Un complot contra los EE.UU.
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MIAMI.- Es difícil leer la nueva novela de Philip Roth, "El complot contra los Estados Unidos de América", y no pensar en George W. Bush. Esto, a pesar de que Roth, ganador del premio Pulitzer y autor de novelas tan notables como "El lamento de Portnoy" y "La mancha humana", desmiente categóricamente que haya tenido la intención de trazar un paralelo entre el período que retrata -los Estados Unidos de 1940- y el actual.
Para probarlo, explica que comenzó a escribir su novela en enero de 2001, pocos días antes de que Bush asumiera la presidencia y cuando nadie concebía la posibilidad de un atentado como el que ocurrió el 11 de septiembre. En su libro, Roth imagina a los Estados Unidos durante la presidencia de Charles A. Lindbergh, un as de la aviación que fue el primer piloto en cruzar el Atlántico en un vuelo solitario y una de las primeras auténticas celebridades internacionales, que nunca ocultó su simpatía por Hitler ni sus sentimientos antisemitas, convencido como estaba de la supremacía de la raza blanca y la fe cristiana.
En realidad, fue Franklin Delano Roosevelt quien ganó las elecciones de ese año ( su tercer período consecutivo), pero en un artículo que escribió para el New York Times Roth cuenta que en diciembre del 2000, mientras leía unas pruebas de la autobiografía del historiador Arthur Schlesinger, se topó con una referencia al hecho de que en 1940, cuando sólo quedaba Inglaterra para contener la ocupación nazi de Europa, algunos republicanos propiciaban la candidatura de Lindbergh. La referencia lo llevó a plantearse la pregunta de qué hubiera sucedido si, efectivamente, Lindbergh se hubiera postulado y triunfado en esa elección.
Una de las razones por las cuales se hace difícil no comparar los hechos que Roth describe con la presidencia de George W. Bush, es que, en 1940, los Estados Unidos eran una nación profundamente dividida entre republicanos aislacionistas, que creían que los Estados Unidos debían mantenerse al margen de la guerra europea, y demócratas intervencionistas, que consideraban que era necesario detener a Hitler antes de que invadiera Inglaterra y completara su dominio de Europa.
En la novela de Roth, el presidente Lindbergh cumple con su promesa de mantener a Estados Unidos al margen de la guerra, firmando un pacto de no agresión con la Alemania nazi y con el imperio japonés y embarcando al país en un programa de asimilación en el que las minorías, particularmente los judíos, son "alentadas a incorporarse a la gran sociedad norteamericana" lo cual significa desprenderse de sus particularidades culturales y religiosas.
Más allá de la ficción que propone Roth, lo cierto es que en esos años ser judío no constituía una condición igualitaria en la Norteamérica blanca y protestante. Los judíos estaban sujetos a cuotas de admisión en la universidades y padecían toda suerte de restricciones en empresas, hoteles y clubes sociales. Algunas figuras prominentes como Henry Ford, el senador de Montana Burton K. Wheeler y el propio Lindbergh no vacilaban en utilizar los estereotipos más burdos para denunciar la supuesta "influencia judía" en todos los sectores, desde la economía hasta la cultura.
Pasado y presente
De este modo, la premisa de Roth no es necesariamente fantasiosa y, como advierte el propio autor, que el fascismo se hubiera entronado en Europa y no en los Estados Unidos es meramente accidental. Roth cuenta la historia desde la perspectiva de un niño de 7 años llamado, no casualmente, Philip Roth, que vive en Newark, Nueva Jersey, la ciudad natal de Roth, cuya familia no se diferencia mucho de la del escritor. Y es precisamente esta dimensión familiar la que posibilita que la alternativa histórica sea creíble.
A medida que el régimen de Lindbergh profundiza su fascismo, la realidad se vuelve cada vez más siniestra. Se produce un equivalente de la kristallnacht, la "noche de los cristales rotos", en Detroit, y el canciller alemán Von Ribbentrop es recibido con todos los honores en la Casa Blanca. Roth asegura que no ha tratado con su novela de "iluminar el presente a través del pasado", sino meramente "iluminar el pasado a través del pasado". Pero no oculta su desilusión frente a la realidad actual. A los 71 años, afirma: "Nuestras vidas en tanto norteamericanos son tan precarias como las de cualquier otro: todas las garantías son provisionales, aun aquí, en una democracia de 200 años".
Tal vez por eso la historia que se propuso recrear se le escapa de las manos y enfatiza su propia moraleja.






