Lo que terminó fue la posguerra fría
Por Dante Caputo Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Muchos han dicho que habrá un antes y un después del 11 de septiembre. El "antes" fueron estos diez años de transición, desde el fin de la Guerra Fría hasta nuestros días.
Como toda transición, fue confusa e incierta. Sólo era claro lo que abandonábamos: el viejo orden de la bipolaridad, del llamado equilibrio del terror: "No te ataco, porque tu respuesta me destruiría".
Con la caída del muro de Berlín se desplomó también la organización del mundo que había regido desde fines de la década del cuarenta y muchos anunciaron un nuevo orden mundial. Hasta se proclamó el fin de la Historia.
Pero estos anuncios que evocaban la eternidad -todo sería así para siempre- sólo duraron tres o cuatro años. A mediados de los noventa se hizo infrecuente la mención del bienaventurado nuevo orden y en el primer año del nuevo siglo ya nadie hablaba de él. Sólo sabíamos que vivíamos la incertidumbre de la transición. Hasta hoy.
En estos años de transición, los Estados Unidos quedaron como la única potencia hegemónica y la globalización se profundizó. Pero no tuvieron una política permanente. La administración Clinton buscó liderar el mundo apoyándose en las nuevas formas de multilateralismo. Una fuerte apuesta a las Naciones Unidas y sus operaciones de paz para resolver los conflictos mundiales fueron la tónica. Luego esa política cambió, quizá más por razones políticas internas que por un cambio en su estrategia internacional. Surgió el fortalecimiento de la OTAN como el principal instrumento coercitivo para asegurar el orden mundial, reemplazando, de hecho, al Consejo de Seguridad y a las propias Naciones Unidas.
* * *
Paradójicamente, en un mundo que se globalizaba y que apostaba a la creación de un sistema normativo para regular las relaciones internacionales, la potencia hegemónica primero desconfiaba y luego francamente se oponía a quedar atrapada en las obligaciones jurídicas de los nuevos tratados internacionales. Así, se abstuvo de participar en el tratado de creación de la Corte Penal Internacional, de protección ecológica, minas antipersonales, armas pequeñas, entre otros.
En diez años se pasó de la apuesta a un orden multilateral regido por normas a la creciente insinuación de que la hegemonía se ejercería en los hechos, por la magnitud militar y económica de los Estados Unidos.
Los ataques del 11 de septiembre terminarán de volcar la balanza. Los EE.UU. serán más imperiales, su acción será más unilateral y sus prioridades se convertirán en las prioridades del sistema mundial.
Bush dijo que su país está en guerra. Se podría argumentar que, desde un punto de vista estricto, no hay tal guerra, porque no hay dos Estados usando la fuerza, condición esencial para calificar así a un hecho violento. Pero poco importa la distinción teórica. Los Estados Unidos afirman que están en guerra y por lo tanto habrá guerra. Y ése es el primer hecho que caracteriza al período que se abre: no importa lo que debe ser sino lo que es, porque así lo señala quien tiene el poder hegemónico.
Esto no es, por cierto, un rasgo particular de EE.UU.; ha sido -desde que el mundo tiene historia- la manera en que los grandes imperios ejercieron su dominio. La cuestión de seguridad y lucha antiterrorista se convertirá, primero, en la prioridad interior y, luego, en la prioridad de las relaciones internacionales de los Estados Unidos. Y esto no se agotará en las represalias a los autores de la barbarie del 11 de septiembre, sino que se marcará de una manera creciente para ejercer el control del orden internacional.
* * *
Además de las razones que exigen justicia para los responsables del 11 de septiembre, están las razones imperiales. Ningún Estado que ejerce la hegemonía puede tolerar, en su lógica, que se desafíe su poder.
Pero si así fueran las cosas surgen cuestiones inquietantes: cuán estable será un orden mundial basado sobre esas premisas, qué infierno desatará responder al demonio con sus armas, a qué apelarán las naciones sin fuerza para hacer oír sus derechos en un mundo donde la lógica del orden es la lógica de "sí porque sí y del no porque no".
Estados Unidos no es sólo una potencia mundial hegemónica, es el país líder de una civilización. De una civilización que es poderosa porque no hace de la moral una opinión relativa sino absoluta. Si esos valores dejaran de valer, quizá sobreviva un imperio, pero es probable que junto con las torres se desplome una civilización.
Los norteamericanos tienen un triple desafío: extirpar el terror, hacerlo como líderes de Occidente y consolidarse como potencia. Los dos primeros deberían, también, ser los nuestros.
Para enfrentarlos no es bueno esperar, con una cautela peligrosa, para ver qué hacen los otros. Debemos, como Nación, entender lo que vendrá, el nuevo orden de la posguerra fría, hablar intensamente con nuestros socios políticos y no esperar a que nos señalen el camino. El 11 de septiembre fue un acto de barbarie contra un pueblo. Los argentinos tenemos memoria de esto. También de lo que pasa cuando al terror se responde con terror.
En estas horas siento que hay dos puertas: una se abre sobre la lógica imperial; la otra, sobre la lógica de la civilización. No sé si podremos ayudar a que sea esta última la que se abra, pero no tengo dudas de que debemos intentarlo. Estamos obligados.




