Brexit: Tras la ruptura, el desafío de contener los sueños separatistas

Luisa Corradini
Luisa Corradini LA NACION
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1 de febrero de 2020  

LONDRES.- Después de extraer a Gran Bretaña de la Unión Europea ( UE), el principal desafío que deberán enfrentar el primer ministro, Boris Johnson -y eventualmente sus sucesores-, será mantener la unidad del país, seriamente amenazada por la fuerte tentación de independencia de Escocia, las aspiraciones irlandesas de unificación y las enormes heridas que dejó el Brexit dentro del país.

Las promesas de unidad nacional formuladas por Johnson quedaron cuestionadas antes de que se concretara la separación por la proclama independentista del gobierno escocés. La primera ministra, Nicola Sturgeon, recordó que el tema de la independencia encabezaba la agenda de la región gracias a las posibilidades abiertas por el Brexit, que "obligó a los escoceses a salir de la Unión Europea contra su voluntad".

En el referéndum de 2016, 62% se pronunció a favor de la permanencia. Pero tres años y medio después fue arrastrada fuera de Europa por el gobierno británico.

El Brexit, en realidad, se convirtió en un buen pretexto para justificar las ambiciones latentes en la región. Los independentistas perdieron el referéndum sobre la independencia de 2014 por 44,7% de votos favorables frente a 55,3% en contra. Pero en ese momento nadie hablaba del Brexit y no existía la amenaza de un divorcio de Europa.

La imponente manifestación organizada anoche en Edimburgo para rivalizar con los brexiters que festejaban en Londres confirmó la determinación escocesa y la gravedad de una brecha que es más profunda de lo previsto.

En ese marco, Sturgeon confirmó que el gobierno escocés presentará formalmente una consulta a la Comisión Electoral sobre la convocatoria de un referéndum sobre la independencia. La líder del Partido Nacional Escocés anunció que buscará "ampliar la coalición" que puede apoyar esa consulta en la Cámara de los Comunes. Hace un mes, Johnson se negó a aceptar esa hipótesis. Es poco verosímil que el Parlamento, dominado por una amplia mayoría de diputados conservadores, ahora acepte alegremente que el país se ampute un brazo.

Esa perspectiva no desanima a Sturgeon, convencida de que la independencia escocesa "depende de nuestra capacidad de persuasión".

Johnson enfrenta el mismo dilema en Irlanda. En esa isla, aún atormentada por una guerra civil de 29 años que provocó más de 3600 muertos, ni siquiera han empezado las negociaciones aduaneras y comerciales que plantea la división fronteriza entre la República de Irlanda y la provincia británica de Úlster, ahora fuera de Europa. "Se festejó el Brexit como si todo hubiera terminado", se quejó el viceprimer ministro irlandés, Simon Coveney.

En un país que no terminó de cicatrizar las heridas del conflicto y donde los grupos paramilitares siguen armados, el trauma del Brexit y la frivolidad política de Johnson impulsaron una corriente partidaria de la unificación entre ambas partes de la isla. Esa tendencia puede resultar un peligro para la paz irlandesa y la unidad del Reino Unido.

A esas amenazas hay que agregar las tensiones racistas que pueden brotar con los inmigrantes que residen en el país, a los cuales una parte de la población acusa de "robarles el empleo a los británicos". Cuando se conocieron los resultados del Brexit, grupos de extrema derecha emprendieron una despiadada cacería de extranjeros, en particular de Europa del Este.

Esas turbulencias políticas permitieron a los gobernantes británicos -desde David Cameron hasta Boris Johnson- disimular la magnitud de la fractura social que divide a la sociedad británica. El presidente francés, Emmanuel Macron, anticipó la respuesta al decir que la "campaña por el referéndum estuvo basada en mentiras, exageraciones y promesas de cheques que jamás llegarán". Ahora les llegó la hora a Johnson y otros, como Nigel Farage, de poner en práctica las promesas formuladas desde 2016 y demostrar si era cierto que Londres enviaba 250 millones de libras por semana a Europa.

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