Profesión, migrante: la odisea de 12 años de un africano para llegar a Europa

El liberiano Mayango Jallah lleva gastados US$ 14.500 desde 2004 en cinco intentos para llegar a una "sociedad normal"; robos, cárcel y trabajo golondrina
Edward McAllister
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18 de septiembre de 2016  

Mayango Jallah desistió de su sueño europeo y ahora planea viajar a Cuba para luego trasladarse a Canadá
Mayango Jallah desistió de su sueño europeo y ahora planea viajar a Cuba para luego trasladarse a Canadá Fuente: Reuters - Crédito: Joe Penney

AGADEZ, Níger.- Mayango Jallah recuerda que en su segundo intento por llegar a Europa, desde el bote en el que estaba se llegó a vislumbrar el sudeste de España.

"Vimos la luz, brillante", dice Jallah, un liberiano graduado en ciencias políticas. "Era como llegar al cielo."

Pero los guardacostas lo atraparon y pasó un mes en una cárcel de Marruecos. Eso ocurrió en 2006, pero la experiencia no lo disuadió.

A los políticos europeos los preocupa el flujo desde África de los que llaman "migrantes económicos", y dicen que hay que hacer más que mejorar las condiciones de vida en sus lugares de origen para frenar esa marea. Pero por cada uno que llega a Europa muchos quedan en el camino. "No puedo volver a casa así, con las manos vacías", dice Jallah mientras toma jugo de ananá en un bar en Agadez, Níger, cruce de caminos de los viajeros que llegan de África Occidental cada semana. "Quiero seguir estudiando, hacer un posgrado... Con un posgrado en Europa, puedo ir a trabajar a donde sea."

Jallah calcula que en total ha gastado unos US$ 14.500 en cinco intentos durante 12 años para llegar a una "sociedad normal", según sus palabras. Ganó ese dinero enseñando, realizando trabajos de construcción y albañilería, y falsificando documentos de refugiados.

La guerra en Siria ha desplazado a millones de sus hogares y es el foco a corto plazo de la crisis migratoria europea. A largo plazo, dicen los altos funcionarios de Bruselas, la verdadera preocupación es África.

En lo inmediato, la Organización Internacional para las Migraciones (IOM, por su sigla en inglés), calcula que este año pasarán por la región de Agadez unos 300.000 migrantes, más del doble de los 120.000 estimados del 2015.

La historia demuestra que no son los más pobres los que emigran. La mayor parte de los que emigraron a los Estados Unidos en el siglo XIX provenían de Gran Bretaña y los países del Mar del Norte. Los de Europa Oriental llegaron muchos después. Mientras una nación se desarrolla, la migración crece, dice Giulia Sinatti, académica de la Universidad de Ámsterdam. La migración sólo empieza a decrecer cuando la economía alcanza un punto en el que la gente ya no tiene un móvil económico para irse. En la mayor parte de África Occidental, falta mucho para ese momento.

Las remesas a Liberia suman US$ 570 millones y representan un 28% del PBI, según el Banco Africano de Desarrollo, el porcentaje más alto de toda África. En 2015, el total de remesas a África fue de US$ 64.000 millones, más del 30% de todas las transacciones financieras hacia ese continente. "Cuanto más se desarrolla un país, más gente tiene los medios para irse", dice Sinatti. "Es una utopía creer que podemos frenar esto."

Jallah es alto y delgado. A diferencia de otros migrantes que están en Agadez, va de saco y camisa. Cuenta que creció con otros 10 chicos en un bullicioso hogar de Monrovia, capital de Liberia. Dormían en dos pequeñas habitaciones y solía faltar la comida, pero sus padres eran maestros, así que todos asistían a la escuela. "Supe de Europa desde chico, del desarrollo y de su gobierno", dice Jallah. "Y pensé que en una sociedad así, uno tiene más oportunidades."

Como casi todos los liberianos, la familia de Jallah quedó destrozada por la guerra civil, que estalló en 1989 y duró 14 años. Jallah escapó con su padre en 1994 y se refugiaron en Costa de Marfil, un camino a pie de 400 kilómetros de un mes.

En 2001, cuando logró recibirse en la Universidad de Monrovia, soñaba con estudiar resolución de conflictos en el Instituto para el Medio Ambiente y la Seguridad de Naciones Unidas, en Bonn. Ese año solicitó visa de estudiante para Alemania, Noruega y Canadá: fue rechazado.

Jallah pagó su primer intento a principios de 2004 con los US$ 2000 que había ahorrado como docente en Costa de Marfil, y con pequeñas contribuciones de sus amigos. Decidió viajar liviano: un poco de ropa, y una carta de recomendación de su universidad que esperaba le sirviera de algo ante las aduanas europeas.

La ruta estaba preestablecida: en ómnibus a través de Mali y Burkina Faso hasta Agadez, donde los migrantes compraban a los traficantes de humanos un pasaje hasta Argelia o a través del Sahara hasta Libia. Desde ahí, su suerte pasaba a manos de los traficantes del Mediterráneo.

Jallah casi había llegado a Argelia cuando el camión en el que viajaba fue secuestrado por bandidos del desierto que lo golpearon y le robaron el dinero que llevaba.

Encontró trabajo como pintor y albañil en el sur de Argelia por unos US$ 4,5 diarios, luego fue hacia el Este hasta Sabha, Libia, donde había más trabajo. Un amigo de la infancia que había logrado llegar a Alemania le mandaba cientos de euros por Western Union. Con eso, Jallah llegó hasta Trípoli, donde pagó US$ 1200 para cruzar el Mediterráneo en barcaza hasta Italia.

"El galpón de espera estaba sobre la playa", dice Jallah. "Éramos unas 200 o 300 personas esperando, día tras día, mirando el mar." Al sexto día, una banda de milicianos entró abriendo fuego y exigiéndoles dinero. Frustrado y casi sin dinero, encaró de regreso hacia Costa de Marfil.

Su segundo viaje, a España en 2006, fue barato, pero fue el que terminó en la cárcel marroquí. Para principios de 2008, había ahorrado unos 6750 dólares. "Pensé que tal vez era más fácil ir a través de Libia."

En Trípoli, el precio del cruce a Italia había aumentado a US$ 1500. Y otra vez unos bandidos asaltaron la casa donde estaba esperando. En 2012, Liberia y gran parte de África Occidental experimentaban un vertiginoso crecimiento económico, gracias al boom de las materias primas. Jallah se volcó a la vida delictiva.

Ocho meses después de que la Primavera Árabe se llevara puestos a varios líderes africanos, Jallah se puso nuevamente en marcha. Para entonces, Libia ya era un caos: nadie tomaba el camino de Trípoli. Varado en Argelia, empezó a falsificar documentos por dinero. Trabajaba solo y tenía sólo tres clientes, pero fue suficiente para atraer la atención de las autoridades.

La policía lo arrestó en un cibercafé y lo metieron a un calabozo común. Al final, le dieron seis meses.

Jallah estima haber gastado unos 5000 dólares en barcos. Ha coimeado a policías y guardias fronterizos por otros miles de dólares, a su paso por Nigeria, Mali y Burkina Faso. Los traficantes que los llevaron a través del Sahara le cobraron US$ 500 en cada viaje.

Ahora Jallah se acerca a la mediana edad y dice tener planes de solicitar una visa de Cuba. Desde ahí, piensa subirse a un bote que lo lleve a Miami, donde tiene un amigo con conexiones. Su destino final: Canadá. Total del viaje: US$ 4.000.

Jallah sigue fantaseando con lo que podría haber sido y no fue. En 2006, en aquel segundo intento, Jallah recuerda haberle urgido al capitán que zarpara antes de las 7 de la tarde para que los botes de los pescadores les sirvieran de camuflaje. Pero no salieron hasta las 11 de la noche.

"Si me hubiera hecho caso -lamenta Jallah-, lo habríamos logrado."

Traducción de Jaime Arrambide

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