Los secretos del fundador de WikiLeaks, al desnudo

Julian Assange, fundador de WikiLeaks
Julian Assange, fundador de WikiLeaks Fuente: Archivo
En una entrevista con lanacion.com, Daniel Domscheit-Berg, ex socio de Julian Assange, cuenta las internas del polémico sitio; "Cambió mucho, por eso me fui", dice
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7 de abril de 2011  • 20:55

MADRID - WikiLeaks, el sitio web que logró poner en evidencia, en ridículo y, a veces, también de rodillas a los poderosos del mundo tras quebrar sus más oscuros secretos, fue la razón y la excusa que unió las vidas de Julian Assange y Daniel Domscheit-Berg durante tres años en los que, montados sobre la cima de la organización informativa más temida por Washington, cosieron sueños de grandeza.

Hasta que el 15 de septiembre de 2010 -una fecha que el hacker alemán de 32 años hoy parece tener tan presente como la del cumpleaños de su hijo- Domscheit-Berg decidió pegar el portazo y dejar de ser uno de los voceros más consultados del planeta. "Julian cambió mucho a principios del año pasado. Dejó que su faceta egocéntrica aflorara de un modo tal que terminó por encerrarse en sí mismo, y a desconfiar de todo y de todos. Fue un cambio muy drástico porque, por ejemplo, cuando empezamos en 2007, el tenía al periódico The Guardian como diario de cabecera, pero para la época en que me fui yo, ya no quería hablar más con sus periodistas porque consideraba que formaba parte de una conspiración judía (en su contra)", afirma en su entrevista con lanacion.com en un hotel céntrico madrileño.

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A pesar de que apenas han pasado poco más de 6 meses de su ruptura con Assange, Domscheit-Berg ya ha conseguido transformar su despecho en el libro Dentro de Wikileaks, donde, además de retratar a su exsocio y examigo, centra sus esfuerzos en describir la concepción, el desarrollo, el apogeo y el virtual estado de parálisis en el que se encuentra actualmente el emprendimiento hecho por hackers que más repercusión global logró hasta el momento. "WikiLeaks, ahora, está detenido, ya que no cuenta ni siquiera con un servidor de correo electrónico. Sin embargo, cuando nos juntamos con Julian para arrancar con el proyecto, no tardó mucho tiempo en transformarse en lo que queríamos: una plataforma de Internet para sacar a la superficie todos los procesos de toma de decisiones y manejos del poder mundial que habitualmente se gestan amparados en el derecho al secreto. Para un anarquista como yo, este era uno de esos pocos sueños en la vida que se pueden hacer realidad tal y como uno los había imaginado", comenta.

Pero, tal como sucede en más de una historia de ficción -y real- la irrupción de la ambición y, sobre todo, de la posibilidad de ganar grandes sumas de dinero generaron las primeras diferencias en esta novela rosa de piratas informáticos sedientos de justicia idealista y transparente ética. Aunque Assange, en la versión de Domscheit-Berg, era el que había decidido cambiar la naturaleza de esa sed. "Julian empezó a pensar que no era mala idea dejar de proveer los contenidos de nuestros hallazgos a los medios sino, por ejemplo, vender de manera exclusiva el material sobre determinados temas a las grandes cadenas de televisión. Pero yo no estuve nunca de acuerdo con eso, porque no era el motivo por el que nos habíamos juntado para hacer Wikileaks".

No obstante, las diferencias se volvieron irreconciliables cuando el año último Assange fue acusado por la justicia sueca de haber violado a una joven y de haber acosado sexualmente a una segunda mujer, en circunstancias confusas. "Cuando el escándalo estalló, yo le pedí a Julian que diera un paso al costado en WikiLeaks hasta que todo quedara aclarado. Pero él lo tomó tan mal que llegó a decirme que yo cuestionaba su liderazgo... y la relación pasó a estar en un punto muerto", dice. Tras su partida, las descalificaciones de Assange, siempre según Domscheitt-Berg, siguieron su escalada, hasta que lo llegó a considerar como un "loco" que "trabaja para el FBI", ese mismo organismo que meses antes habían logrado sabotear. Pero entonces, el australiano ya no se parecía a esa suerte de discípulo de Pierre-Joseph Proudhon que tanto había admirado al principio. "Julian, al final, ya era el César", dice, mientras ríe por primera vez en la entrevista, aferrado a la esperanza de quedar en esta historia de secretos y traiciones como aquel al que le tocó reír último.

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