Un final que lleva una advertencia a toda África

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17 de noviembre de 2017  

JOHANNESBURGO.- El golpe de Estado llevado a cabo el miércoles por los militares de Zimbabwe contra el presidente Robert Mugabe permite presagiar el posible final de varias carreras políticas en África.

Mugabe, que llegó al poder cuando su país se independizó de Gran Bretaña, en 1980, es el único líder que Zimbabwe ha conocido. Décadas después siguió blandiendo sus credenciales de libertador del país con tanta habilidad y tanta frecuencia que logró mantenerse como un emblema, aunque imperfecto, del anhelo de libertad sin controles externos de los pueblos de África.

Al final, sin embargo, perdió su toque mágico a la hora de decidir la cuestión pendiente de las postrimerías de su régimen: quién lo sucedería. Frente a esa disyuntiva, su decisión de apoyar a su polarizante y políticamente inexperta esposa por encima de su poderoso vicepresidente, al que echó la semana pasada, Mugabe sobreestimó la lealtad de la elite militar.

La familia de Mugabe se convirtió en su punto ciego. Calculó mal el feroz resentimiento que el comportamiento desenfrenado de sus familiares generaba en la nación, que actualmente atraviesa una nueva crisis económica. Aunque hace apenas dos años que se dedica a la política, su esposa Grace, de 52, se ocupó de ir dejando en claro sus intenciones de suceder a su esposo.

Los hijos de Mugabe, todos veinteañeros, no hacen más que sumar al descontento de la población, con sus habituales fotos en las redes sociales de sus lujosas fiestas y su excéntrico estilo de vida. La semana pasada circuló un video en el que el hijo menor de Mugabe, Bellarmine Chatunga, vertía champagne sobre el reloj que llevaba en la muñeca. En Instagram, escribió: "¡Cuando tu papito gobierna el país, llevás 60.000 dólares en la muñeca!"

El poder incuestionable de Mugabe parece haber terminado. Y ese es un mensaje amargo para los líderes africanos que se aferran al poder desde hace décadas, desde Guinea Ecuatorial hasta Camerún, pasando por Eritrea y Uganda.

Patrick Smith, editor del boletín informativo Africa Confidential y de la revista The Africa Report, dice que desde que Mugabe tomó la decisión de romper con su ex vicepresidente Emmerson Mnangagwa, y con otros líderes de la liberación, "ya no hubo vuelta atrás".

Mugabe todavía podría servir como "camuflaje" para la transición de las semanas venideras, pero según Smith es muy improbable que recupere su liderazgo. A medida que la salud de Mugabe se deterioró y creció el poder de su esposa, en la política quedó trazada una línea divisoria entre la así llamada Generación 40, los jóvenes que rodean a Grace Mugabe, y los zimbabwenses mayores, que lucharon por la liberación del país y que se quedaron con las sobras del poder.

Las elites empresariales, políticas y militares de Zimbabwe son famosas por las estancias, mansiones y cuentas bancarias que han acumulado desde la independencia, en franco contraste con los ciudadanos comunes, que tuvieron que huir del país o contentarse con vivir en medio de la incertidumbre económica, el desempleo y la hiperinflación.

Desde el momento en que ocupó el poder, trabajó incansablemente y muchas veces de forma sangrienta para consolidar su poder e incrementarlo. A principios de la década de 1980, soldados de la V Brigada, entrenados por los norcoreanos, arrasaron Matabeleland, base de operaciones de un rival de la lucha por la liberación, Joshua Nkomo. En la operación perdieron la vida miles de personas, en su mayoría civiles.

Al mismo tiempo, Mugabe mejoró la educación secundaria de los zimbabwenses, y ese suele ser considerado su mayor logro de gobierno. Pero demoró en implementar la reforma agraria que habría eliminado los latifundios, en su mayoría propiedad de los blancos. En las elecciones de 1985, Mugabe se puso furioso por el apoyo de los votantes blancos hacia Ian Smith, ex premier durante la colonia (1964-1979).

En 1988, Mugabe se convirtió en el primer presidente ejecutivo del país. Pero los problemas se acumulaban, y para 2000, cuando el electorado empezó a manifestar su insatisfacción con su gobierno, su inicial benevolencia hacia los latifundistas blancos finalmente se esfumó.

Frente al clamor popular que exigía una reforma agraria, Mugabe se embarcó en una campaña para expropiar las tierras de los blancos. Y poco después se abocó a sofocar a la incipiente oposición, así como antes había sofocado a Nkomo.

En las muy controvertidas elecciones de 2008, las fuerzas de seguridad golpearon, mataron o intimidaron a miles de votantes opositores, obligando a su líder, Morgan Tsvangirai, a retirarse del ballottage. Mugabe fue declarado ganador, hasta que la presión internacional lo obligó a aceptar un gobierno de poder compartido con Tsvangirai.

Las elecciones de 2012 fueron dudosas, pero Mugabe emergió triunfante, hecho que terminó con el acuerdo de división del poder. Después de su victoria, Mugabe prometió presentarse en 2018, perspectiva que hoy resulta improbable.

Traducción de Jaime Arrambide

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