Un conflicto que logra justo todo lo que el chavismo busca evitar

Angel Bermudez
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1 de junio de 2013  

BOGOTÁ.- Henrique Capriles tiene ahora un inesperado mejor amigo: el gobierno de Nicolás Maduro. La desmesurada reacción de los principales referentes del oficialismo venezolano se convirtió en la mejor caja de resonancia que podía encontrar el líder de la oposición para hacer que el mundo supiera sobre su reunión privada con el mandatario de Colombia, Juan Manuel Santos.

Los líderes del chavismo acusaron a Bogotá de descarrilar las relaciones con Caracas y amenazaron con poner fin a la participación de Venezuela como país facilitador en los diálogos de paz entre el gobierno de Santos y las FARC, que se realizan en La Habana. Sus airadas declaraciones se abrieron paso hacia los titulares de la prensa internacional. Ni en sus sueños pudo Capriles imaginar que su visita a Colombia tendría tanto eco.

En realidad, al oficialismo le sobran las razones para estar molesto con la decisión de Santos de recibir a Capriles. El mandatario de Colombia rompió el cerco que restringía los contactos de los gobiernos extranjeros con la oposición venezolana y que era mantenido con acciones disuasorias, como el ataque virulento del presidente Nicolás Maduro contra el ahora ex canciller de Perú Rafael Roncagliolo, a quien acusó de inmiscuirse en asuntos internos de Venezuela y, por tanto, de haber "cometido el peor error de su vida".

Al reprochar públicamente a Santos por reunirse con el dirigente opositor, el chavismo deja en evidencia una situación muy incómoda para Caracas: Santos no cree en la versión oficial de lo que ocurre en Venezuela. O lo que es igual: Santos no le cree a Maduro.

Las amenazas contra el presidente de Colombia son inmerecidas, pues desde su llegada al poder cumplió escrupulosamente con la exigencia de Chávez de evitar la formulación abierta de acusaciones en contra del gobierno de Venezuela que pudieran dar munición a los críticos internos e internacionales del chavismo.

En su esfuerzo por contemporizar con el oficialismo venezolano, Santos mantuvo un riguroso silencio y viajó a Venezuela cada vez que se lo requirieron para darle legitimidad al gobierno. Así, acudió a Caracas para los funerales de Chávez y para la jura de Maduro. De igual modo, la canciller María Ángela Holguín fue, junto a su homólogo de Ecuador, la primera jefa diplomática en reunirse con Elías Jaua cuando, recién designado canciller, en enero, la oposición manifestaba dudas sobre la legalidad de su nombramiento, firmado por un Chávez convaleciente.

Consecuente con esta política de evitar avergonzar públicamente a Caracas, Santos recibió a Capriles en una reunión privada sin ofrecer a la prensa más que unas fotos del encuentro. De igual modo, ante los ataques del chavismo, Holguín anunció que la respuesta de Colombia será lejos de los micrófonos y por la vía diplomática.

Aunque a muchos sorprendió la decisión de Santos de reunirse con el opositor venezolano, luego de que Bogotá había dado tantas muestras de condescendencia con el oficialismo, conviene recordar que todas las filtraciones que se produjeron tras la reunión de Unasur en Lima, el 18 de abril, para legitimar a Maduro coincidían en señalar a Santos como uno de los presidentes que apoyaron la realización de una revisión de las elecciones presidenciales del 14 de abril.

A las puertas de un año electoral, Santos no puede obviar el reclamo de un sector importante de colombianos que exigen una actitud más crítica ante los abusos del oficialismo venezolano en contra de la oposición en la Asamblea Nacional, así como ante la negativa del Consejo Nacional Electoral de hacer una revisión integral de los comicios que permita aclarar, sin lugar a dudas, cuál fue la decisión real de los votantes.

Incluso si se toman como buenas las cifras actuales del CNE, el mandatario de Colombia está ante la evidencia de que Capriles es el líder de, al menos, la mitad de los venezolanos y, por tanto, es un dirigente que Bogotá no puede darse el lujo de ignorar.

Las amenazas del gobierno venezolano de revisar su participación como acompañante en el diálogo de paz entre el gobierno de Santos y las FARC, ademas, parten de premisas falsas, pues tal decisión no sería un golpe fatal para las negociaciones.

Tampoco luce probable una restricción al comercio bilateral, pues dada la crisis de abastecimiento que vive Venezuela sería para Maduro como darse un tiro en el pie.

Atribulado por una economía en crisis y estando cuestionada su legitimidad como gobierno, el chavismo perdió una gran oportunidad para quedarse callado.

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