Se empieza a ver la luz al final de un túnel de sangre y fuego

Luís Bassets
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14 de diciembre de 2012  

Madrid- La revolución siria es un túnel interminable, más largo que cualquier otro período de luto y sangre en que se adentraron los países que se sacaron de encima dictaduras en la geografía árabe en los últimos años. Dura ya 21 meses, y su balance es aterrador: a diferencia de las entre 10.000 y 15.000 vidas perdidas en Libia según la ONU, Siria va por las 40.000 muertes, dos millones de desplazados, medio millón de refugiados y la destrucción irrecuperable de ciudades e infraestructura.

El durísimo y prolongado enfrentamiento entre el régimen y la oposición es una auténtica guerra de desgaste. La oposición demostró que no va a doblegarse, a pesar de la escalada militar para sofocar un movimiento que primero empezó como meras manifestaciones urbanas todos los viernes, pronto se convirtió en revuelta violenta y terminó como una guerra civil con guerrillas numerosas que consiguen liberar territorios y ocupar instalaciones militares.

La resiliencia demostrada por el régimen es igual de prodigiosa, en su caso ante dos frentes: el militar interno y el diplomático internacional, en el que el cerco se fue estrechando y el aislamiento acrecentando. Y sólo se explica por su carácter de dictadura militar, bien pertrechada para misiones tan terroríficas como la actual, los auxilios de Rusia e Irán y la resolución y crueldad del grupo dirigente alrededor del presidente Bashar al-Assad.

Éstas son las piezas que garantizaron hasta 2011 la pétrea estabilidad de un país de minorías, sobre el que pivotean vectores de tensión e intereses que cruzan Medio Oriente: chiitas y sunnitas, sionismo y nacionalismo árabe, fundamentalismo y laicismo.

También influyó la incapacidad de la comunidad internacional para actuar como en Libia. Fracasaron los intentos de abrir el camino hacia la creación de una zona de exclusión aérea o de una protección de la población civil, que implicaba una resolución de la ONU para dar cobertura legal al uso de la fuerza. Moscú y Pekín no están por la labor, pero otros países consideran que la misión dirigida por la OTAN desbordó el mandato internacional con unos bombardeos que no servían para proteger a la población, sino para decantar la guerra en favor de los rebeldes. Aquel antecedente pesó en contra de la repetición de la jugada libia.

A falta de resolución, la guerra civil siria está entrando en una nueva etapa, para algunos definitiva. El régimen perdió el control territorial de grandes zonas del país, incluidos suburbios de Damasco. Los grupos armados consiguieron pequeños éxitos militares, como capturar bases del ejército o interrumpir la actividad del aeropuerto internacional de Damasco. Según observadores, el Estado controlado por Al-Assad está por convertirse en una facción armada más entre las muchas que combaten por el dominio territorial.

Internacionalmente es un régimen apestado. La reunión de anteayer en Marrakech, en donde se reconoció al nuevo organismo unificado de la oposición, la llamada Coalición Nacional de las Fuerzas de Oposición y de la Revolución Siria, es una cachetada a Al-Assad que abre un camino al derrocamiento. Consistiría en la liberación de una parte del territorio, la instalación de un gobierno provisional y la apertura de vías de suministro internacional de armas para la resolución de la crisis.

Aunque no se ha llegado a este punto, el reconocimiento internacional de la oposición y la exclusión por Estados Unidos de un grupo guerrillero afín a Al-Qaeda parecen los pasos previos al suministro de armas que necesita la oposición para entrar en una fase resolutiva. Muchas son las dudas que acechan a los sirios en su túnel, pero ahora se atisba un punto de luz que anuncia un final que ojalá fuera más próximo de lo que pensamos. © EL PAÍS, SL

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