
Las víctimas del revisionismo, desde Freud hasta hoy
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MIAMI.- Por medio siglo, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, la importancia del psicoanálisis en los Estados Unidos creció vertiginosamente hasta convertirse en un ingrediente fundamental de la cultura popular. Pero al mismo tiempo que su respetabilidad se consolidaba, una parte del establishment académico norteamericano comenzó a demoler la imagen de Sigmund Freud, con el mismo fervor que inicialmente había puesto en erigirle un panteón.
Cada década parece traer una nueva oleada de críticos empecinados en demostrar, no sólo ya la relativa o decidida invalidez de las teorías del "padre del psicoanálisis", sino incluso la dudosa consistencia de sus valores morales, los efectos distorsivos de su adicción a la cocaína y hasta la honestidad de las confesiones de algunos de sus pacientes.
Dos años atrás, una muestra sobre la obra de Freud programada por la Biblioteca del Congreso, en Washington, debió ser suspendida por la presión de los detractores.
Cualquier biblioteca o librería sirve de evidencia de la ferocidad de la cruzada antifreudiana. Desde los clásicos "El asalto a la verdad", de Jeffrey Masson, y "Freud, biólogo de la mente", de John Forrester Sulloway, hasta los más actuales "Por qué Freud se equivocó: pecado, ciencia y psicoanálisis", de Richard Webster; "Recordando a Anna O: un siglo de mistificación", de Mikkel Borch-Jacobsen; "La paranoica búsqueda de Freud: el psicoanálisis y la moderna sospecha", de John Farrell; "Despachos de la guerras freudianas: psicoanálisis y sus pasiones", también de Farrell, y "Las guerras de la memoria: el legado de Freud en disputa", de Frederick Crews.
Bajo el microscopio
En los últimos tiempos, la marea revisionista se ha intensificado y a los académicos se han sumado historiadores y periodistas en la misión de someter al microscopio la veracidad de la imagen popular de algunas de las figuras más veneradas del siglo.
Una de las víctimas más recientes ha sido el psiquiatra Bruno Bettelheim, quien se suicidó en marzo de 1990. Al momento de su muerte, a los 86 años, Bettelheim era una de las figuras más prestigiosas en el campo de la psicología infantil. Discípulo de Freud y ex prisionero de un campo de concentración nazi, Bettelheim fue el fundador de la famosa Escuela Ortogénica de la Universidad de Chicago, donde niños emocionalmente conflictuados eran educados en una atmósfera de completa libertad.
Sus libros "El amor no es suficiente" y "Tunantes de la vida" difundieron su nombre internacionalmente, en particular por la novedad de sus experiencias en el campo de una condición conocida como autismo infantil.
Pero en "La creación del Dr. B: una biografía de Bruno Bettelheim", publicada el año último, el periodista Richard Pollak, ex director del periódico The Nation, hace una devastadora vivisección de la historia y la personalidad de Bettelheim, corroborada por sólidos testimonios y documentos que incluyen entrevistas con dos de sus tres hijos, su primera esposa y una nómina de colegas, editores, estudiantes y amistades que exponen a Bettelheim como poco más que un brillante charlatán con acento vienés.
Según Pollak, Bettelheim fue una invención de su propia imaginación, un mentiroso patológico que nunca conoció a Freud, falsificó sus credenciales académicas, inventó las fuentes de muchos de sus trabajos científicos y plagió numerosos tramos de una de sus obras fundamentales, "Los usos del encantamiento"; un sádico que maltrataba a sus asistentes y a su familia y abusaba de sus pacientes.
En uno de los testimonios más reveladores, Jacquelyn Seevak Sanders, la sucesora de Bettelheim´s en la Escuela Ortogénica, asegura que "no se podía creer una palabra de lo que decía".
Sexólogo en la mira
Un par de semanas atrás, otro libro, obra del historiador James H. Jones, un catedrático de la Universidad de Houston, arremete contra otro de los iconos del siglo XX: el profesor Alfred C. Kinsey, uno de los pilares de la investigación sexual, cuyos informes "Conducta sexual en el varón" (1948) y "Conducta sexual en la mujer" (1953) revolucionaron el conocimiento existente sobre la sexualidad humana y modificaron la percepción popular acerca del sexo.
La imagen que Kinsey proyectaba era la de un frío y riguroso científico y la de un hombre de familia algo anticuado, padre de cuatro hijos y jardinero aficionado, pero como Jones lo demuestra en su libro, la realidad era considerablemente más compleja.
Kinsey era bisexual y un empeñoso masoquista, que seducía a sus estudiantes y organizaba sesiones de sexo grupal entre sus asistentes, sus parejas y voluntarios externos, a quienes observaba y filmaba con la evidente intención de comprometer a su equipo con el trabajo que realizaba y ejercer sobre ellos una "autoridad paternal". Hijo de un padre autoritario, Kinsey tuvo una infancia reprimida, de la que emergió torturado por la culpa de sus sentimientos homosexuales y se embarcó en un matrimonio que tardó varios meses en consumar. Por encima de la conclusión de que algunas de las ideas más difundidas del siglo han tenido un origen fraudulento, la lectura de estas fascinantes historias promueve una reflexión: los norteamericanos mantienen una curiosa relación con las figuras heroicas. Aceptan la idolatría con facilidad, pero no tienen reparos en tumbar a las deidades cuando su divinidad se torna cuestionable. Los latinoamericanos, en cambio, nos empeñamos en fundir en bronce la reputación (a menudo dudosa) de nuestros héroes, tal vez porque, como decía Bettelheim, "debemos vivir de ficciones, no sólo para encontrarle sentido a la vida, sino para hacerla tolerable."
El autor es un periodista y dramaturgo argentino que reside en Miami y dirige el programa de master en Periodismo de la Universidad Internacional de la Florida.






