Una guerra inédita, pero que debe ser llamada por su nombre
El nuevo tipo de conflicto, a escala global, obliga a redefinir los "males" del mundo
1 minuto de lectura'
¿Estamos en guerra? ¿Está sucediendo una guerra? Muchos piensan que la palabra no tiene importancia y, por lo tanto, que cada uno puede llamar al evento que estamos viviendo como quiera.
Sin embargo, la elección de la palabra tiene importancia. Las palabras son nuestras lentes y hasta cierto punto, nuestros ojos. Equivocar la palabra es equivocar la visión de la cosa.
El doctor que nos dice resfrío cuando tenemos pulmonía es un doctor que nos mata. Y el que no dice "guerra" cuando la hay es quien la pierde.
El punto es, entonces, que quien usa la palabra "guerra" ve una cosa, mientras quien no la usa, ve otra. Quien dice guerra se siente en peligro mortal, quien dice lo contrario, no.
En guerra, si de guerra se trata, combatimos a un enemigo. Pero si la palabra es distinta, quiere decir que no hay enemigo y no hay nada que combatir.
Entonces, ¿está sucediendo una guerra o no? Según mi opinión, sí. Quien sostiene que no lo es, es el que usa para definir a la guerra criterios del pasado. Mientras que ésta es una guerra del todo inédita, sin pasado.
Se la puede calificar como: terrorista, global, tecnológica y religiosa.
Primero: guerra terrorista. Se la debe considerar así, porque no es guiada por ejércitos que confrontan entre sí y porque su objetivo es aterrorizar, matando indiscriminadamente y también -para aumentar el efecto terror- al paso.
Segundo: guerra global. Es necesario llamarla así porque las guerras terroristas "internas" no son una especie nueva. Pero, ¿cuándo el terrorismo interno, local, deviene guerra? La diferencia es de escala. Los terrorismos de Irlanda del Norte, y de los vascos, en España, no tienen aún la entidad de una guerra. Lo son ya, en cambio, el terrorismo tamil, de Sri Lanka, y el terrorismo palestino en Tierra Santa (lamentablemente, lo es para ambos contendientes). Pero, incluso este último, permanece en su conjunto como un fenómeno localizado.
Con Ben Laden, en cambio, se vuelve global: ataca a América del Norte, pero también a Occidente en su conjunto y, al mismo tiempo, a los Estados islámicos llamados "moderados" (Arabia Saudita a la cabeza) o laicos.
Los "antiglobalización", tomen nota. Esta es la globalización por combatir, más que ninguna otra.
Tercero: tecnológica. Es así, tanto porque sus armas no son las de una guerra convencional (fusiles, cañones, carros armados, bombarderos), sino armas sucias -bombas humanas y bacteriológicas, que contaminan el aire y el agua- que explotan la altísima vulnerabilidad de la sociedad tecnológica. Y esto es lo más nuevo y más terrorífico de todo.
Cuarto: religiosa. Es esencial especificarla así porque, de lo contrario, no se entendería la gravedad y el alcance de la guerra iniciada el 11 de septiembre de 2001.
Terroristas como tiburones
Decir guerra religiosa no es lo mismo que decir que la mayoría del islam sea fundamentalista. Menos aún que el fundamentalismo sea intrínsecamente terrorista. En absoluto.
Significa, sin embargo, que la extraordinaria fuerza del terrorismo islámico deriva de los siguientes elementos: uno, que es alimentado por el fanatismo religioso. Dos, que está protegido por una fe religiosa.
La fe islámica es un gran mar en el que los terroristas son los tiburones. Por lo tanto, los terroristas no son peces fuera del agua, que se puedan aislar, como los terroristas de matriz ideológica o nacionalista. Son peces en el agua alimentados y multiplicados por el mar en el que nadan.
¿Los expulsará el mar islámico? Lo dudo muchísimo. La perspectiva es que los sostendrá cada vez más.
La guerra contra Ben Laden es inevitable. Pero es igualmente inevitable, me temo, que produzca un radicalismo islámico fortalecido.
En conjunto, estamos en presencia de una creciente deshumanización.
Las guerras de los últimos dos siglos eran frenadas por límites internos. No involucraban más a las ciudades ni a las poblaciones civiles. No mataban más a los prisioneros. Respetaban a médicos y heridos, y no hacían uso, luego del triste inicio en 1917, de las armas químicas (ni siquiera Hitler, sólo Saddam Hussein).
En su deshumanización, en la que se basan todas las guerras, los conflictos armados se habían, en alguna medida, humanizado.
Ya no más. La guerra terrorista de Al-Qaeda es absoluta (sin ningún límite) y de una ferocidad que nuestra memoria histórica no recordaba.
Entonces debemos llamarla guerra porque debemos ser lúcidamente conscientes de que se está enfrentando a un enemigo.
Una guerra en la que Estados Unidos no es el agresor, sino el agredido. Una guerra santa que sólo puede nacer de las vísceras de una religión, y no de las presuntas culpas de Occidente. Una guerra cuyo componente militar es secundario.
La guerra que se viene se gana o se pierde en casa. Se ganará si sabemos reaccionar a la chatura intelectual y moral en la que navegamos actualmente (¡y que hoy lleva a que un italiano sobre cuatro justifique a Ben Laden!).
Y se perderá si dudamos de nuestros valores y de la civilización que los encarna.
1Iron Beam: Israel inauguró la era del rayo láser en el campo de batalla con un nuevo sistema defensivo
- 2
Taiwán asegura que las maniobras militares chinas alrededor de la isla fueron un fracaso
- 3
Eurostar suspendió todos los servicios de trenes desde y hacia Londres en plena temporada por las Fiestas
4Eurostar vuelve a operar tras la falla eléctrica, pero persisten demoras y cancelaciones





