
La lucha por la patria tamil
Por Narciso Binayán Carmona
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Una de las grandes frustraciones de Colón en su recorrido por la costa de Honduras (que él creía era Asia) fue el no haber encontrado un paso que le permitiera llegar a Taprobana, es decir, a la isla de Ceilán (Lanka), que él creía cercana.
La trágica situación actual de Sri Lanka hace ocioso hablar de la belleza de la isla, de la huella dejada por Adán o por Buda en el pico más alto de sus montañas, o del diente de Buda que se venera en Kandy.
Pero más ajustado a la realidad es traer a colación al Ramayana, que narra la captura de la princesa Sita, esposa de Rama, por Ravana, rey de los demonios, que la llevó a su dominio en la isla; y el épico rescate por su marido con sus tropas y con el auxilio de Haunman, rey de los monos y de su poderoso ejército y de otros animales.
Se piensa que en esta obra hay un fondo histórico: el avance de los arios hacia el Sur -las tropas de Rama-, la presencia de los isleños nativos -los demonios- y de los dravidianos (pre-arios)- los monos y otros. Sea o no verdad, este análisis refleja una realidad: la llegada de varias clases de extraños de variado origen a la isla y de su choque con sus habitantes. Y esto es así.
También lo es el feroz enfrentamiento étnico-religioso entre los dos principales pueblos de Ceilán y su problemático desarrollo. Primer dato: el 72% es ario por idioma y budistas de religión. Llegaron desde la India y están aislados de la mayoría aria del país vecino de la religión brahmánica por los dravidianos.
El 18% es dravidiano del país tamil en el continente. El 7% es musulmán. Este porcentaje, al igual que la pequeña minoría cristiana, no participa del enfrentamiento.
Y queda un resto casi olvidado de los aborígenes. La división de los dos grandes grupos es la tradicional en la India: las castas. La división es tal que a los de la casta intocable de los verdugos les estaba prohibido incluso tocar a aquellos de casta superior a los que habían ejecutado. Otro dato interesante: las mujeres del grupo intocable de los Rodi son famosas por su belleza y elegancia. A este grupo inferior se le atribuye origen real.
Ahora bien, contradicción suprema, estos mismos pueblos que se detestan mutuamente, que no se mezclan (teóricamente) ni entre las castas, se han unido entre sí a más no poder, al punto de que todos "tienen en sus venas una mezcla de varias sangres, unidas no una sino muchas veces... la superioridad (de una sobre otra) es puro mito" (D. Wickrmanayake, "The Caste System in Sri Lanka"). Ahí aparecen no sólo las Rodi sino los perdidos grupos aborígenes (parientes de los australianos) y cualquiera de los otros. Pero esto no ayuda en la explosión del problema.
Una crisis in crescendo
Los tamiles llevados a la India por los ingleses para las plantaciones de té quedaron como apátridas (decisión local, 1949); el cingalés como idioma y el budismo como religión (íd., 1956), las escuelas tamiles fueron funcionalizadas (1956). Al paso: asesinato del premier Salomón Bandanaraike (1959). El paso siguiente fue lógico, los tamiles pidieron la creación de un Estado separado, Tamil Ilam (1976) y los Tigres de Liberación de Tamil Ilam exigieron la independencia (1978). La violencia por ambos fue creciendo y las tropas regulares bloquearon Jaffna, casi totalmente tamil.
El caos se acentuó al sur de la provincia oriental (42% tamiles, 32% musulmanes, 25% cingaleses). Comenzaron tanto operativos de "limpieza étnica" como atentados terroristas, todo menos difundido pero no menos feroz que en la ex Yugoslavia.
El saldo: 50.000 muertos y desaparecidos, 600.000 desplazados; 200.000 refugiados en la India y una cantidad mayor en otros países. Tras la dureza del gobierno cingalés hay un gran temor a que los tamiles puedan llegar a ser mayoría por migración desde la India. Está allí el más sólido bloque dravidiano, Tamil Nadi (capital: Madrás), en el que ha habido algunos intentos separatistas, pero donde existe gran inquietud por el destino de sus hermanos en Sri Lanka.
Dentro del cuadro de violencia se inscribe el asesinato del presidente Ranasinghe Premadasa a manos de los Tigres (1993), el ataque suicida al Banco Central, con gran destrucción de la City (1996), el atentado a la base de Millaitivu con más de 1000 soldados muertos y destrucción de muchísimo armamento y municiones.
El jefe de los Tigres, V. Prabhakaran, ha señalado ante cada revés que la lucha por una patria tamil continúa. El último miércoles, otro comando suicida atacó las oficinas de la primera ministra Chatrika, hija del asesinado Bandaranaike.Hubo 13 muertos, pero ella se salvó.
Está tratando de negociar la autonomía, pero la "línea dura" cingalesa -incluye a la jerarquía budista- no lo ve con buenos ojos.
La hipótesis -realidad- es que la violencia continuará.



