
La masacre de Littleton
Más que un episodio aislado, puede tratarse de un síntoma Por Mario Diament
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MIAMI.- ¿Cuántos Eric Harris y Dylan Klebold, los adolescentes responsables de la masacre del martes último en una escuela secundaria de Littleton -que resultó con 13 asesinatos y dos suicidios-, están en este momento en algún lugar de los Estados Unidos, cavilando fantasías de muerte y asesinato, aguardando el momento de llevarlas a la práctica?
Nadie lo sabe con certeza. No hay estadísticas sobre el futuro; apenas la estremecedora convicción de que lo que sucedió en ese tranquilo suburbio de Denver, Colorado, no es un episodio aislado sino un hecho sintomático.
Tal vez por eso, Bill Clinton anunció ayer que se tomarán nuevas medidas de seguridad en los colegios para impedir otra tragedia como ésta.
No había nada particular en Littleton que presagiara una tragedia de esas proporciones. Tampoco parece existir otro denominador común entre Pearl, Mississippi; Jonesboro, Arkansas; Springfield, Oregón, y Fayetville, Tennessee, que el haber sido escenarios de la violencia escolar en el último año y medio.
En todos los niveles de la sociedad norteamericana el desconcierto ante la sucesión de episodios de violencia en colegios secundarios es tan lacerante como la impotencia que se siente para abordarlos, tan paralizante como las escenas de horror que se transmiten al mundo por TV.
Tal vez es así porque, en el fondo, todos intuyen que hay algo fundamentalmente enfermo en el sistema y no saben o no se atreven a confrontarlo.
El ejército de las sombras
David Grossman tiene una teoría. Psicólogo, veterano de guerra retirado con el grado de teniente coronel, ex profesor de West Point, Grossman dirige actualmente el departamento de psicología y ciencias militares de la Universidad del Estado de Arkansas. En 1996 publicó "Sobre el acto de matar: el costo psicológico de aprender a matar en la guerra y en la sociedad", libro nominado para el Premio Pulitzer, donde desarrolla la inquietante tesis de que los juegos de video entrenan a los niños para matar.
Según Grossman, estos juegos, diseñados con extraordinario realismo, premian a los chicos por acabar con personajes en una pantalla de video y hacerlo a una velocidad que no requiera pensar.
Esto, asegura, no difiere del entrenamiento de reacciones reflejas que los ejércitos de todo el mundo utilizan para aumentar la eficacia de sus tropas.
"A lo largo de la historia militar -dice-, la mayor dificultad no ha consistido en enseñar a los soldados a utilizar un arma, sino convencerlos para que la usen, porque el ser humano, al igual que los animales, se resiste a matar a su propia especie.
"Las grandes batallas fueron esencialmente grandes demostraciones de fuerza -agrega-. La verdadera matanza no comenzaba sino cuando un ejército iniciaba la retirada, porque los soldados se resistían a atacar mirando al enemigo a los ojos. De allí que la mayoría de las heridas se producían en la espalda."
Como ejemplo, cita una curiosa estadística. Durante la Segunda Guerra Mundial, sólo el 15% de los soldados con oportunidad de disparar al enemigo hizo uso de sus armas. Esto llevó a los psicólogos militares a buscar métodos de sobreponerse a la resistencia humana a matar.
Lo que aplicaron fue lo que se denomina un "condicionador operante", un proceso repetitivo de estímulo-respuesta, que condiciona a una persona a hacer lo que su instructor desea, sin pensar, meramente como un reflejo. Como resultado, la "tasa de disposición a matar" en la guerra de Corea subió al 55% y en la de Vietnam, al 90.
Juegos de video
Grossman sostiene que el proceso de estímulo-respuesta es similar en los juegos de video, donde para ganar hay que disparar en rápidas secuencias, sin detenerse a pensar.
"Esto no significa que cada niño que juega a matar en una computadora sea un asesino potencial -asegura Grossman-. Pero cuando se tiene un número de variables tales como una debilitada fe religiosa, un núcleo familiar anémico y ciertas tendencias agresivas, los juegos definitivamente no van a ayudar."
Lo que la ola de violencia en los colegios está poniendo de relieve es la profundidad de la brecha cultural entre el mundo de los adolescentes y el de los adultos, una brecha que no tiene parangón en la historia.
A través de la Internet, los teléfonos celulares, los beepers y la TV, los adolescentes han logrado crear una realidad totalmente hermética y apartada de la de sus padres. Un universo impenetrable que sólo se revela a la luz de la tragedia.






