
Las cumbres y el subsuelo
América latina sucumbe al narcotráfico, prisionera de la demanda de los países centrales
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El primer encuentro entre Barack Obama y los presidentes latinoamericanos no pudo ser más auspicioso en el plano retórico. En ese nivel, propio de gestos y palabras, Obama obtuvo lo que quería: un clima de diálogo y hasta de fraternidad hacia su figura rodeó la escena.
Más allá de este punto de partida, que parece dejar atrás el belicoso legado de George W. Bush, comienzan los problemas de unas Américas aún separadas por una enorme brecha. Obama respondió en primera instancia liberando el flujo de remesas dirigido hacia Cuba, sin levantar, por ahora, el embargo comercial. Obviamente, el presidente norteamericano espera que el gobierno de Raúl Castro adopte decisiones necesarias en torno a una política de derechos humanos que sigue férreamente condicionada por el orden autoritario que allí impera.
Hay indicios de que los gobiernos americanos, incluido el de los Estados Unidos, han resuelto tácitamente propugnar una estrategia de aproximación indirecta para extraer del régimen cubano un mayor grado de libertad y de seguridad jurídica. La democracia, en tanto ejercicio plural y competitivo entre partidos, quedará para más adelante.
Este lapso depende de la duración del crepúsculo de los gerontes que gobiernan la isla. Como en el régimen de Franco en la España de los ya lejanos años setenta del último siglo, la muerte natural del caudillo es condición necesaria de la democratización. Mientras tanto, habrá que apostar a una política encaminada a reducir los márgenes de la dictadura de partido único.
En materia de márgenes, el papel que representan las remesas enviadas desde el exterior por los habitantes que emigran a los Estados Unidos y, en menor medida, a España, se ha trasformado en una panacea para amortiguar la penuria fiscal de varios gobiernos reformistas en América Latina. La dependencia es aquí evidente. Veamos, por ejemplo, el caso de la reciente victoria electoral del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en El Salvador.
El candidato que se llevó las palmas del triunfo, Mauricio Funes, sin ser miembro de aquel movimiento, representa para la democracia el hecho auspicioso de la conversión de los antiguos revolucionarios en nuevos reformistas. Dada esta circunstancia -que hoy podríamos prolongar hacia Ecuador, donde Rafael Correa llevaría las de ganar en las elecciones presidenciales-, la cuestión consiste en identificar los recursos fiscales necesarios para llevar a buen puerto la política de reformas que los gobernantes electos pregonan.
Salvo una potencia como Brasil, o países medianos con buen blindaje fiscal como Chile, esos recursos son, en rigor, escasos. En El Salvador, por ejemplo, con una deuda pública que trepa hasta el 47% del PBI, las remesas provenientes principalmente de los Estados Unidos (3787 millones de dólares) amortiguan un déficit en la balanza comercial de alrededor de 5000 millones de la misma moneda.
En estos vínculos entre emigración, debilidad fiscal de los Estados y exclusión social, se cuelan los flagelos del narcotráfico y la criminalidad. Son flagelos que, además, no distinguen el volumen de los países. México está sufriendo esta marejada al igual que los países de América Central y del Sur (de más está decir que éste será un capítulo central en la agenda de nuestro país en la próxima década). En este sentido, la mayor contribución de los Estados Unidos debería radicar no tanto en lo que sus gobernantes hagan en la lucha contra la droga en nuestras naciones, cuanto en las medidas que ellos mismos adopten hacia dentro de sus fronteras.
En gran medida, América latina sucumbe ante el narcotráfico porque hay una demanda sostenida en los países centrales. No contentos con ello, los barones de la droga han inventado el "paco", que es, como se sabe, la droga de los pobres. En este cruce de caminos yacen nuestros Estados, prácticamente sin excepciones. Todos los países padecen estos cuestionamientos a la soberanía estatal y nadie parece indicar, por ahora, que esta tendencia se detenga. Aun en Colombia, donde los éxitos del presidente Uribe están a la vista, el narcotráfico sigue mostrando su enorme capacidad de reconversión.
Estos datos van conformando un subsuelo en nuestras sociedades cada vez más profundo y poderoso. Las cumbres de presidentes lo miran con aprensión, sin duda lo denuncian, pero no consiguen evitar que ese conjunto de fuerzas subterráneas siga cavando la fosa. De ese submundo alimentado por la marginalidad y la miseria se está disparando una nueva anarquía. A diferencia de los revolucionarios de hace medio siglo, que soñaban con conquistar el poder para desde allí tallar con violencia pública el perfil de un orden alternativo, esta nueva anarquía busca otra cosa: le basta, en rigor, con recortar la soberanía del Estado y reproducir ese sistema de violencia privada.
Arriba, en lo que José Luis Romero llamaba "la sociedad normalizada", votamos, gozamos de las libertades públicas y hasta alternamos en el ejercicio del poder formal. Abajo, en cambio, también se vota, pero otro es el poder y distinta la anomia que lo impregna. Tal vez sea éste el reto mayor que nos aguarda en el umbral de los bicentenarios.
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