
Yugoslavia denuncia que la OTAN está matando al río Danubio
Según el Ministerio de Ecología, los ataques de la alianza están liberando sustancias químicas en la vía fluvial, vital para toda la región.
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PANCEVO, Yugoslavia.- El gobierno yugoslavo ha llamado como testigos a pájaros y flores, peces y montañas, para denunciar que la OTAN está matando al Danubio, la arteria por la que ha corrido agua y sangre de Europa Central por los siglos de los siglos.
Pero, al estilo de Slobodan Milosevic, la citación ha sido por la fuerza y con ultimátum: si las bombas teledirigidas siguen estallando en las plantas petroquímicas -advirtió el Ministerio de Ecología y Protección de Medio Ambiente de Serbia-, si se liberan sustancias tóxicas de las plantas de aluminio, si "nuestra gente" está en peligro, echarán la peste al Danubio para maldición de quienes viven en y del río desde aquí hasta el Mar Negro.
La amenaza se oyó en la sala de reuniones de la refinería paralizada de Pancevo. Las ventanas habían perdido sus vidrios en cinco bombardeos (dos en la noche previa) y en su lugar habían colgado unos plásticos, que se agitaban violentamente.
"Miren ese viento -exigía ominosamente Dragan Bijelovic, jefe de inspectores del Ministerio de Ecología-. La dirección no es siempre idéntica. La naturaleza, Dios, regula en qué dirección va. La contaminación no nos afectará sólo a nosotros; llegará a muchos otros."
Un grupo de periodistas italianos y argentinos lo escuchaba. Habían sido llevados especialmente en automóvil desde Belgrado, a apenas siete kilómetros de distancia, cruzando un puente sobre el Danubio controlado por soldados.
Refinerías y fertilizantes
Pancevo, de 125.000 habitantes, ha sido un objetivo constante de las bombas, por su pequeña y algo vetusta planta industrial. En la noche del jueves al viernes, los aviones habían vuelto y golpeado una vez más sobre la refinería y por primera vez sobre una fábrica de fertilizantes.
En el camino hacia allí, una columna de humo se alzaba a lo lejos. Cuando el cronista de La Nación la señaló, Radomir Vlastelica, el hombre del Ministerio de Información de Serbia enviado como guía, lo codeó con una sonrisa irónica en los labios. "La última vez estuve aquí con periodistas de Europa occidental -se regodeó-. Cuando vimos el humo, les dije: ÔNo se preocupen, se la lleva el viento. Hacia el Oeste´. Se asustaron".
Al llegar a la refinería de la NIS (iniciales de la compañía que elabora los derivados del petróleo en toda Serbia), los guardias impidieron el paso. Vlastelica tuvo que ir a lidiar con ellos. Los periodistas esperaban en una calle lateral; al verlos reunidos, una patrulla de la policía se acercó a averiguar qué hacían todos esos extranjeros por allí.
Todo se aclaró y el convoy de tres autos entró en la planta. A primera vista, todo parecía normal: decenas de tanques de combustibles y kilómetros de caños en perfecto estado. Sólo las ventanas rotas del edificio central advertían que algo anormal había ocurrido.
Había que dar una vuelta por un camino interno para llegar al corazón de la planta para descubrir que lo habían matado: el pulmón termoeléctrico fue demolido a bombas y allí murieron en el acto dos trabajadores, y otro fue quemado por los vapores hirvientes (falleció en el hospital), según cuentan los serbios. Luego tocó a la destiladora atmosférica, la plataforma y la planta donde se vierten unos líquidos sobre otros para hacer los derivados. De paso, acabaron con un par de tanques.
En un cierto sentido, también aquí el ataque ha sido quirúrgico. Destruyeron los sitios clave: la planta está paralizada y sus 2200 empleados apenas trabajan. En un plano más general, bombardeos como éste, dice Bijelovic, el inspector-jefe del Ministerio de Ecología, "pueden llevar a una catástrofe".
Restos de petróleo
No es sólo Pancevo. También la refinería de Novi Sad, al Norte, y los depósitos de derivados en Smederevo (al Sur). Todos ellos tienen canales que desaguan sin control en el Danubio los restos de petróleo. Ya han creado manchas de hasta 15 kilómetros de largo, según denuncia Bijelovic.
El Danubio nace en el sur de Alemania y une ciudades y países hasta el Mar Negro: la refinada cultura de los cafés de Viena (Austria), la belleza de Budapest (Hungría), la rubia Bratislava (Eslovaquia), la aguerrida Belgrado (Yugoslavia), la empobrecida Bucarest (Rumania) y la casi oriental Bulgaria.
Ha sido testigo y escenario de imperios ya muertos y guerras peleadas hasta el exterminio. Puede llegarle el suyo esta vez, advierte Bijelovic. Han dañado las reservas biológicas de sus costas, donde hay especies en peligro de extinción; los peces se irán contaminando con el tiempo -"yo aconsejaría no comerlos", sugiere con una sonrisa, pero confiesa de inmediato que él siempre prefirió el cordero-; ya no se puede navegar, porque han derribado los puentes en Novi Sad.
Pero eso no es todo. Muchas materias tóxicas permanecen en depósitos, que pueden eventualmente ser destruidos por las bombas. "Una de las maneras de liberarnos de ellas es arrojarlas al Danubio", desliza Bijelovic.
Los periodistas reaccionan. ¿Es una amenaza? "No se nos ocurre hacer una venganza así -aclara y no aclara-. Pero, como medida para proteger la vida de nuestra gente, podemos arrojar estas sustancias al Danubio".
Más peligro
¿Y material radiactivo? Aquí, Bijelovic se pone reticente: acepta que la OTAN "sabe perfectamente lo que tenemos" en investigación nuclear, pero se niega a revelarlo a los periodistas. "La gente común cree que la radiactividad es lo peor -se queja-. Pero todo lo que les he dicho es igual de malo".
Antes de partir, aun tiene tiempo para denunciar el bombardeo de cuatro parques nacionales. "Ni siquiera había objetivos civiles allí", acusa.
Se sale. Mientras un equipo de televisión lo entrevista en la entrada de la planta, el resto de los periodistas comprueba cómo arden las puntas de tres torretas en la petroquímica que se encuentra al otro lado de la calle.
De allí nacía la humareda que Vlastelica, el del Ministerio de Información, confiaba en enviar hacia el Oeste, viento mediante. Pero no era producto de las bombas: estaban quemando gases de la planta, nada más.
Sólo Dios guía la contaminación, habría dicho el inspector-jefe.
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