Pekín observa con lupa cada movimiento de Bergoglio

Macarena Vidal Liy
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28 de noviembre de 2017  

Durante el periplo de Francisco por el sudeste de Asia, un país tendrá la vista puesta en cada gesto y cada detalle del Papa: China. Pekín y la Santa Sede carecen de relaciones diplomáticas. Pero se están explorando mutuamente, con cautela, para buscar un acercamiento, que el pontífice argentino, como su predecesor Benedicto XVI, considera una prioridad. Hasta ahora, la posibilidad de un deshielo ha chocado con un problema hasta ahora irresoluble: la firmeza del Vaticano en que solo el Papa tiene potestad para nombrar obispos. Pekín considera esa posición una injerencia en su soberanía.

El Papa rompió en 2014 con décadas de frialdad al enviar un telegrama de saludo a su paso sobre espacio aéreo chino camino de Corea del Sur. En mayo, China regaló al Vaticano dos obras del pintor Zhang Yang. Hasta ahora, Pekín ha enviado señales mixtas: esta semana, China y el Vaticano han acordado el intercambio de obras de arte para exposiciones en sus respectivos museos en marzo. China ha dicho que espera que el gesto sirva para establecer confianza mutua y "contribuir a la normalización de relaciones diplomáticas". Aunque, también esta semana, se ha filtrado a los medios locales que Pekín ha prohibido a las agencias de viaje que ofrezcan visitas al Vaticano.

La razón de ese castigo es Taiwán, que China considera parte inalienable de su territorio. Precisamente, uno de los motivos por los que Pekín actúa con pies de plomo sobre el acercamiento al Vaticano. La Santa Sede es uno de los pocos países que reconocen a la isla como un Estado.

Para entablar relaciones, Pekín exige que los países renuncien a vínculos diplomáticos con Taipei. Pero Taiwán es un importante enclave en Asia para el Vaticano: aunque solo cerca del 1,5% de su población (300.000 personas) practica el catolicismo, su presencia es visible a través de universidades como Fu-jen o Wenzao. El vicepresidente, Chen Chien-jen, es uno de sus creyentes.

El otro gran problema es qué ocurriría con los sacerdotes y feligreses católicos dentro de China que se han enfrentado al régimen por defender su obediencia al Papa por encima del Estado.

El Vaticano debe conjugar estas preocupaciones con el potencial que ofrece China. Mientras en Europa y otras partes del mundo el catolicismo está estancado y las vocaciones disminuyen vertiginosamente, la segunda potencia económica del mundo vive una explosión de interés religioso.

El cristianismo, llegado a China de la mano de los jesuitas San Francisco Javier y Matteo Ricci en el siglo XVI, apenas contaba en 1949 con dos millones de creyentes. Hoy suma cerca de 40 millones de fieles entre las distintas confesiones. Pero algunos expertos calculan que la cifra real puede sobrepasar la de 88 millones de militantes del Partido Comunista de China. El país podría convertirse para 2030 en el de mayor población cristiana de la Tierra, con 247 millones de creyentes.

El catolicismo (junto el protestantismo, el islam, el budismo y el taoísmo, una de las cinco religiones que Pekín reconoce oficialmente) se encuentra estancado en torno a los 12 millones de fieles.

El comienzo del nuevo mandato del presidente chino, Xi Jinping, abre un interrogante sobre cómo evolucionarán los contactos entre el Vaticano y Pekín. Pero el jefe de Estado ha expresado en varias ocasiones suspicacias sobre las ideologías procedentes del extranjero, y durante sus primeros cinco años de mando ha estrechado fuertemente el control sobre la sociedad civil, las minorías étnicas y las religiones. En provincias como Zhejiang, una de las de mayor población cristiana, retiraron centenares de cruces de iglesias. Este mismo mes, en una localidad de Jiangxi, las autoridades recomendaron a los cristianos que cambiaran las imágenes de Jesús por pósteres de Xi para ser incluidos en los planes oficiales contra la pobreza.

Durante la estancia papal en Asia, China escrutará cuidadosamente cuanto haga el Papa. Y el Pontífice tendrá en cada uno de sus actos el ojo puesto en Pekín. La tarea de Francisco, a la hora de normalizar las relaciones de la Iglesia con el régimen chino, se presenta ardua.

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