
En 1976, los Ramones cruzaron el mar e infectaron a toda una generación británica con sus canciones sin porvenir. Enseguida, los Sex Pistols impulsarían una revolución y una gran estafa...
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Es una de las grandes paradojas de la historia del rock el hecho de que, hoy, la suscripción al punk exija –al menos de un modo superficial– algún tipo de credibilidad, de intransigencia. Aquella explosión –detonada en forma definitiva por los Sex Pistols– suponía una entrega total a las reglas del juego para después, en lo posible, intentar destruirlas. La actitud de los Pistols era más prostibularia que heroica: venderse al negocio, establecer una relación obscena con el dinero, organizar sabotajes en los medios, rendir tributo subversivo a la Corona británica, seducir a una generación para luego estafarla… Meterse hasta el cuello en el sistema e infectar de anormalidad la lógica capitalista, el decoro demócrata, la violencia conservadora y la tradición monárquica. Qué quedó de aquel proyecto chiflado treinta años después es un enigma tan profundo y vacuo como la mirada de Sid Vicious. Como dice Marilyn Manson en estas páginas, el legado no parece reflejarse en la mimetización estética o sonora, sino en la conciencia de ruptura y en el afán de instalar señales inquietantes –o sencillamente feas; y las crestas dejaron de ser feas hace tiempo– en la cultura de masas. Como sea, la del punk es una historia que merece ser contada. Cada cual podrá leerla como tragedia o como comedia, o como un híbrido perverso de ambas.



