"No sabían si al día siguiente seguirían vivos"
El mediador humanitario durante la crisis recordó el drama de quienes fueron rehenes durante 4 meses
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"Los mensajes entre los rehenes y sus familiares tenían un valor simbólico muy importante. Les daba aliento, porque ellos no sabían si al día siguiente iban a seguir vivos o no." Así recuerda Michel Minnig, funcionario de la Cruz Roja, su papel como mediador humanitario en la dramática crisis por la toma, por parte de la guerrilla, de la embajada de Japón en Lima, de la que se cumplirá esta semana diez años.
Minnig, representante del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay desde 2004, estaba en la recepción que se celebraba en la residencia del embajador japonés en Lima el 17 de diciembre de 1996, cuando a las 20.19, un comando armado de 14 miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) irrumpió en el edificio y tomó como rehenes a unos 400 invitados, entre ellos empresarios, políticos, religiosos y militares. Para dejar ir a los rehenes, los captores pedían la liberación de cientos de rebeldes.
Luego de que los guerrilleros dejaran salir a la mayoría de los cautivos, la toma de la residencia diplomática se prolongó por más de cuatro meses con 72 rehenes, hasta que el 22 de abril de 1997 tropas del gobierno del entonces presidente Alberto Fujimori tomaron el edificio y, en 14 minutos, mataron a todos los rebeldes. En la operación también murió un rehén japonés, mientras que los otros 71 salieron ilesos.
Minnig, suizo de 54 años que tiene 20 de experiencia en tareas humanitarias como delegado del CICR y que ha trabajado en países como Irak, Líbano, Ruanda, Rusia, Nicaragua, Yugoslavia, Azerbaiján y Perú, habló con LA NACION sobre la toma de la sede diplomática.
-¿Cómo se desató la toma de la embajada de Japón en Lima?
-Yo estaba como invitado de la embajada, cuando de repente irrumpió el comando armado.
-¿Cómo fue ese momento?
-Hubo disparos, granadas, explosiones, y lo que complicó la situación fue también una respuesta externa. Las fuerzas de seguridad dispararon y nosotros estábamos en el medio.
-¿Usted fue el primero en salir?
-Es como un reflejo profesional. Nuestro trabajo consiste en tener contacto con todas las partes en una situación de confrontación, para poder ejecutar el trabajo humanitario. Si no se logra un acuerdo de esas partes, no hay posibilidad de intervenir a favor de las víctimas. Establecí un contacto con un miembro del comando, el que parecía el más destacado (Néstor Cerpa).
-¿Qué le dijo?
-Le dije que se volvía muy peligrosa la situación para todos los rehenes. Y me ofrecí para salir a proponer un cese el fuego, para que nuestra vida no estuviera en peligro. El aceptó mi propuesta y entonces dejé la residencia y le hice una propuesta a las fuerzas de seguridad, que aceptaron el cese del fuego. Fue el inicio de un trabajo que se hizo con el consentimiento de ambas partes, para facilitar la liberación de cientos de rehenes, porque el MRTA aceptó que las personas heridas, los ancianos y las mujeres pudieran salir.
-¿Después hubo otras negociaciones y otras liberaciones?
-Sí. Lo que hicimos al pasar los días fue continuar esa gestión para pedir la liberación de las personas retenidas. Esto duró unos 10 días, cuando quedaron 80 [rehenes] y después 72, que fue el número final [hasta abril].
-¿Cuál fue su trabajo después de ese momento?
-Era un trabajo de asistencia. Con el acuerdo de ambas partes, organizamos una primera distribución de alimento para los rehenes. Uno necesita de todo en esa situación: agua, atención médica, ropa, servicios de higiene. El CICR se hizo cargo de todo. Eramos unas 15 personas. También asistimos a los rebeldes, pero había que asegurarse de que no había objeciones del gobierno.
-¿Cómo fue la relación con las autoridades, que a la vez llevaban a cabo una negociación política?
-Nosotros básicamente teníamos dos papeles. Uno era facilitar el inicio de las negociaciones entre las partes, pero sin tomar partido, porque eso entra en el terreno político. Nuestra segunda función era velar por la seguridad y el bienestar de estas personas.
-¿Cómo vivían los rehenes?
-La vida en la residencia era como en una cárcel, había muchas restricciones, pero también podían charlar, había conferencias que daban algunos de ellos sobre su especialidad o interés. El ser humano tiene que estar ocupado porque, de lo contrario, los riesgos de caer en la depresión son grandes.
-¿Qué otras tareas tenían ustedes?
-Facilitar el intercambio de mensajes entre los rehenes y sus familiares. Estos mensajes tenían un valor simbólico muy importante, eran el único canal de comunicación. Les daba aliento e ilusión, porque no sabían si al día siguiente iban a seguir vivos o no.
-¿Cómo era la relación entre los rehenes y los secuestradores?
-Tenían contacto, pero era una relación a veces muy difícil, complicada; había tensiones grandes y nosotros teníamos que hacer muchos esfuerzos para que estas tensiones no crearan una situación de confrontación, lo que era muy peligroso porque los miembros del comando estaban muy armados. Había que velar por la calma adentro para que afuera no se desencadenaran actividades militares. Era un equilibrio sumamente delicado.




