
Zedillo, artífice de la "perestroika mexicana"
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MEXICO, DF.- El presidente de México, Ernesto Zedillo, pasará a la historia mexicana como el mandatario del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que favoreció la transición, mientras que Francisco Labastida asumirá la carga de ser el primer candidato oficialista vencido por la oposición en 71 años.
Zedillo, el presidente que llegó al poder casi por casualidad tras el asesinato del candidato Luis Donaldo Colosio, en 1994, cumplió su anuncio de facilitar la transición en México.
Primero favoreció la independencia del aparato electoral del país, dando autonomía al Instituto Federal Electoral (IFE), y después respaldó la apertura del PRI, cuya estructura básica había permanecido prácticamente intacta desde su creación, en 1929.
Zedillo, un tecnócrata formado en los Estados Unidos, logró vencer la resistencia de la vieja guardia del PRI, que lo veía como un neoliberal más concentrado en los temas económicos que en la rutina política.
Algunos analistas consideran que, en realidad, Zedillo hizo de la necesidad una virtud y buscó la democratización del PRI para evitar una derrota aún más estrepitosa. En cualquier caso, el actual presidente impulsó el proceso que derivó en los polémicos comicios primarios en los que resultó vencedor su ministro del Interior, Francisco Labastida.
Zedillo "pasará a la historia como el hombre que ha llamado a respetar el voto, con los costos que eso representa, y se transforma en un parteaguas de la historia", dijo el politicólogo Rubén Aguilar, de la Universidad Iberoamericana.
Impulsor de lo que ya se ha comenzado a llamar la "perestroika a la mexicana", la historia llevó a Zedillo por el mismo camino que a Mikhail Gorbachov, quien, al abrir el juego en la Unión Soviética, provocó la caída del Partido Comunista, en esa época el más viejo en el poder en el mundo.
Bajo el lema "Que el poder sirva a la gente", Labastida se vio entonces ante el difícil trance de convencer a los mexicanos de que representaba un nuevo PRI. No lo logró.
Escaso carisma
Calificado como "gris" por muchos de sus enemigos políticos, Labastida no tuvo el carisma suficiente para conseguir la permanencia en el poder del partido y no pudo arrojar por la borda el lastre de sus 35 años de carrera dentro de la administración oficialista.
A pocos meses del comienzo de la campaña, el equipo del candidato tuvo que recurrir a los más veteranos dirigentes priístas, los pesos pesados artífices de la victoria del PRI durante décadas. Pero los mexicanos no confiaron en Labastida ni creyeron el mensaje de renovación del PRI. Todo fue un fracaso. Los resultados de las elecciones demuestran que la vieja maquinaria de movilización del partido ya no es tan efectiva, sobre todo después de perder el gobierno en 11 de los 32 Estados del país en los últimos años.
El gesto final de Labastida y de los principales dirigentes del PRI, que aparecieron ante sus seguidores con las caras desencajadas para admitir la derrota, puso de manifiesto que no estaban realmente preparados para un fracaso tan rotundo.
Apenas 24 horas antes de las elecciones, el propio Labastida trataba de convencer a la prensa internacional de que los sondeos internos le daban una ventaja de dos millones de votos. En la misma línea, sus colaboradores aseguraban tener encuestas que garantizaban una victoria de hasta siete puntos para el candidato del PRI y lograron convencer a analistas, empresarios, banqueros y diplomáticos.
Lo cierto es que el PRI, que para muchos mexicanos ha sido la encarnación del poder durante 71 años consecutivos de gobierno, demostró gracias a Zedillo que eran verdaderas sus promesas de apertura y democracia, en las que muy pocos creían.
Ahora, toda la estructura de la vieja fuerza deberá aceptar con resignación el papel de opositor.
Los electores mexicanos no estaban habituados a unos comicios en los que no figurara el PRI como favorito, por lo que ha sorprendido la mansedumbre con que sus dirigentes de primera línea admitieron la derrota.
Zedillo y Labastida reconocieron el revés sólo tres horas después de finalizar la votación, aunque era notoria la sorpresa por la contundencia de la caída.
Muchos analistas coinciden en señalar que el PRI, si tiene aspiración de futuro, tendrá que aprender a ser oposición y deberá cambiar su estructura, que hasta el momento concibió el poder como un usufructo del gobierno y del presupuesto nacional. Deberá convertirse en un partido democrático moderno.
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