Paganica, el pueblo que prácticamente fue borrado del mapa
Al igual que Onna, a dos kilómetros de distancia, sufrió graves daños; los habitantes, indignados
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PAGANICA (De una enviada especial).- "Todo me tiembla. ¿A usted no le tiembla todo? ¿Usted no siente que todo está temblando?" Marina Buscardi, viuda de 65 años, y ahora sin techo, vivía en este pueblo que fue epicentro del terremoto, y que ahora ya no existe.
Sentada a la vera de una ruta, llora. "Temblaba todo, es incontable lo que viví, nunca voy a tener valor para volver a entrar en un edificio", dice, vestida con su pijama rosa.
En Paganica -que queda a sólo seis kilómetros de L´Aquila, a los pies del monte Gran Sasso, que tiene sus cimas aún nevadas-, reina un silencio surrealista. El centro histórico del pueblo está inaccesible. Los bomberos cuidan los accesos y dicen que todo puede venirse abajo, que es peligroso. Y que no dejan pasar, además, porque ahora hay miedo de que lleguen los denominados "chacales". Es decir, los saqueadores, las aves de rapiña que se aprovechan de la tragedia para hacer sus negocios. "Ya arrestamos a cuatro malvivientes", cuenta un policía que impide el paso.
Ya no queda ninguno de los 4000 habitantes en Paganica, la mayoría de ellos gente de campo que vive de sus animales domésticos. Algunos han buscado refugio en casas de familiares, pero la mayoría se ha establecido en un campamento que los voluntarios llegados desde toda Italia levantaron en un campo deportivo en las afueras del pueblo.
"Sé que el gobierno de Berlusconi está hospedando a los refugiados en hoteles que hay en la costa del Adriático, pero yo no pienso irme, quiero estar al lado de mi casa, aunque esté destruida", dice Tommaso, un anciano que critica a las autoridades porque la ayuda llegó tarde, porque hay desorganización, porque "no trajeron suficientes carpas y mantas".
"No pueden entrar, todo puede venirse abajo y hay temblores cada 20 minutos", advierte Patrizia Zoia, una agente que controla uno de los accesos al casco viejo del pueblo, devastado por el temblor.
Sin embargo, un bombero y un voluntario, Emilio Succitti, acceden a acompañar a LA NACION a recorrer la zona del desastre. El sitio parece haber sufrido un bombardeo. Succitti cuenta que en Paganica fueron rescatadas cinco personas vivas y cinco muertas.
"Yo los conocía a todos; había un anciano de 80 años que estaba muy bien, muy activo; una monja de un convento de clausura, y tres señoras mayores de 70 años", cuenta. En Paganica ahora se calcula que hay entre 700 y 800 viviendas dañadas, de las cuales el 80% están destruidas, y el 40%, derrumbadas. Los edificios del centro histórico, de color ladrillo y con techos de teja, son viejos, muy pintorescos. El pueblo está rodeado por una campiña verde en la que saltan a la vista almendros en flor.
"Un estruendo espantoso"
Como todos los demás, Emilio sintió dos temblores de menor magnitud antes del terrible terremoto de las 3.32. "Fue un estruendo espantoso, de una intensidad indescriptible, y todo comenzó a saltar, fue una locura", comenta. "Lo extraño es que las casas estallaron en las plantas de abajo, no en los primeros pisos... Y lo extraño también es que hay casas totalmente derrumbadas a 20 metros de casas intactas, sólo con rajaduras", señala.
En lo que parece confirmar que fue una tragedia en cierta forma anunciada, Emilio cuenta que Antonio, un vecino de la zona, venía durmiendo fuera de su casa desde hacía 12 días. "Nosotros empezamos a sentir temblores en diciembre... Se movía todo, y la mayoría decía que era mejor así porque quería decir que el terremoto se estaba desahogando a través de pequeños temblores. A Giampaolo Giuliani, el investigador que anticipó todo y que casi fue arrestado por alarmar a la población, lo hicieron pasar por un brujo", comenta (ver aparte).
Pero es Onna, un pueblo de 350 habitantes que queda a dos kilómetros de aquí, el más castigado: el terremoto virtualmente también lo ha borrado del mapa. Según los voluntarios, el 90% de los edificios de Onna han sido destruidos. El saldo de víctimas también es mucho más elevado: 38 muertos y 40 desaparecidos bajo los escombros. Los socorristas, por la noche, bajo lluvia y granizo, se ven obligados a dejar de excavar. No son optimistas. "Pasaron demasiadas horas", dicen.
A Angelo Fiore, todavía en pijama, al igual que sus hijos Emanuele, de 12 años, Sara, de 9, y Stefano, de 6, dentro de una de las carpas azules montadas por la Protección Civil en la tendopoli de Piazza delle Armi, en las afueras de L´Aquila, le cuesta encontrar palabras para describir su indignación: "Esta es la tradicional tomadura de pelo de Italia: hacía dos meses que se hablaba de terremoto en L´Aquila, pero nadie hizo nada".



