Lo que el líder hereda de sí mismo: problemas económicos y sucesorios

Moisés Naím
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15 de octubre de 2012  

¿Qué le espera a Venezuela después de esta nueva victoria de Hugo Chávez? Cuatro grandes temas consumirán la atención del gobierno y del país.

Primero, el tóxico legado económico que Chávez hereda de sí mismo. Segundo, el precario estado de salud del presidente. Tercero, las batallas sucesorias entre sus más cercanos colaboradores. Y cuarto, los intentos que Chávez hará para cambiar la Constitución de manera que, en caso de que se vea impedido de seguir al frente del Estado, pueda designar a su sucesor sin convocar nuevas elecciones, tal como ahora lo establece la ley.

  • La economía

    Chávez comienza su nuevo período con una economía devastada por las políticas que él mismo implantó. Los datos son aterradores: la inflación más alta del mundo, la tasa de cambio y las reservas internacionales del país en caída libre; unas importaciones que, si bien aumentaron casi cinco veces desde 2003, no logran paliar el desabastecimiento crónico (alimentos, medicinas, etc.); la producción petrolera declinando y las refinerías estallando; la producción agrícola y manufacturera por el piso; el endeudamiento desbocado -en 2007 no llegaba a 30.000 millones de dólares y hoy excede los 200.000 millones-, y una enorme conflictividad laboral azuzada por salarios deteriorados por la inflación. Las distorsiones alcanzaron niveles que pronto obligarán al presidente a tomar las decisiones más difíciles e impopulares que le tocaron desde que asumió, en 1999.
  • La salud de Chávez

    El presidente no está bien. Las operaciones y los recurrentes tratamientos no lograron contener el avance de su enfermedad. En los más altos círculos gubernamentales de otros países el consenso es que la salud del presidente es precaria y tiene bajas probabilidades de curación. La evolución del estado de salud de Chávez moldeará la evolución política del país en los próximos años. La biología podría ser más importante que la ideología en determinar adónde va Venezuela. Esto lo saben el presidente y sus allegados.
  • ¿Quién viene después de Chávez?

    El presidente acaba de designar vicepresidente a Nicolás Maduro, uno de sus más cercanos colaboradores y uno de los pocos en su círculo íntimo que no provienen de las fuerzas armadas. En vista de la precaria salud del mandatario, este nombramiento reviste hoy más importancia que en el pasado y es difícil suponer que los cálculos sucesorios no hayan formado parte de los criterios del presidente a la hora de tomar la decisión. Maduro no es el único con las posibilidades y las ganas de suceder a Chávez. Otros aliados del presidente tienen las credenciales, el dinero y los vínculos con grupos militares, políticos y con otros actores internacionales influyentes. Estos otros aspirantes no acatarán sin reaccionar la decisión de ser excluidos. Saben que el patrón establecido por Chávez es que una vez que se llega al poder no hay que dejarlo. Y que es posible retenerlo durante décadas. Lo que está en juego es la lotería con el premio más gordo de América latina.
  • El dedo y no los votos

    La Constitución establece que si el presidente no puede continuar en funciones hay que convocar elecciones. Dadas las circunstancias, ésta es una norma muy inconveniente para Chávez y su equipo. En sus 13 años en el poder, cada vez que una ley no le fue conveniente la cambió. No hay por qué suponer que no hará lo mismo en este caso. Lo ideal para Chávez y para la continuidad de su proyecto político sería que su vicepresidente concluya el período presidencial en caso de ausencia del presidente.
  • ¿Qué hacer?

    En vista del control de Chávez sobre la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo y todos los demás órganos del poder, si él decide cambiar la Constitución es difícil que la sociedad civil y las fuerzas políticas lo puedan impedir. La única esperanza es que los líderes democráticos del mundo alcen su voz en protesta y exijan a Chávez que abandone sus pretensiones dinásticas y permita que su sucesor sea elegido por el pueblo y no elegido a dedo. Será la oportunidad, por ejemplo, para que Dilma Rousseff o Lula da Silva rompan con el ensordecedor silencio que Brasil mantuvo con respecto a las conductas poco democráticas de Chávez. Ya es hora de dejar de felicitarlo y comenzar a exigirle públicamente que respete los principios básicos de la democracia.
  • © El País, SL

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