Los jihadistas dejan la universidad destruida y repleta de explosivos

La de Mosul es la segunda de Irak, pero la actividad se detuvo durante el mandato de Estado Islámico
Hugo Passarello Luna
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20 de febrero de 2017  

Partes de la Universidad de Mosul están totalmente destruidas
Partes de la Universidad de Mosul están totalmente destruidas Crédito: Hugo Passarello Luna

MOSUL.- Tres hombres uniformados y con fusiles Kalashnikov caminan lentamente por calles sin gente y cubiertas de escombros. A cada lado hay edificios quemados o destruidos hasta los cimientos.

En uno de ellos se escucha un ruido de pasos sobre vidrios. Los tres uniformados se tensan, cargan sus fusiles y gritan: "¡Salgan! ¡Salgan!". "Es uno de los nuestros", dice uno al ver que son miembros de otras milicias que, como nuestros tres uniformados, custodian el campus este de la universidad de Mosul, reconquistado por el ejército iraquí a mediados de enero, luego de intensos combates que dejaron el sitio en ruinas.

"Es duro para mí ver la universidad así. Es difícil de entender", dice Ahmed Alrashidi, presidente de la asociación de estudiantes y alumno en la Facultad de Veterinaria.

En la segunda universidad en importancia de Irak estudiaban alrededor de 45.000 estudiantes antes de la llegada del grupo jihadista Estado Islámico, en junio de 2014.

Hoy algunos de sus edificios fueron borrados del mapa por los bombardeos aéreos de la coalición que lidera Estados Unidos y varios otros fueron incendiados por los jihadistas. Algunos de los que todavía siguen en pie esconden en su interior decenas de trampas explosivas dejadas por los combatientes de EI en su retirada hacia el oeste de Mosul, área todavía bajo control jihadista y donde hay otra sección de la universidad.

"Ahí está", dice Ahmed al ver la biblioteca central de la universidad. En 2015 los jihadistas la incendiaron con sus más de 7 millones libros. "Es la primera vez que la veo", dice Ahmed, que vuelve al campus luego de más de dos años de exilio en Erbil, capital del Kurdistán iraquí.

Si no fuera porque todo el campus está en silencio, nadie habría escuchado los sollozos que Marwan, uno de los tres milicianos que acompañan a Ahmed, intenta callar. "No soy estudiante. Pero me siento triste por los estudiantes y los profesores -dice Marwan, nacido y criado en Mosul-. Estoy orgulloso de protegerla."

El ejército iraquí dejó el campus en manos de las milicias, para lanzar la segunda fase de la operación: cruzar el Tigris, que divide la ciudad, y recuperar la zona oeste.

"Los jihadistas decían que estos libros eran heréticos, pero acá hay un ejemplar islámico", dice Ahmed mientras levanta un libro deshojado. Una fuerte explosión lo interrumpe. El campus está a sólo cuatro kilómetros del frente, a orillas del Tigris, y al alcance de los morteros que lanzan los jihadistas. Otra explosión la sigue, pero sale de la boca de un cañón de las fuerzas iraquíes instalado en las cercanías, y hace temblar el suelo cuando responde a los jihadistas.

"Ahora todo son cenizas", continúa Ahmed mientras mete la mano en una montaña de cenizas de lo que antes fue el orgullo de la universidad.

Ninguno de los milicianos osó entrar a la biblioteca porque temen que haya sido cargada de bombas. Gran parte de las instalaciones de la universidad fue minada con explosivos improvisados, una especialidad de los jihadistas, como es el caso del edificio del Departamento de Geología.

"Cuidado con el primer escalón", dice un miliciano mostrando una madera que, camuflada entre los escombros, cubre una mina. El final de la escalera también esconde otro explosivo adosado a la baranda. Al pasillo del primer piso no le faltan sorpresas tampoco. Si no fuera porque la luz del sol entra por una pequeña ventana en un ángulo preciso, ni el más precavido habría notado el delgado hilo transparente que cruza, bien tenso, el pasillo a un metro y medio del suelo.

Desde afuera llega el ruido de un nuevo estallido, seguido por gritos llamando a los milicianos. Un dron de EI acaba de lanzar una granada a cien metros, justo fuera del campus, e hirió a un civil. El campus y sus alrededores siguen siendo un área muy peligrosa para que los expertos en explosivos puedan venir a desminarla.

Detrás del vidrio del acuario de la universidad ya no quedan ni agua ni peces. Fueron reemplazados por pilas de proyectiles de morteros. Aprovechando los materiales químicos de la universidad, EI convirtió el campus en una fábrica de bombas. El califato se mantendrá con sangre, advierte un grafiti que los jihadistas dejaron escrito en uno de los vidrios antes de escapar al lado oeste de la ciudad.

Hace dos años, quienes escapaban eran los universitarios.

"Más de 15.000 estudiantes pudieron continuar sus estudios en Kirkuk y Dohuk", dice el presidente de la universidad, Obay Aldewachi, sentado en un café en Erbil. El gobierno del Kurdistán iraquí, donde encontraron refugio cientos de miles de desplazados, ofreció espacios en dos de sus ciudades para que la universidad siga funcionando, explica Obay con voz pausada y dificultades para articular. "Los otros estudiantes siguen en Mosul. Algunos son muy pobres y no pueden pagar el alojamiento y el transporte acá. Perdieron tres años y tendrán que esperar."

Por razones de seguridad, Obay todavía no puso un pie en la universidad desde 2014, cuando tuvo que escapar dejando todo atrás, como muchos mosulíes. "Antes de poder estudiar necesitas seguridad. Sin ella no puedes hacer nada", dice Obay, a quien EI le quemó su casa en Mosul en represalia por su posición en la universidad.

Todavía no hay fecha para la reapertura de la universidad y Obay estima en millones el costo para reconstruirla. Mientras tanto, en el pueblo de Bartella, a 15 kilómetros de Mosul, en el edificio de un colegio privado, las autoridades abrieron una nueva sede. De a poco, los académicos y estudiantes que durante más de dos años quedaron atrapados en el este de la ciudad se van acercando para recuperar el tiempo perdido.

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