
Los camboyanos reinventan a Pol Pot
La tumba del dictador es venerada ahora por campesinos que creen que da suerte
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ANLONG VENG, Camboya.- Sonriendo y conversando rápidamente sobre sus heridas de guerra, como un hombre que ha visto demasiada muerte, Som Neum, un aldeano de las montañas Dangrek, ataviado sólo con un sucio sarong en torno de su cintura, hace a un lado cañas y ramas mientras lleva a un visitante hacia arriba, hasta llegar a un pequeño claro.
Aquí, bajo un improvisado techo de chapa, se encuentra la tumba de uno de los peores asesinos masivos del último siglo, Pol Pot, que murió hace tres años dejando un país arruinado y sumido en el caos, un país en el que cada habitante es un sobreviviente herido o el hijo de uno de ellos.
Desde 1975 hasta 1979, Pol Pot gobernó Camboya encabezando el régimen del Khmer Rouge, responsable por la muerte de más de un millón de personas. El país nunca se ha recuperado.
En la tumba, Son Neum, de 40 años, se inclina y con todo cuidado retira de la tumba, con la punta de los dedos, algunas ramitas y hojas. Pol Pot fue un buen hombre, dice, así que él ha asumido la tarea de cuidar de este lote prácticamente abandonado.
Este es el lugar donde Pol Pot, rechazado al final incluso por sus fervientes seguidores, fue cremado cuando cayó en desgracia. Su cuerpo fue colocado sobre un montón de neumáticos descartados y basura, y el acre humo se elevó hasta llegar a la cima de los árboles de la selva.
Humildes ofrendas
Cerca de allí hay un pedazo de madera con la leyenda "Sede de la cremación de Pol Pot". Clavado bajo el techo se ve un letrero que dice "Por favor, ayude al mantenimiento de esto".
Lo que resulta más inquietante para un forastero es no que la tumba haya sido olvidada, sino que sea recordada: la gente ha venido aquí a rendir sus respetos. En la cabecera de la tumba hay un pequeño montón de humildes ofrendas: una lata vacía de cerveza Ankor, una botella plástica de agua, una barra de chocolate sin abrir, cinco colillas de cigarrillos y un pequeño ramo de marchitas flores.
"Vienen por los números de la lotería", dice Som Neum, escupiendo semillas de cerezas. "Le rezan a él. Le piden a su alma que les diga cuáles serán los números ganadores, y los números les llegan en sus sueños." Otros le piden buena suerte y salud.
Y quienes vienen aquí no son necesariamente sus más cercanos seguidores del Khmer Rouge. Como Som Neum, son aldeanos o soldados que habitan en estas montañas. En la muerte, al parecer, Pol Pot se ha convertido en algo semejante a un santo patrono de las montañas Dangrek. Aquí, a lo largo de la frontera septentrional con Tailandia, en uno de los últimos reductos del Khmer Rouge, es recordado por muchos con respeto y por otros incluso con reverencia. Fue aquí, a sólo unos metros del lugar de la cremación, donde Pol Pot vivió sus últimos días bajo arresto domiciliario después de que sus subordinados se volvieron contra él. Murió el 18 de abril de 1998, a los 73 años, aún jurando su inocencia y quejándose de su encierro.
Misterioso final
Sus seguidores dicen que murió de un ataque cardíaco, pero muchos otros creen que fue asesinado por sus propios hombres para impedir la captura y un juicio que pudiera haberlos relacionado con sus crímenes.
Fue un fin anticlimático para un hombre que destruyó a su país. Durante los años en que gobernó Camboya, hasta una quinta parte de su población murió por torturas, ejecutada, por enfermedades sin atender o por el agotamiento del trabajo forzado y la alimentación casi nula.
Con una demente visión de crear una utopía agraria comunista, Pol Pot vació las ciudades del país y masacró a todos sus habitantes educados, aboliendo el comercio, la religión, las artes y la vida familiar.
Dieciocho años después de que su gobierno fue derrocado por una invasión vietnamita, encabezó el movimiento guerrillero del Khmer Rouge, que siguió destrozando Camboya, hasta que la insurgencia se desplomó pocos meses después de su muerte.
Su nombre se ha convertido en un símbolo de horror en Camboya: "El tiempo de Pol Pot", dice la gente. Y, no obstante, muchos camboyanos, con su historia sepultada en el silencio y el rechazo de culpas, dicen que no saben si culparlo por lo que ocurrió. Incluso en el tiempo de los horrores pocos entendieron qué estaba ocurriendo o por qué; sólo sabían que estaban enfermos, muriéndose de hambre, agotados y temerosos por su vida.
Debido al interminable caos política en Camboya, nunca ha habido una cabal rendición de cuentas para aclarar los registros históricos. Y esto ha hecho que la gente se sienta libre para reinventar su pasado como una forma de atenuar su dolor.
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