
Un ejecutivo sin los demonios de su antecesor
Steve Jobs se vio obligado a alejarse dos veces de Apple. La primera, cuando John Sculley, el director ejecutivo (CEO, por sus siglas en inglés) que él había elegido en 1983 convenció a la mesa de directorio de que estarían mejor sin Jobs, y lo hizo echar.
La segunda vez fue cuando, el 5 de octubre de 2011, sucumbió al cáncer de páncreas que le habían diagnosticado en 2004. Antes de partir debió elegir, de nuevo, un CEO para Apple. Pero ya con 56 años y una vida de logros rutilantes y fracasos abismales, muy diferente del joven de 28 años que con argumentos grandilocuentes había seducido a Sculley, designó (sabiamente) a Tim Cook.
Cook y Sculley son opuestos. Mientras éste había hecho su carrera en Pepsi, Cook llegaba de IBM, donde había ingresado luego de graduarse como ingeniero industrial y donde tomó contacto directo con el negocio informático. Las notables destrezas de marketing de Sculley no fueron suficientes, cuando faltó Jobs, para competir en una industria técnicamente cada vez más compleja.
Pero hay un factor clave para que Cook hoy se perfile como el sucesor ideal de Jobs: su personalidad. Al revés que Sculley, Cook nunca entró en una batalla de poder con Jobs. Y no es que el temperamento de Jobs hubiera cambiado mucho. Aunque había madurado, seguía siendo un sujeto a la vez difícil y cautivador, y las dimensiones apoteóticas de su ego no habían disminuido ni un milímetro. Esos rasgos, que habían originado el conflicto con Sculley, a Cook lo tenían sin cuidado. Su meta era hacer posibles los enormes sueños de Jobs, en ocasiones tomando decisiones durísimas. Así funcionaba la relación, que se probó exitosa.
En los años que separaron la elección del seductor Sculley y la del circunspecto Cook, Jobs había aprendido que Apple necesitaba alguien con los pies sobre la tierra. Ése es Tim Cook, un Steve Jobs sin la desmesura de Steve Jobs, y sin sus demonios. Comparar ambos ejecutivos no tiene, pues, el menor asidero. Primero, porque Jobs no era tan sólo un ejecutivo. Fue la mente más brillante de la informática personal de las últimas tres décadas.
¿Quién puede competir con eso? Incluso figuras como Bill Gates, Michael Dell o el no menos excéntrico Jeff Bezos quedaron opacados frente a él. Como CEO, además, hacía la suya, sordo a los estudios de mercado y a los requerimientos del directorio, muchas veces con desplantes que a cualquier otro le habrían costado la carrera. Pero acertaba y en sus últimos 10 años de vida se convirtió en una infalible máquina de hacer dinero.
Cook es, en cambio, el ejecutivo perfecto. Exigente, pero sereno, frugal y mesurado, no sólo mantuvo el ascenso de Apple, sino que lo convirtió en meteórico, gracias a su inmejorable conocimiento de cómo opera esta industria.
Se dice que su desafío es ahora encontrar el próximo gran producto, el próximo iPhone. De ninguna manera. Ésa no es la misión de un director ejecutivo. Cook cumplió y podría hoy retirarse con honores. Son muy pocos los hombres que, en contacto con Jobs, mantuvieron la cabeza fría y el timón firme. Luego de semejante examen, casi no le quedan muchos desafíos comparables. La política, tal vez.
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