabeza para el Departamento de Estado a casi una década de la Guerra del Golfo.
Conflictos en puerta
Montenegro, que se distancia cada vez más de Belgrado, podría dar el próximo grito de independencia y dejar a Yugoslavia sin una salida al mar, lo que no podría ser tolerado por ningún serbio, especialmente Milosevic.
Asimismo, el encausamiento por crímenes de guerra dictado por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia obligaría a los aliados a producir detenciones (o de lo contrario el tribunal estará condenado al fracaso), que además de Milosevic podrían incluir a los presidentes de Bosnia, Alija Izetbegovic, y de Croacia, Franjo Tudjman, retornando la tensión a esos países.
En tanto, un conflicto étnico en Macedonia puede estallar en cualquier momento. Pese a haberse independizado de Yugoslavia a comienzos de la década, la mayoría de la población ha apoyado a Serbia en esta guerra, que ha reabierto viejas heridas con la minoría albanesa, incrementada con el constante fluir de refugiados kosovares.
Por su parte, Albania, el país más pobre de Europa, mantiene aún viejas disputas con sus vecinos, que siempre la han visto como un enclave turco nunca extirpado. El Epiro, la región al norte de Grecia en poder albanés, es reclamada por Atenas, que mantiene, a su vez, otro litigio con Macedonia por el control de la región homónima.
No puede preverse qué ocurrirá en un Kosovo dividido, como el Berlín de posguerra, entre aliados y rusos. Además, el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), que se ha rearmado gracias a la guerra, aún debe expedirse sobre su futuro y el de la provincia.
El regreso de los refugiados será lento y nadie sabe qué encontrarán al volver a casa. Seguramente, fosas comunes y cadáveres descompuestos. O algún proyectil de la OTAN que por alguna razón no explotó cuando debía.
Sólo podría sostenerse que si el siglo comenzó en Sarajevo con la primera bala de la Primera Guerra Mundial, el acuerdo que pone fin a la guerra de los Balcanes podría marcar al de ayer como el último día del siglo XX.
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