Los venezolanos invaden Boa Vista

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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26 de septiembre de 2019  • 02:49

Boa Vista es una típica ciudad brasileña de frontera, emplazada en el estado de Roraima . Un trecho de unos 220 kilómetros debe ser recorrido de alguna manera por los cientos de venezolanos que, huyendo de la miseria que genera el destructivo socialismo impuesto a los venezolanos desde hace ya cinco años por Nicolás Maduro , de la mano de Cuba, procuran llegar a ella desde la frontera para iniciar una nueva vida y esencialmente, poder comer y respirar libertad, lo que ciertamente no es poco.

Los 400.000 habitantes brasileños de Roraima (territorio que fuera anexado por Brasil en 1845) tienen ya a unos 53.000 venezolanos instalados residiendo en su ciudad, con todos los sobrecostos consiguientes, naturalmente.

No solo en asistencia, también en materia de saturación de los servicios que brinda el Estado a su población, tales como los hospitales y las escuelas.

Ocurre que hablamos del municipio más poblado de Brasil , caracterizado por un trazado radial de calles, copiado -salvando naturalmente las distancias- del que es característico de la ciudad de París, en Francia. En la ciudad capital del estado de Roraima hoy vive más del 65% de la población total de ese estado.

Brasil está esforzadamente tratando de distribuir a los venezolanos que llegan en el resto del país. Cada mes, unos 4.000 venezolanos dejan Roraima atrás y son trasladados por el gobierno a otras ciudades que los acogen. Pero, cada cuatro días, un número igual de venezolanos desesperados ingresa a Brasil.

Mientras tanto, algunas mujeres, en su triste frustración, recurren a la prostitución para poder subsistir. Otras, todavía peor, ofrecen a sus hijos en venta, por un centenar de dólares.

Las calles de la ciudad, como era de esperar, se han vuelto inseguras de noche, y muchas familias prefieren encerrarse herméticamente cada tarde en sus propias casas. Este es -para cada vez más personas- un desgraciado drama, que crece constantemente.

Todo esto gracias a quienes, desde el comunismo, se han apoderado de Cuba y, ahora además, de la postrada Venezuela .

Pese a todo lo que le sucede al pueblo venezolano, sumergido en el drama bolivariano, Nicolás Maduro sigue provocando como si los límites de la educación no fueran válidos también para él. Su última payasada acaba de tomar estado público. En efecto, ha calificado de "estúpidos" a todos aquellos que se refieren a Venezuela como a una dictadura . Lo hizo en una entrevista concedida al diario brasileño Folhia de Sao Paulo, señalando que, entre los estúpidos podrían estar sus propios compañeros de ruta, el exmandatario uruguayo José "Pepe" Mujica y el candidato presidencial argentino que hoy lidera las encuestas de intención de voto, Alberto Fernández. A lo que Maduro agregó que la expresidente chilena, la socialista Michelle Bachelet, hoy Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, "dice mentiras" sobre la situación en Venezuela.

Obviamente eso supone calificar a la señora Bachelet de mentirosa, lo que parece gratuito, mal educado y totalmente fuera de lugar. El reparto de insultos por doquier es propio de Nicolás Maduro. Está en su ADN. Esa característica lo transforma en un personaje repulsivo, indigno e indefendible. En la Argentina lo llamaríamos "patotero", sin temor a equivocarnos.

Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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