Ultimo adiós en Senegal a Leopold Senghor

Por José María Cantilo Para LA NACION
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29 de diciembre de 2001  

Senegal despide hoy a su hijo más amado: Leopold Senghor. Los habitantes de este país, donde el sol se funde con el mar y donde cada atardecer es un poema nuevo, confluyen en Dakar para decir su último adiós al presidente-poeta.

La tristeza deja paso a la melancolía, al recuerdo de la epopeya. Hay una mágica predestinación en el futuro de aquel chiquillo que, noventa años atrás, recorriera las callejuelas de su Joal natal -a la que dedicará uno de sus célebres poemas-, de aquel joven condiscípulo de Pompidou en el liceo parisiense, de aquel profesor de gramática francesa que tanto en la Ciudad Luz como en Dakar asombra por el dominio de la lengua de Voltaire.

Siendo ya presidente de Senegal, convoca todos los jueves a los redactores del periódico Le Solei" y, tiza en mano frente a un pizarrón, analiza el fondo, pero sobre todo la forma de los artículos publicados, destacando cada error de sintaxis o de gramática. Así se formará una generación de periodistas junto al maestro impenitente. Senghor fue un francófono que sentía debilidad por el idioma francés. Un idioma del cual conocía todos los recursos. Abjuraba de las frases mal redactadas, de los tiempos que no concordaban, de los neologismos desafortunados.

Junto a Césaire y a Leon Gontran Damas, Senghor afrontó el combate común por la rehabilitación del hombre negro, herido y humillado por siglos de esclavitud y de colonización. Así como se confundieron sus juventudes, se unieron más adelante sus destinos literarios, sus sueños y sus angustias. De ese combate surgió el concepto de "negritud", una suerte de racismo-antirracista que puso de relieve los valores de la civilización del mundo negro, su mensaje de emoción, su coraje, su ritmo, su calor humano.

Senghor fue quien desarrolló e hizo célebre el concepto. El fue quien lanzó la teoría del arraigo, de la apertura, del dar y recibir, origen de la civilización de lo universal, cruzamiento del elemento negro y el helénico.

A este hombre refinado y humilde pertenecen los grandes primados, los premios de excelencia: primer catedrático africano en gramática francesa, primer presidente del Senegal independiente, primer jefe de Estado que dejó voluntariamente el poder, primer africano admitido como miembro de la Academia Francesa para ocupar el sillón del duque de Lévis-Mirepoix. Toda una vida poética fue honrada con esta nominación. Sus "Hostias negras", escritas en la prisión durante la Segunda Guerra Mundial, son el conmovido homenaje al heroísmo de sus compatriotas-soldados, muertos para liberar a Francia. "Cantos de sombras" fue, en realidad, su primer libro de poemas, pleno de esperanza, de nostalgia, de solidaridad. Mas tarde llegarán otros.

Amores

Hay una latente paradoja en la vida de Senghor. Atraído por Africa y por Occidente, él fue una simbiosis de esos dos amores tiránicos. Enamorado del idioma francés, lo fue también del wolof y del dialecto serere . Tras un primer matrimonio con una mujer negra, conoce y esposa a una blanca, una rubia de Normandía que lo acompañará el resto de su existencia. En un país de mayoría musulmana es él, un católico, el primer presidente, y llega a la más alta magistratura con el generoso apoyo de los grandes califas. El padre de la patria senegalesa no es propiedad de ninguna comunidad en el país que ha hecho un culto del pluralismo y de la tolerancia.

A los 54 años asumió la presidencia y a los 74 la abandonó. En ese fecundo período sentó las sólidas bases del Estado actual, consolidando la conciencia nacional. Senghor logró el milagro de que en un país multiétnico -como lo es toda el Africa negra- el toucouleur, el peule, el serere o el diola se sintieran senegaleses de pleno derecho antes que miembros de una región o de un grupo particular. Cuando dejó el poder no faltaron quienes lo acusaron de europeísta y de político que hacía privar lo cultural en un medio acuciado por las necesidades materiales. Nunca respondió a las críticas.

Viajero infatigable, conoció como presidente a De Gaulle, Mao, el Sha de Irán, Kennedy, Nixon, Golda Meir. A ellos les explicó los valores del mestizaje cultural y de la civilización de lo Universal. Y en las cátedras de las grandes universidades extranjeras desarrolló la profunda convicción de su nuevo humanismo.

El autor es embajador argentino en Senegal.

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